El nazareno viejo se miró las manos. El tiempo había posado en ellas sus huellas indelebles. Después de casi siete décadas de avance lento pero imparable, la cosecha de la artrosis se mostraba sin pudor en los nudillos de unos cuantos dedos. El vello del dorso, que antaño había matizado la piel de sombras generosas, era sólo un recuerdo que dejaba que el azul de las venas dibujara ríos de flujo vital entre la tersa cartografía de la dermis. ¿Por qué se miró las manos el nazareno viejo? Fue un día cualquiera de Cuaresma. Con su intensa y elegante discreción, el olor del azahar llegaba por primera vez a las alturas de su dormitorio. En la rutina diaria de un...
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