La nueva geopolítica de la energía: la electricidad se dispara mientras el petróleo tiembla
El tablero energético global vive inmerso en una mutación irreversible. Mientras los mercados petroleros se tambalean por una nueva crisis geopolítica de gran calibre, la electricidad acelera su avance como columna vertebral de la economía del siglo XXI. El último informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) dibuja un escenario de fuerte crecimiento del consumo eléctrico mundial al mismo tiempo que advierte de la mayor perturbación del mercado del crudo registrada hasta la fecha.
Según las previsiones del organismo internacional, la demanda global de electricidad crecerá a una tasa media anual del 3,6% entre 2026 y 2030, el mayor ritmo de la última década. El aumento se explica por una combinación de factores: la electrificación de la industria, el auge de los vehículos eléctricos, la expansión del aire acondicionado en las economías emergentes y, sobre todo, el crecimiento explosivo de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial.
La tendencia es tan intensa que la electricidad avanza ya más rápido que el conjunto de la economía, según las conclusiones del informe presentadas hoy en el Club Español de la Energía (Enerclub) por Eren Çam, analista de energía eléctrica de la AIE, acompañado por Ana Padilla, coordinadora de la Secretaría Técnica de Enerclub.
En 2024, por primera vez en tres décadas, el crecimiento del consumo eléctrico superó al del PIB mundial, una dinámica que previsiblemente continuará durante el resto de la década. Entre 2026 y 2030, el consumo eléctrico crecerá 2,5 veces más rápido que la demanda total de energía.
El epicentro de esta expansión estará en los mercados emergentes. China e India concentrarán buena parte del aumento, hasta el punto de que casi el 80% del crecimiento de la demanda eléctrica mundial procederá de estas economías. Sin embargo, también las economías avanzadas empiezan a abandonar quince años de estancamiento energético. En Estados Unidos y Europa, la digitalización, la electrificación industrial y la carrera tecnológica en torno a la inteligencia artificial están reactivando el consumo.
En el caso europeo, el transporte electrificado se perfila como el principal motor de crecimiento, mientras que en Estados Unidos lo serán los centros de datos. En ambos casos, el aumento rondará el 2,3% anual, aunque los niveles de consumo previos a la crisis energética de 2021 no se recuperarán hasta 2028.
En paralelo, el mapa de la generación eléctrica también cambia. Para 2030, las energías renovables y la nuclear producirán la mitad de la electricidad mundial. La generación renovable crecerá cerca de un 8% anual, con la energía solar fotovoltaica como principal protagonista del despliegue global. La nuclear, por su parte, mantiene una segunda juventud tras el récord de producción alcanzado en 2025.
La expansión atómica se concentra en mercados emergentes -con China representando alrededor del 40% de los nuevos proyectos-, aunque también las economías avanzadas están prolongando la vida útil de sus reactores para garantizar la estabilidad del sistema.
El gas natural seguirá desempeñando un papel relevante como tecnología de transición. La AIE prevé que su demanda aumente un 2,6% anual hasta 2030, impulsada principalmente por el consumo en Estados Unidos y por la sustitución de petróleo por gas en Oriente Medio. En conjunto, renovables, gas y nuclear desplazarán progresivamente al carbón en la generación eléctrica.
Pero la transición energética tiene un obstáculo evidente: las redes. En la actualidad, unos 2.500 gigavatios de proyectos energéticos en todo el mundo esperan conexión a la red eléctrica. El cuello de botella es tan severo que la inversión en infraestructuras debería aumentar un 50% anual respecto a los actuales 400.000 millones de dólares para absorber la demanda prevista hasta el final de la década.
La propia AIE apunta que la incorporación de tecnologías que mejoren la eficiencia de las redes, junto con reformas regulatorias, podría liberar capacidad suficiente para conectar entre 1.200 y 1.600 gigavatios de proyectos ya avanzados.
Mientras tanto, el panorama petrolero se vuelve cada vez más incierto. La guerra en Oriente Medio ha provocado un shock de oferta sin precedentes. Tras los ataques iniciados el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, el tránsito comercial en el estrecho de Ormuz -uno de los corredores energéticos más importantes del planeta- ha quedado prácticamente bloqueado.
Antes del conflicto, por esta ruta marítima circulaban cerca de 20 millones de barriles diarios. Hoy, gran parte de ese flujo permanece atrapado en la región. La consecuencia inmediata ha sido el recorte de producción de los países del Golfo.
Arabia Saudí, el mayor exportador mundial de crudo, ha reducido su producción en dos millones de barriles diarios, un recorte del 20% de su capacidad operativa. La producción saudí ha caído hasta los ocho millones de barriles al día, en gran medida por el cierre temporal de grandes yacimientos "offshore".
En conjunto, los países del Golfo han retirado 10 millones de barriles diarios del mercado, lo que provocará una caída de unos ocho millones de barriles en la oferta global durante marzo. Además, alrededor de tres millones de barriles de capacidad de refinado permanecen paralizados en Oriente Medio.
La reacción internacional no se ha hecho esperar. Los 32 países miembros de la AIE han acordado liberar 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas para estabilizar el mercado. Aun así, la tensión persiste: el barril de Brent ha vuelto a superar la barrera de los 100 dólares.
En medio de este escenario, el debate energético también se intensifica en casa. En el encuentro en Enerclub Pedro González, director general de Aege; Arturo Pérez de Lucía, director general de Aedive; Marta Castro, directora de Regulación de Aelec; José María González Moya, director general de Appa Renovables, y Nailia Dindarova, Principal Energy Markets and Policy, Public Policy, EMEA at AWS, han coincidido en que España necesita acelerar la electrificación para no perder competitividad. Entre las propuestas planteadas destacan actualizar la normativa de acceso y conexión a la red, agilizar la regulación, reforzar la planificación de infraestructuras y equilibrar las ayudas entre oferta y demanda energética.