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Cuba: entre la negociación forzada y la emergencia humanitaria

Cuba atraviesa hoy uno de los momentos más críticos de su historia reciente, el bloqueo económico y el embargo energético impuesto por Estados Unidos han empujado a la isla a una situación límite, marcada por el colapso total de su red eléctrica. Más de 10 millones de personas han quedado sumidas en una distópica oscuridad, un escenario que combina precariedad, inseguridad y una creciente desesperación social.

Lo que ocurre en la isla no es un hecho aislado. Tras la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y la reconducción del poder en Venezuela bajo Delcy Rodríguez, el suministro energético que sostenía parcialmente a Cuba se desplomó. A esto se suma la persecución de petroleros rusos y las amenazas comerciales a México, lo que terminó por aislar completamente al país.

Desfile por el 1 de mayo en La Habana. Foto: Ismael Francisco/Cubadebate.

La “Doctrina Donroe”: Marco Rubio lidera la ofensiva

En este escenario, la política exterior de Donald Trump ha vuelto a situar a Cuba en el centro de su estrategia hemisférica. Incluso en medio de la complicada posición en la guerra con Irán, el control del continente americano sigue siendo una prioridad para Washington y la isla aparece como una pieza clave en ese tablero.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a fines de 2025, marcó un giro explícito en esta dirección. El documento recupera los principios de la “Doctrina Monroe” y plantea una política más agresiva orientada a restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, dejando atrás lo que califican como años de negligencia hacia la región.

Bajo esa lógica, la presión económica sobre Cuba se ha intensificado de manera sostenida, Washington ha buscado cortar el flujo de divisas, limitar el acceso al petróleo y cerrar cualquier vía de financiamiento externo. El resultado ha sido una rápida degradación de las condiciones de vida en la isla, donde la crisis energética ha pasado a ser el eje estructural de la emergencia.

Trump incluso señaló en los últimos días que Estados Unidos podría “liberarla” o incluso “tomarla”, insistiendo en que se trata de una nación debilitada y que sería un honor hacerlo. Sus palabras no solo reflejan una postura política, sino que también anticipan una posible escalada en la presión sobre La Habana.

En paralelo, el presidente Miguel Díaz-Canel reconoció públicamente que su gobierno mantiene conversaciones con Washington para buscar soluciones a las tensiones bilaterales.

Los presidentes de Estados Unidos y Cuba, Donald Trump y Miguel Díaz-Canel, respectivamente.

Sin embargo, según el New York Times, la administración estadounidense habría planteado la salida de Díaz-Canel como un paso necesario para avanzar en acuerdos. No se trataría de un ultimátum formal, sino de una presión orientada a facilitar cambios políticos sin necesariamente desmantelar por completo la estructura del régimen cubano.

Un enfoque parecido al de Venezuela, donde el cambio de liderazgo permitió una reconfiguración del poder sin una ruptura total del sistema. En el caso cubano, la figura de Díaz-Canel aparece como un obstáculo para reformas económicas que Washington considera indispensables.

Pero si hay un actor clave en esta ofensiva, ese es Marco Rubio. Hijo de inmigrantes cubanos y con una trayectoria marcada por su postura de línea dura frente a La Habana, Rubio se ha convertido en el principal arquitecto y vocero de la estrategia actual.

Desde su llegada al Departamento de Estado, ha impulsado una política de máxima presión basada en sanciones, aislamiento diplomático y advertencias directas. En foros internacionales, como la reciente reunión de CARICOM, ha buscado debilitar los vínculos económicos de Cuba, presionando a países del Caribe para reducir su cooperación con la isla.

Sus declaraciones también han sido contundentes. Tras los cambios en Venezuela, advirtió que los líderes cubanos deberían estar preocupados, y en entrevistas recientes ha dejado claro que Cuba es el siguiente foco de atención de la política exterior estadounidense.

El secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio. Foto: ATON Chile.

