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La gran boda imperial que cambió la Monarquía Hispánica

La unión de los emperadores Carlos V e Isabel de Portugal tuvo lugar en la madrugada del 11 de marzo de 1526. El acuerdo entre las cortes de Castilla y Portugal no se concretó hasta el otoño del año anterior, después de unas complicadas negociaciones que duraron mucho tiempo. Carlos de Habsburgo había nacido en 1500 en Gante (Bélgica) y, en 1526, todavía no se había casado ni tenía descendencia legítima, aunque sí era padre de al menos cuatro hijas nacidas entre 1518 y 1523 de distintas relaciones. Así pues, uno de los objetivos fundamentales del matrimonio era tener un heredero cuanto antes y garantizar la sucesión en el trono. Había otros también muy importantes para él, como la recepción de una dote extraordinaria proveniente de uno de los reinos más ricos de la cristiandad y la seguridad de que la persona elegida pudiera hacerse cargo de las regencias cuando él se ausentara de la Península Ibérica.

La pareja imperial

Carlos, designado rey de Romanos y futuro emperador en 1519, abandonó España dos años y medio después de su llegada a los reinos con el fin de ser coronado, lo que ocurriría en la catedral de Aquisgrán (Alemania) el 23 de octubre de 1520. Diez años más tarde recibiría la corona imperial de manos del Papa Clemente VII en Bolonia (Italia). A su regreso a la Península el 16 de julio de 1522 aún se notaban los efectos de la rebelión comunera que había puesto en jaque la estabilidad de Castilla. La presión de las Cortes para que se casara rápidamente, no abandonara más España y no otorgase poderes y privilegios a los flamencos que lo habían acompañado desde 1517 tuvo un claro efecto en el emperador. Carlos V descartó otras posibilidades matrimoniales y apostó por la infanta Isabel. Ese enlace, que afianzaba las relaciones hispano-portuguesas, se presentó como la mejor opción.

Isabel de Portugal nació en Lisboa el 24 de octubre de 1503. Sus padres eran los reyes Manuel I y María de Aragón. Su madre, hija de los Reyes Católicos, se encargó de su educación, centrada en una sólida formación humanista en la que la religión ocupaba un lugar central. Muy pronto la futura emperatriz vio en ella un modelo de conducta y también un ejemplo de actuación política, del que tomaría buena nota. Desde 1519 tuvo muy claro que solo se casaría con el principal señor de la cristiandad, Carlos, que acababa de ser elegido emperador. La cuenta atrás definitiva se inició dos años después, tras la muerte de su padre y la subida al trono de su hermano, el nuevo monarca portugués, Juan III.

La boda por poderes se celebró en el Palacio de Almeirim, al norte de Lisboa, el 1 de noviembre de 1525, aunque tuvo que repetirse en el mismo sitio dos meses y medio después porque la dispensa papal recibida contenía errores. Hubo que esperar a un segundo documento de Clemente VII que no llegó hasta enero de 1526. Al ser los dos contrayentes primos hermanos necesitaban de la gracia pontificia para poder efectuar el casamiento. Tanto Juana de Castilla, la madre de Carlos, como María de Aragón, la de Isabel, eran hijas de los Reyes Católicos. El 30 de enero Isabel marchó hacia la frontera en su litera de rico brocado y una semana más tarde, tras ser entregada a la delegación castellana por sus hermanos Luis y Fernando, cruzó el río Caya y entró en Badajoz, la primera ciudad española en la que se alojó. Ya no volvió nunca más a su reino natal.

Carlos V se encontraba aún lejos, en concreto en la ciudad de Toledo. El enlace tendría que esperar hasta tener resuelto un complicado asunto: ratificar los términos finales de la puesta en libertad del rey de Francia. Francisco I, apresado por las tropas imperiales tras su derrota en la batalla de Pavía el 24 de febrero de 1525, había permanecido retenido por el emperador en Madrid. El césar debía asegurarse de que el monarca francés iba a cumplir su palabra tras lo firmado en un tratado el 14 de enero. Mientras la emperatriz descansaba en tierras extremeñas, Carlos celebró varios encuentros con el monarca francés, en los que este confirmó su compromiso de cumplir lo pactado, que incluía la renuncia al ducado de Borgoña. Como garantía de que así sería, aceptó dejar en Castilla, al tiempo que él cruzaba la frontera con Francia, a sus dos hijos, los príncipes Francisco y Enrique, de ocho y siete años de edad, respectivamente. Al faltar a su palabra, el emperador, irritado y herido por la falta de honor del francés, mantuvo presos a los dos jóvenes en varias fortalezas castellanas durante más de cuatro años.

