Llegan los vainas
A Raúl del Pozo le sucedía lo mismo que a Luis Miguel Dominguín frente a los toros, que no le costaba nada enfrentarse al periodismo. Lo sabíamos quienes, con una mona delante, queríamos hacer carrera en esto de contar las cosas. Por mucho que se intenta, él como Campmany, Burgos, Ussía, Umbral y Alvite nos queda tan lejos como la cima del Everest. La ves, la sientes, sabes que otros la rozaron, pero es inalcanzable. Sólo se mantienen Manuel Vicent y Nativel Preciado, creo, de aquellos pata negra que moldearon la profesión cuando los españoles decidieron que era mejor darse la mano que pegarse un tiro. Ónega también se ha marchado al otro lado, dando el aldabonazo para que el paraíso de la crónica política lo herede esta última generación que todavía mamamos la tinta de los periódicos en la mocedad. Tengo camaradas al que, seguro que veré bajo el cielo del Himalaya, dándole sorbitos a la vida como nos enseñaron los viejos maestros de Olivetti y cubata. No me creo el cuento del malditismo de la canalla periodística, pero al igual que se necesita ser buena persona, en el carné se exige un punto de maldad y miseria para darle sustancia a la prensa. Colmillo, le llaman. Pese a la temperatura del patio, la crónica parlamentaria la forman hoy una comparsa de chisgarabís en corrillos que se dedican a desmenuzar lo que les cuentan tal que miembros de una secta en tertulias, columnas (ésta es una de ellas) e informaciones vanas como lentejas sin chorizo preñadas de consignas y lugares comunes. Una cochambre, perdonen, que la muerte se lleve por delante a los últimos del periodismo y que la vida nos ofrezca una legión de vainas como lógica renovación. En gran medida España se mantiene porque los pilares de su democracia los plantaron unos tipos que compartían el honroso fin de sacar adelante un país, pero sabiendo dónde ponía el culo cada uno. Ahora no distinguimos la mierda del culo y así nos va.