No es habitual escuchar de boca de un estudiante de Bachillerato la siguiente frase: «Me gustaría rebatir algunos puntos de la tajante intervención de Estonia». Quien las pronuncia es el representante de Reino Unido en el Consejo de Seguridad. Solo que la reunión no se celebra en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, sino en un aula universitaria convertida en un pequeño laboratorio diplomático . Tal es el realismo del momento que cualquiera diría que el estudiante se crio en el mismísimo Bristol, aunque sea gato. Él y otros casi 400 alumnos recrean durante tres jornadas el funcionamiento de la ONU en Sekmun, una de las simulaciones escolares más veteranas y rigurosas del mundo, concebida para que los jóvenes aprendan, casi como si fuera real, el difícil arte de negociar. El programa funciona como una especie de incubadora de diplomáticos y se cuentan por decenas los estudiantes que, años después, acaban trabajando en los mismos escenarios que recreaban en el aula. En Bruselas, por ejemplo, hay varios exalumnos convertidos en altos funcionarios de la Unión Europea, mientras que otros han desarrollado trayectorias profesionales en Naciones Unidas o en el ámbito del debate y la comunicación internacional. «No todos querían ser diplomáticos cuando empezaron, pero muchos descubren aquí la importancia de habilidades como hablar en público, tener criterio propio y entender la realidad», asegura Teófilo Nicolás Flores, coordinador de Sekmun en el colegio SEK Ciudalcampo, en Madrid. Este docente se siente hoy especialmente orgulloso de una de sus alumnas, Rosa María Nieto, que este año ha logrado llegar a secretaria general; es decir, es una António Guterres en miniatura. La estudiante de Bachillerato fue la encargada de inaugurar las jornadas en el Antiguo Salón de Sesiones del Senado, donde pronunció un discurso de un nivel que sonrojaría a muchos políticos. «Vestidos con traje en el centro de Madrid y no en las aulas, hoy no basta con saber quién es el presidente de Francia. [...] Esto no es sólo una actividad extraescolar, nos hace entender que el debate en diplomacia no es una lucha de egos», introdujo. Después de escucharla, la senadora Mª Arenales Serrano, que presidía el acto, lo tuvo que reconocer: «Aquí hay esperanza». Y tras ese acto de apertura, los alumnos de once colegios distintos, todos trajeados, empiezan a debatir en las instalaciones de la Universidad Camilo José Cela. La escena es sorprendente para quien se acerca por primera vez. Delegados que representan a Estados Unidos, China o Guyana discuten resoluciones, levantan pequeñas banderas para pedir turno de palabra y negocian en los pasillos alianzas que permitan sacar adelante un acuerdo. A los del Consejo de Seguridad les pillamos discutiendo sobre la situación en Etiopía mientras los chavales de la OMS debaten ideas para controlar futuros brotes pandémicos. «Al igual que en la ONU, necesariamente tienen que llegar a un acuerdo», explica a ABC Guadalupe Sánchez, responsable del modelo. Esa es la regla básica que rige en todos los comités: cada uno debe debatir dos temas de la agenda internacional y aprobar una resolución antes de pasar al siguiente punto. Durante el encuentro participan doce comités presenciales y varios virtuales, cada uno dirigido por dos autoridades estudiantiles —un presidente y un moderador— encargados de ordenar el debate y velar por el cumplimiento del reglamento. En total, 26 alumnos ejercen como autoridades, incluida Rosa, la secretaria general, máxima responsable del evento. De hecho, ha detectado que uno de los delegados lleva una bandera pintada en la cara, algo que el reglamento no permite. «La ONU no es un campo de fútbol. Mi cometido es ir resolviendo problemas, apagar fuegos», comenta atareada a este medio. Los delegados representan a distintos países y deben defender su postura oficial, aunque no coincida con sus propias ideas. En el Consejo de Seguridad, por ejemplo, el funcionamiento se complica: el comité es más pequeño —quince delegaciones— y algunos países disponen de derecho de veto, lo que obliga a negociar intensamente para evitar bloqueos. «Les enseñamos que su papel no es usar el veto, sino intentar llegar a alianzas», explican los coordinadores. Incluso, se introduce una variable inesperada que pone a prueba a los estudiantes: las crisis, que siempre están pegadas a la actualidad, lo que les ha obligado a leer los periódicos. En mitad de la sesión, el Consejo de Seguridad puede recibir una noticia ficticia —un ataque, un conflicto o una emergencia internacional— que obliga a reaccionar de inmediato y redactar una resolución urgente. Hubo un año que los alumnos salieron