El 21 de febrero, cerrado el asunto francés, pero con serias dudas sobre lo que iba a hacer Francisco I, el emperador inició su viaje a Sevilla para casarse con Isabel. La emperatriz estaba ese día en la localidad de Llerena, después de haber pernoctado en las jornadas anteriores en Talavera la Real, Almendralejo y Los Santos de Maimona. La ruta de Badajoz a Sevilla se hizo lentamente. La delegación portuguesa esperaba instrucciones de Carlos V sobre el recorrido y un posible punto de encuentro de ambas comitivas, que finalmente no se produjo. Isabel y sus numerosos acompañantes descansaron en días sucesivos en Guadalcanal, Cazalla de la Sierra, El Pedroso y Cantillana, y se alojaron en el Monasterio de San Jerónimo de Buenavista en la noche del 2 de marzo para preparar la entrada en Sevilla.

Llegada a Sevilla

Cuando el 3 de marzo la emperatriz pisó la ciudad hispalense, Carlos todavía estaba camino de Mérida, a unos doscientos kilómetros. Sevilla se había preparado para dar la bienvenida a Isabel de Portugal, la mujer de 22 años, seria, firme, delicada y dulce, de cuya belleza y virtudes tanto se había oído hablar. Las expectativas no quedaron defraudadas. Las autoridades de la populosa urbe andaluza la siguieron todo el tiempo tras acceder por la Puerta de la Macarena. Isabel dejó la litera en la que había viajado desde la frontera y recorrió en una hacanea blanca las calles sevillanas, ricamente engalanadas y repletas de gente para verla de cerca. No hablaba aún castellano, pero entendía perfectamente las palabras que llegaban a sus oídos a lo largo de un camino en el que la música no dejaba de sonar. Infinidad de antorchas iluminaban todo el trayecto, que realizó bajo palio de brocado, atravesando los siete arcos triunfales en los que aparecían representadas las virtudes del buen gobernante.

Vestida de raso blanco, con tela de oro, y una gorra y una pluma del mismo color, recorrió la calle Real y llegó a la Catedral junto al duque de Calabria y el arzobispo de Toledo, que la habían acompañado desde la raya. Después de rezar ante el altar mayor y en la capilla de la Virgen de la Antigua, se dirigió al Alcázar, que sería su alojamiento durante los siguientes dos meses y diez días. Tanto ella como la delegación portuguesa mostraron su malestar por el retraso en la llegada del emperador. Para el encuentro definitivo hubo que esperar una semana más. Y es que Carlos, que acababa de cumplir 26 años, realizó un viaje de más de dos semanas por tierras de las actuales provincias de Cáceres y Badajoz hasta llegar a Sevilla, la ciudad elegida para los esponsales regios. Por fin, el 10 de marzo entraba en la urbe del Guadalquivir. Hizo el mismo recorrido que su esposa había realizado una semana antes y recibió igualmente una calurosa bienvenida por parte de las autoridades y de las personas que, agolpadas en las calles, esperaban su llegada.

A última hora del sábado 10 de marzo de 1526 el emperador, vestido con un sayo de terciopelo y tiras de brocado, entró en el Alcázar y conoció a su esposa. El acuerdo matrimonial, como todos en la época, había respondido a una cuestión de Estado. Pero en solo unos minutos se produjo un flechazo entre ambos que dio paso a una auténtica historia de amor.

Besar las manos del rey

Cuando se vieron, Isabel se hincó de rodillas y quiso besar las manos a Carlos, pero este la levantó, la abrazó y la besó. Después, los dos entraron en una estancia y departieron unos minutos con los nobles y las damas presentes. A continuación, Carlos se fue a su cámara para cambiarse de ropa y cenar, y tomó la decisión de no esperar más y casarse de inmediato. Era ya la medianoche del 10 al 11 de marzo cuando ambos se desposaron en un acto oficiado por el cardenal Salviati, el legado del Papa. El lugar elegido fue la estancia de la Media Naranja, actual salón de Embajadores. Como todo fue improvisado, hubo pocas personas y solo estuvieron presentes los más allegados. Aun así, se celebró un pequeño baile que duró hasta la una de la madrugada. Carlos e Isabel se retiraron a sus habitaciones privadas. Según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, «serían ya las dos después de medianoche. En tanto que el emperador estaba en su cámara, se acostó la emperatriz, y desde que fue acostada, pasó el emperador a consumar el matrimonio como católico príncipe». Comenzó entonces la feliz e intensa vida de la pareja imperial, que duró trece años y dos meses, hasta la muerte de Isabel en 1539.

en 1539. Pero no pudieron estar juntos todo el tiempo y vivieron separados el uno del otro en diversos periodos que suman más de siete años. Ella, al frente del gobierno y al cuidado de su familia; él, atendiendo asuntos imperiales en Italia, Alemania o Flandes. La sintonía entre ambos parecía perfecta. Una semana después de la boda, el marqués de Villarreal, que había viajado con Isabel desde Portugal, escribía al rey luso: «La emperatriz duerme cada noche con su marido en brazos, y están muy enamorados y muy contentos». Al parecer, se pasaban el tiempo juntos, sin ver a nadie, hablando y riendo. El embajador flamenco le contaba días más tarde a Margarita de Austria, la tía del emperador, que daba placer ver la felicidad que tenían de poder estar el uno con el otro. Todos coincidían en la gran conexión que habían alcanzado. Un año después, tras el nacimiento del príncipe heredero, Martín de Salinas, el embajador de Fernando de Habsburgo –hermano de Carlos– afirmaba que los emperadores eran «los mejores casados que yo sepa de este mundo».

