"Sirât", la "rave" y el malestar de la cultura
Se remonta a hace tres décadas y puede decirse que, desde entonces, la sociedad ha cambiado completamente. Sin embargo, [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/las-raves-son-cultura-popular-espanola-y-no-lo-sabiamos_2025011368234f1ef7f20a10d03c2e83.html|||la cultura «rave»]], la que da forma a fiestas autogestionadas de música electrónica, ilegales y libres por definición y en las que lo mercantil apenas tiene presencia, mantiene su vigencia. El año 2026 se abría con dos de estas fiestas simultáneas en Albacete y Tarragona. Al siguiente fin de semana, 3.000 personas fueron desalojadas de la segunda de estas congregaciones que acoge la provincia del Mediterráneo. Solo son las primeras de una infinidad de fiestas espontáneas que atravesarán la Península y que saltarán a las noticias de sucesos como ya lo han hecho a las salas de cine: ese es escenario del argumento de «Sirât», la cinta de Oliver Laxe que acaba de ganar seis premios Goya, aunque no el de mejor película, y competirá en un par de semanas por un Oscar.
En la actualidad, casi todas las formas de acercarse a la cultura, especialmente la musical, entrañan una transacción mercantil. No solo eso: la asistencia a ciertos eventos se ha convertido en una señal de estatus y prácticamente un bien de lujo. El precio de las entradas a festivales de música o los conciertos de artistas punteros puede ascender varios cientos de euros, lo que deja fuera a una parte mayoritaria de la población. En cambio, asistir a una «rave» es una experiencia diametralmente opuesta. No se cobra entrada y cada uno lleva su propia comida y bebida: no hay, por tanto, accesos VIP ni áreas de acceso restringido o separado por clases.
Así lo describe Harry Harrison, líder del colectivo DiY, uno de los grandes promotores de fiestas libres en los últimos 80 y primeros 90 en sus memorias «Derecho a la fiesta» (2023, Colectivo Bruxista): «Si cualquiera que haya alcanzado la mayoría de edad asistiendo a festivales en el siglo XXI pudiera viajar en el tiempo hasta los festivales libres de los años 80 y 90, probablemente quedaría estupefacto (...). Estos festivales ofrecían una libertad total, una experiencia primigenia, casi pagana, en la que se vendían abiertamente diversas drogas y en la que cualquiera podía montar un escenario, una carpa o un «sound system».
Un ambiente en el que prácticamente todo valía y se podía hacer durante días sin que nadie a mando lo impidiera. Otra cosa era conseguir irse sin que te detuviera la Policía, pero durante esos dos, tres o incluso cinco días en una auténtica zona autónoma temporal, el hedonismo salvaje y desenfrenado, unido a una atávica reconexión con la tierra, el cielo y el fuego, era posible e incluso inevitable». Como menciona Harrison al final de su cita, las «raves» constituyen esa «zona temporalmente autónoma» (en palabras de Hakim Bey) donde se demuestra que el orden establecido puede ponerse en suspenso y nada grave pasa. Donde se desvanecen las obligaciones y el implacable juicio de las redes sociales.
Desterrando jerarquías
El periodista Nando Cruz, autor del libro «Microfestivales. Otros escenarios posibles» (Sílex) analiza el fenómeno de las iniciativas musicales al margen del mercado. «Se está fomentando un modelo de convertir a las personas en espectadores y consumidores y nada más. Tú pagas un dinero y te largas cuando acabe porque necesito barrer para que entre el siguiente. Frente a eso, hay gente que cree que la cultura puede ser otra cosa, puede ser toda una aventura que incluso dé la sensación de ‘hackear’ el sistema. Una idea de autogestión, de hacer las cosas como nosotros queremos, que es algo que nos han arrebatado convirtiéndonos en puros consumidores. En las ‘raves’ se ocupa un espacio sin pagarlo porque consideras que aquello está abandonado. Le das vida durante los días que sean y cuando te vas lo dejas tal y como estaba. Y nadie te dice que si quieres una cerveza tienes que pagar un vaso de plástico a 2 euros primero –y luego otros diez euros-, o un plato de comida a 15. Además, hay una relación diferente entre el público que asiste, de respeto, porque ellos mismos son los organizadores: es horizontal, no vertical», dice el que es también autor de «Macrofestivales. El agujero negro de la música» (Península). Lo que pone de relieve Cruz no es baladí: habla de la comunión, no de relaciones jerárquicas o de obediencia al orden.