No obstante, esta ofensiva también está atravesada por dinámicas internas de la política estadounidense. Tras la controversia del caso Epstein y la cuestionada guerra que se libra con Irán, la administración Trump enfrenta una caída en su popularidad, lo que aumenta la necesidad de mostrar resultados concretos de cara a las elecciones de medio término.

En ese contexto, Cuba adquiere un valor simbólico, no solo representa un objetivo estratégico, sino también un golpe ideológico a las izquierdas de la región y una señal dirigida al electorado latino en Estados Unidos.

La instrumentalización del sufrimiento como presión política

Pero más allá de estas consideraciones, la realidad en la isla es cada vez más dramática. La crisis humanitaria alcanza niveles críticos, con apagones que superan las 20 horas diarias, escasez de alimentos y una inflación que ha disparado los precios de productos básicos a niveles inalcanzables para gran parte de la población.

Problemas como la pobreza menstrual evidencian el deterioro de las condiciones de vida, mientras organismos internacionales advierten que la presión económica extrema podría constituir una violación grave del derecho internacional. En este escenario, el sufrimiento de la población deja de ser un efecto colateral y pasa a ser un elemento central en la dinámica de negociación.

El colapso del sistema eléctrico nacional, ocurrido el pasado lunes 16 de marzo, sumado al fuerte sismo 6.0 que sacudió a la isla, dejó a todo el país sin suministro energético. Aunque se han iniciado procesos de reconexión en algunas zonas, la recuperación es lenta y la infraestructura sigue siendo altamente vulnerable.

Trinidad, Cuba. Foto: Pedro Szekely

Las consecuencias de este colapso son múltiples. Más del 80% de los sistemas de bombeo de agua dependen de la electricidad, lo que ha reducido drásticamente el acceso al agua potable. Al mismo tiempo, la falta de combustible ha impedido la recolección de basura, generando focos de insalubridad en distintas ciudades.

Mientras que hospitales operan con generadores de emergencia, se interrumpen tratamientos médicos y existe un riesgo inminente para la conservación de medicamentos que requieren refrigeración, como vacunas e insulina.

Más de 33 mil mujeres embarazadas enfrentan condiciones especialmente complejas, mientras que indicadores como la mortalidad infantil muestran un deterioro significativo. La falta de alimentos y la dificultad para acceder a proteínas y productos básicos han incrementado los niveles de desnutrición y anemia.

La crisis energética impacta directamente en la alimentación, sin refrigeración, los alimentos se deterioran rápidamente, y la distribución de ayuda humanitaria se ve limitada por la falta de combustible.

Cuba, que importa cerca del 80% de lo que consume, ha visto colapsar su capacidad de compra debido a la escasez de divisas, incluso la distribución de la canasta básica presenta retrasos de más de 60 días en varias regiones, mientras que los precios en el mercado informal han aumentado, superando el 500% de inflación anual en algunos productos esenciales.

El impacto social de esta crisis ya es visible, se han registrado protestas y cacerolazos en distintas zonas del país, impulsados por el hambre y la falta de servicios básicos, lo que evidencia un creciente malestar en la población.

A nivel internacional, algunos países han intentado responder mediante el envío de ayuda humanitaria, pero estas iniciativas contrastan con el endurecimiento del discurso desde Washington, que mantiene su estrategia de presión.

En este contexto, lo que ocurre en Cuba trasciende sus fronteras, no es solo una crisis nacional, sino que es la manifestación y el símbolo de una nueva lógica en el hemisferio, donde la presión económica extrema es utilizada como una herramienta legítima de negociación política. La utilización del hambre, la escasez y el colapso de servicios básicos como instrumentos de presión no solo amenaza la estabilidad regional, sino que también pone en cuestión los fundamentos del derecho internacional.

Cuba, en este escenario, deja de ser una excepción para convertirse en una advertencia. Una señal de los riesgos que implica normalizar este tipo de estrategias en un sistema internacional cada vez más tensionado, donde las grandes potencias parecen actuar sin contrapesos efectivos. Más allá de las diferencias políticas, lo que está en juego hoy en la isla no es solo su futuro inmediato, sino también el tipo de reglas que regirán las relaciones internacionales en los años por venir.

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