En una liga en la que los partidos desfilan frenéticamente, en la que los recuerdos son
efímeros para bien y para mal y no hay tiempo para recrearse en la felicidad del momento o vivir en los lamentos, cuesta adivinar en una noche dada si un equipo NBA ha ganado o perdido a juzgar por el ambiente de su vestuario tras el partido. Porque sea como sea hay que pasar página, resulta que a veces reina un silencio sepulcral tras un triunfo y otras retumba el eco de algún jugador a grito pelado con otro bromeando.
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