Un abatido Igor Tudor se plantó en Londres el miércoles armado solo con palabras de resignación y confianza, pese a la nueva debacle de sus jugadores ante el Atlético, en la Champions League (5-2). “Pedimos disculpas a la afición”, repitió el entrenador croata de los Spurs, para calmar un ambiente muy adverso alrededor del club del norte de Londres, donde los sectores más influyentes reclaman ya su destitución. Otro muy mal partido del Tottenham Hotspur y los fallos inexplicables del habitual portero suplente, el checo Antonin Kinsky, al que Tudor quiso dar una oportunidad, han agravado el derrumbe anímico que vive una plantilla construida para luchar por los títulos y no para tratar de eludir el descenso de la Premier League, amenaza más que nunca posible. Le esperan ahora nueve finales para evitarlo.
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