La ficción de la desescalada: señales militares contradicen el optimismo estadounidense
Más allá de las declaraciones cruzadas, lo que ocurre sobre el terreno apunta en sentido contrario a una desescalada. Los indicios sugieren que el conflicto podría entrar en una nueva fase, con la posibilidad cada vez más concreta de una incursión militar sobre territorio iraní, aunque de un carácter limitado.
La expansión militar y regional
El plazo de cinco días fijado por Washington tampoco es casualidad, su vencimiento coincide con patrones militares llevados a cabo por EE.UU., bajo el mandato de Trump, aprovechando los fines de semana para lanzar operaciones militares, mientras los mercados están cerrados. Pero principalmente a la llegada de nuevos elementos militares y el reposicionamiento de capacidades estratégicas en la región.
Donald Trump y Benjamin Netanyahu compartiendo en la Sala Azul de la Casa Blanca poco antes de iniciar la cena entre ambas delegaciones. Vía X @WhiteHouse 07/07/2025.
Esta aparente “pausa estratégica” estaría diseñada no para enfriar el conflicto, sino para permitir una transición en la postura militar de Estados Unidos, pasando de una campaña predominantemente aérea y naval a una con capacidad de proyección terrestre.
En ese contexto, la llegada de la 31ª Unidad Expedicionaria de Marines, con aproximadamente 2 mil 200 efectivos desplegados desde Okinawa y que se desplazan a bordo de buques de asalto anfibio como el USS Tripoli y el New Orleans, y aunque su posicionamiento operativo frente a Irán tomaría entre 48 y 72 horas adicionales, marca un punto de inflexión. Se integran a un despliegue que ya se acerca a los 50 mil efectivos en la región, el mayor desde la guerra de Irak en 2003.
En paralelo, el Pentágono evalúa la movilización de la 82ª División Aerotransportada, una de las principales fuerzas de respuesta rápida de Estados Unidos. Según reportes de inteligencia regional, este despliegue no solo busca disuadir, sino preparar el terreno para posibles operaciones ofensivas, incluyendo escenarios como una incursión en la isla de Jarg, principal nodo de exportación petrolera de Irán, en caso de que no se reabra el tránsito en Ormuz.
A esta dinámica se suma un elemento clave, la creciente implicación de los aliados del Golfo. Países como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos avanzan hacia una postura más activa tras los ataques sufridos en sus infraestructuras energéticas. El príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, busca restablecer la disuasión y evalúa sumarse directamente a las operaciones militares, mientras que desde la diplomacia saudí se advierte que la paciencia frente a Irán no es ilimitada. Este giro podría transformar el conflicto en una guerra regional abierta.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
Pero incluso, según informa el New York Times, Bin Salman habría estado instando a Trump a continuar la guerra contra Irán, calificándola como una oportunidad histórica para remodelar Oriente Medio y, potencialmente, debilitar o derrocar al gobierno iraní, al que considera como una “amenaza a largo plazo que debe abordarse de forma contundente”
En este contexto, los hutíes de Yemen permanecen en alerta y preparados para atacar. Aunque no han intervenido directamente, han advertido que cualquier ataque saudí contra Irán desencadenaría represalias, incluyendo el posible cierre del estrecho de Bab el-Mandeb, un punto crítico para el comercio global. Este paso conecta el mar Rojo con el océano Índico y concentra entre el 10% y el 12% del comercio marítimo mundial, por lo que su interrupción tendría consecuencias económicas inmediatas a escala global.
La importancia estratégica de Bab el-Mandeb se refleja también en la concentración sin precedentes de bases militares en Yibuti, donde conviven fuerzas de potencias como Estados Unidos, China y varias naciones europeas. Esta densidad militar convierte a la zona en un potencial punto de fricción entre grandes potencias, elevando aún más los riesgos de una escalada fuera de control.
Grupo de los Hutíes en Yemen.
Por otra parte, el conflicto también arrastra a Siria a una posición extremadamente delicada, el nuevo gobierno de Ahmad al-Sharaa enfrenta presiones simultáneas. Por un lado, ataques israelíes bajo el argumento de proteger minorías; por otro, la necesidad de evitar que su territorio sea utilizado por fuerzas pro-iraníes.
Israel, bajo ambas premisas intensificó sus bombardeos en el sur sirio y consolidado una zona de amortiguamiento en los Altos del Golán, buscando impedir cualquier reconfiguración del equilibrio estratégico en su contra.
Para el gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, Siria se ha convertido en un espacio de contención donde puede golpear objetivos iraníes sin enfrentar las mismas restricciones diplomáticas que en otros escenarios. Esta lógica también se extiende al Líbano, donde las operaciones contra Hezbolá se han intensificado significativamente, incluyendo incursiones terrestres, bombardeos en Beirut y el despliegue de decenas de miles de efectivos.
La posibilidad de establecer una “zona de seguridad” en el sur del Líbano revive antecedentes históricos sensibles, como la ocupación entre 1982 y 2000. Sin embargo, el ministro de defensa, Israel Katz, ya anunció que ocuparán gran parte del sur del país. En respuesta, Irán amenazó con ataques “sin restricciones” si continúan las ofensivas contra civiles en Líbano o Palestina, incluyendo el uso de nuevas oleadas de drones y misiles.
Así, el escenario regional que se configura supera ampliamente cualquier intento de contención inicial. En este contexto, pensar en una tregua resulta extremadamente difícil, especialmente cuando los objetivos de las partes son tan divergentes.
Los objetivos que cada uno persigue
Para Estados Unidos, una salida hoy por hoy implicaría más que una derrota, una humillación por los costos políticos, estratégicos y económicos que ha dejado su, hasta ahora, fallida ofensiva, dejando a sus aliados expuestos y debilitando su influencia en la región. Para Irán, en cambio, el conflicto ha demostrado su capacidad de resistencia, combinando guerra asimétrica con presión sobre puntos críticos como el estrecho de Ormuz, donde controla de facto el tránsito marítimo.
Una bandera de Irán en Teherán. Foto: ROUZBEH FOULADI / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO.
En paralelo, Teherán ha delineado una serie de condiciones para negociar el fin de las hostilidades, que incluyen garantías internacionales de no agresión, la retirada de fuerzas estadounidenses de la región, compensaciones económicas y un nuevo marco jurídico para el control de Ormuz.
Por su parte, Israel mantiene objetivos mucho más definidos, centrados en eliminar lo que considera una amenaza existencial desde la revolución islámica iraní. Pero más allá del componente militar, existe también una dimensión económica y energética clave, el proyecto de un nuevo corredor que conecte India, el Golfo y Europa, con Israel como nodo central (IMEC), depende directamente de la neutralización de Irán y sus aliados.
En ese sentido, la guerra actual puede entenderse también como una disputa por el control de los flujos energéticos globales y los llamados “choke points” estratégicos. La estabilidad de rutas como Ormuz o Bab el-Mandeb es fundamental para cualquier proyecto de integración económica regional, y su control define en gran medida el equilibrio de poder.