muy frustrados por no llegar a ningún acuerdo durante la crisis, pero lo curioso fue que, semanas más tarde, aquel conflicto inventado sucedió en el mundo real y la ONU tampoco supo llegar a una solución. Hasta en eso es realista Sekmun. «Llegar aquí ha sido para mí una carrera de fondo», admite Rosa, la secretaria. Pero ha merecido la pena. Hace sólo unos días, recibió una carta de admisión de la Universidad de Utrecht en la que cursará un doble grado de Ingeniería Informática y Filosofía. «Sabían que había sido escogida secretaria general y me felicitaban por ello», cuenta con orgullo. Lo que sucede durante los tres días del modelo es solo la culminación de un proceso que dura prácticamente todo el curso escolar. El trabajo comienza en septiembre con la selección de las autoridades. Para cubrir las 26 plazas se convoca a unos 30 o 35 candidatos seleccionados por los profesores que deben demostrar su conocimiento del reglamento, su capacidad de debate y sus habilidades de liderazgo. Pero los estudiantes que aspiran a participar como delegados también pasan por un proceso de selección. Deben preparar un discurso, elaborar un documento de posición sobre el tema asignado y superar un examen sobre el protocolo del modelo. Después, durante los meses de enero, febrero y marzo realizan varios simulacros para practicar cómo intervenir, negociar o redactar resoluciones. El reparto de países tampoco es aleatorio. Los estudiantes que mejor desempeño han demostrado suelen representar a potencias con mayor protagonismo —como Estados Unidos, Francia o China— porque su papel exige más intervenciones y mayor preparación. «Uno de Estados Unidos tendrá que responder a muchas preguntas y críticas, así que tiene que estar muy bien preparado», explican los organizadores. Otros países menos conocidos pueden resultar, paradójicamente, más sencillos de defender, sin embargo, «si representas a Guyana, pocos saben cuál es, por ejemplo, su postura sobre la carrera espacial», señalan. Para Rosa, llegar a ese puesto ha sido una especie de carrera de fondo. «No fue una decisión impulsiva», explica. «Empieza mucho antes. Los alumnos más pequeños empiezan como pajes, haciendo tareas sencillas como llevar notas o botellas de agua». Rosa empezó precisamente así, en primero de la ESO. Durante dos años fue paje —«paje de corazón», dice entre risas— antes de dar el salto a delegada en el comité de Unicef. Aquella fue su primera experiencia en el debate internacional… y también el inicio de algo más grande. «Ahí empezó todo el mundo de la oratoria para mí», recuerda. En aquella ocasión fue elegida mejor oradora del comité, un reconocimiento que le hizo pensar que tal vez podía aspirar a más. El impacto de la experiencia suele notarse incluso años después. Uno de los coordinadores recuerda la historia de un antiguo alumno que actualmente trabaja en el CERN, el laboratorio europeo de física de partículas en Ginebra. Durante una visita al centro explicó a los estudiantes cómo había conseguido el puesto. «Me di cuenta de que tenía más seguridad que el resto de candidatos al hablar en público», les contó. «Y creo que eso fue gracias a haber participado en Sekmun». También marcó la vida hace unos años de un estudiante tartamudo que decidió participar a pesar de su miedo a hablar en público. Con esfuerzo y entrenamiento terminó convirtiéndose en una de las autoridades del modelo. «Apenas se le notaba la tartamudez», recuerda su profesor. «Por cosas así merece la pena todo el trabajo». La simulación nació hace dos décadas inspirada en otros modelos universitarios y hoy es una referencia dentro de los programas educativos internacionales. Cada año participan colegios de distintos países y los estudiantes conviven durante varios días, comparten alojamiento y establecen amistades que a menudo continúan después. «Socializas muchísimo», dice Rosa. «No solo conoces a gente de otros colegios del SEK, también vienen alumnos de Colombia, de Arabia Saudí o de América del Norte». El propio funcionamiento del modelo refleja esa dimensión global. Los temas de debate proceden directamente de la agenda de Naciones Unidas, aunque a veces se adaptan para evitar conflictos especialmente sensibles. Al final, se selecciona al mejor delegado global, que recibe la beca Ángel Escudero —en honor a uno de los impulsores del programa— para participar en otro modelo internacional de Naciones Unidas. Pero para muchos participantes el verdadero premio es otro: descubrir vocaciones inesperadas. Quizá dentro de unos años algunos de ellos vuelvan a pronunciar frases como aquella sobre Estonia, solo que, entonces, puede que el mundo esté pendiente de la votación.