Vida feliz en Granada

Los actos festivos para celebrar el matrimonio imperial tuvieron que esperar porque el emperador decretó varios días de luto por la muerte de su querida hermana Isabel, fallecida en el mes de enero. Había conocido la noticia poco antes de llegar a Sevilla, pero no quiso retrasar su unión con la emperatriz. En las semanas siguientes, la ciudad sí pudo vestirse de fiesta con múltiples recepciones, saraos y festejos taurinos, y con los torneos de justas y los juegos de cañas a los que tan aficionado era el emperador. En todo este tiempo, Carlos y su esposa pudieron comprobar la frenética actividad de Sevilla, la capital que conectaba con las Indias con un intenso tráfico de personas y mercancías. El 13 de mayo de 1526 se despidieron de la ciudad y marcharon hacia Granada para continuar allí su luna de miel. Desde la localidad de Carmona iniciaron un viaje de veintidós días que tenía programada, por orden del emperador, una parada intermedia fuera de la ruta más directa. Descansaron primero en Fuentes de Andalucía, Écija y Guadalcázar, para alcanzar ese importante destino, Córdoba, el 19 de mayo, donde pernoctaron cinco días. Tras el impacto que había supuesto habitar entre los muros del Alcázar sevillano, resultado de la rica fusión arquitectónica musulmana y cristiana, tuvieron la ocasión de adentrarse en la espectacular Mezquita cordobesa. Según la tradición, el emperador mostró su descontento al contemplar las obras que se habían realizado en el edificio: «Habéis deshecho lo que era singular en el mundo». Otro gran conjunto arquitectónico y paisajístico, la Alhambra, les esperaba en solo unos días. Los emperadores prepararon en Santa Fe su siguiente visita. El 4 de junio la pareja imperial entró en Granada, la ciudad que había sido conquistada por sus abuelos maternos, los Reyes Católicos, hacía solo treinta y cuatro años. Sus habitantes y sus costumbres, el exotismo de cada rincón y el extraordinario espacio que forman la Alhambra y el Generalife deslumbraron a los emperadores. Fueron recibidos con todo detalle en un recorrido hasta la parte más alta de la urbe en el que no faltaron ni la música ni las leilas, los vistosos bailes moriscos. El césar madrugó al día siguiente para contemplar la Alhambra con la fuerza de la luz de las primeras horas del día y admirar todo lo que había a su alrededor. En Granada, Carlos e Isabel engendraron a su primer hijo, el futuro Felipe II. El deseo de ambos fue regresar un día, pero no pudo ser. Su huella en la actualidad está presente en muchos lugares, como el palacio que lleva el nombre de Carlos V o la propia universidad, que fue fundada bajo su reinado.

En Sevilla primero, con motivo de su boda y de las primeras semanas de convivencia, y en Granada después, en medio de una larga luna de miel, los emperadores vivieron los meses más felices de su vida. A finales de 1526 los problemas del exterior y los temas de gobierno obligaron a trasladar la corte. Ambos estuvieron juntos en Castilla –entre Valladolid, Burgos, Madrid y Toledo–, aunque de manera intermitente, hasta 1529. Entonces, Carlos V viajó a Italia para ser coronado por el papa y para atender diversos asuntos en tierras germanas y flamencas. La emperatriz tuvo que convertirse en gobernadora por esta y las siguientes ausencias, y la soledad marital le resultó difícil de sobrellevar. Sus problemas de salud, relacionados con los complicados embarazos, precipitaron su muerte en 1539. Una pérdida irreparable para el emperador, que inició entonces una fase de declive personal y político.

Quinientos años después, el recuerdo de la boda de los emperadores nos traslada a la nueva Monarquía Hispánica. Como escribió Manuel Fernández Álvarez, nos hallamos ante uno de los sucesos más importantes en la vida del emperador, no solo en el plano afectivo y familiar, sino en el político. Este enlace del año 1526 coincidió con el inicio del establecimiento de unas estructuras sólidas de gobierno, que, tomando como referencia los fundamentos fijados por los Reyes Católicos, condujeron a España, con el paso de los siglos, a la nación contemporánea y actual. Carlos V forjó las bases del poder dinástico, acabó hispanizándose y quiso morir en suelo español. En Isabel de Portugal encontró el complemento perfecto para consolidar la estabilidad de los reinos. La gran boda imperial del siglo XVI marcó el comienzo de la época moderna española, dejando una huella que todavía hoy podemos percibir.

  • Isidoro Jiménez Zamora es profesor en la Universidad Francisco de Vitoria

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