Un día cumbre y luminoso
La historia de Cuba está marcada por momentos en que la juventud decidió asumir un papel protagónico en el destino de la nación; y es que la historia de los pueblos también se escribe con la valía, el coraje y la determinación de las nuevas generaciones.
A 69 años de los sucesos del 13 de marzo de 1957, inscritos en la memoria nacional como una de las jornadas más audaces de la lucha revolucionaria contra la dictadura de Fulgencio Batista, la juventud cubana sigue encontrando en aquella hazaña un estandarte de compromiso y justicia social. Aquel día, un grupo de muchachos del Directorio Revolucionario, encabezados por José Antonio Echeverría, emprendieron una acción heroica que buscaba ajusticiar al dictador y llamar al levantamiento popular.
El plan contemplaba dos operaciones simultáneas. Mientras un grupo asaltaría el Palacio Presidencial, otro tomaría la emisora Radio Reloj para anunciar al país la caída del tirano.
Esa tarde de plomo y arrojo el grupo encargado del asalto en el Palacio Presidencial penetró con la intención de sorprender a Batista dentro del edificio. La operación desató un feroz enfrentamiento con elementos del régimen, pero el tirano logró escabullirse.
Mientras tanto, otro grupo se dirigió hacia el edificio Radiocentro. Allí, José Antonio Echeverría y varios compañeros lograron entrar en los estudios de Radio Reloj.
Al frente de esta operación estaba el joven cardenense y presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, uno de los líderes más visibles del movimiento estudiantil de la época. Eran poco después de las tres de la tarde cuando, desde uno de los estudios de Radio Reloj, su voz estremeció a toda la nación.
«¡Pueblo de Cuba! En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas…».
Tras abandonar la emisora, Echeverría se dirigió hacia la Universidad de La Habana. El automóvil en que viajaba fue interceptado por un vehículo policial a un costado de la universidad que lo formó. Allí cayó abatido, sin retroceder.
A pesar de no haberse materializado los objetivos propuestos, la acción del 13 de marzo de 1957 demostró que la dictadura no era invulnerable y que había una juventud cubana dispuesta, incluso a entregar su vida por la causa.
En 1965, durante un acto en la escalinata de la Universidad de La Habana, Fidel describió aquella jornada como «un día cumbre, un día luminoso en la vida de nuestro país». Años más tarde, en 1997, al cumplirse el aniversario 40 del asalto al Palacio Presidencial, volvió a refrendar la heroicidad de los hechos: «Debo decir que el ataque a Palacio el 13 de marzo fue un acto de extraordinaria audacia y valentía, puesto que la capital de la República estaba llena de perseguidoras, de unidades militares, de carros blindados, de tanques y de aviación; las reacciones del enemigo eran impredecibles».
José Antonio Echeverría sabía que la operación implicaba un riesgo enorme. Antes de partir hacia la acción dejó escrito un manifiesto que sería considerado su testamento político: «Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad. Porque tenga o no nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originará nos hará adelantar en la senda del triunfo».
Palabras que resumían el espíritu de una generación que, frente a la represión de la dictadura batistiana, asumió la lucha como un deber histórico y moral. Aquella juventud asumió la convicción de que el sacrificio podía convertirse en una fuerza movilizadora para el pueblo y acelerar el proceso de transformación que Cuba reclamaba.
La figura de Echeverría y los jóvenes que lo acompañaron condensan la ética de lucha que caracterizó al movimiento revolucionario de los años 50 y el sentido de responsabilidad histórica de quienes, desde la universidad y otros espacios de la sociedad, se propusieron poner fin al régimen batistiano.