Quizá sea este hecho, el de la autogestión, lo que sea percibido como sospechoso o incluso soliviante a las autoridades desde hace décadas. En su primer paquete de medidas como primera ministra, en una fecha tan reciente como 2022, la premier italiana Giorgia Meloni prohibió expresamente las fiestas «rave» en un trámite de urgencia. Francia lo había hecho en 2019, evocando las legislaciones restrictivas de Gran Bretaña a comienzos de los 90, cuando todo el movimiento del que habla Harry Harrison se salió de madre.
Las «raves» llevan, pues, casi cuatro décadas apareciendo como un lugar donde poner en suspenso todo, la infelicidad que atenaza al hombre que vive en sociedad y que Freud, en su «El malestar de la cultura» identificó con tres causas: la naturaleza, el cuerpo propio y las relaciones sociales. Para el padre de la psicología, simplificando mucho, la cultura y la civilización deberían ser barreras para librarnos de la infelicidad, pero acaban provocando el efecto contrario: son la causa de nuevas frustraciones en diferentes estratos –sexual, social, económico- que nos golpean cotidianamente. El acceso a los actos musicales que potencia el mercado actual se ha convertido en una actividad que provoca ese triple conflicto simultáneamente: clasifica, constriñe y agrede a su propio público.
En cambio, todas esas tensiones desaparecen en una «rave». Este factor, sumado a una precarización generalizada de la juventud, estaría detrás del auge de las «raves» en España, que, además, cada vez tiene más hectáreas de rural abandonado, aunque aparentemente sacrosanto e inviolable para las autoridades si lo que se quiere hacer es una reunión sin control. Mientras, la necesidad de escape ante las presiones de toda naturaleza de la sociedad contemporánea es cada vez mayor.
Asunto diferente es una realidad que el argumento de «Sirât» refleja como telón de fondo. Los protagonistas de la película campan por los desiertos de Marruecos y Mauritania como si se tratase del decorado idílico y «salvaje» para su liberación espiritual. Sin embargo, ese planteamiento ingenuo pronto se da de bruces con lo que esconde el subsuelo de esos territorios, explotados y cosidos por guerras que son resultado en buena medida de la dominación colonial europea, entre otras causas. Sin querer destripar el argumento, la realidad se presenta con toda la crudeza ante el sueño neohippy de la liberación espiritual. Lo que era un decorado resulta ser el auténtico infierno y la huida del gran malestar de la sociedad esquizofrénica contemporánea termina... bueno, como termina la película.
Con el éxito de la cinta, ha ocurrido otro fenómeno de «domesticación», la traslación de las «raves» al museo, como ha sido el intento del Reina Sofía por encapsular el universo de Oliver Laxe con cierto oportunismo y un resultado más bien discutible. Por un lado, el museo trata de darse un aura de modernidad y de atender este tipo de manifestaciones culturales pujantes, de «subirse al carro», pero su presencia en una institución desvirtúa por completo el contenido. Las «raves» pierden toda la fuerza de su mensaje de la misma manera que el grafiti deja de serlo cuando se cuelga en una pinacoteca. Ambas manifestaciones, la musical y la visual, son ilegales y libres, y su traslación a un cubo blanco financiado por el Estado es solo un pálido reflejo de su fuerza expresiva y de su significado político. Aunque parece improbable, quizá la respuesta a este malestar generalizado sea un nuevo verano del amor. O un cambio de paradigma en el consumo cultural. Ambas cosas demasiado lejanas.
¿Para qué sirve esto de la cultura?
En conversación con este periódico, Nando Cruz reflexiona: “Yo creo que aquí no se no se ha tenido nunca muy claro para qué sirve esto de la cultura, ¿sabes? Creo que no tenemos claro que qué papel juega en nuestra sociedad. Tenemos claro que necesitamos sanidad porque si no vamos palmando. Tenemos claro que necesitamos educación y, a pesar de todo, eso tan básico está en cuestión. Pero cuando llega la democracia a la cultura se le da un valor propagandístico: la gente votará al partido que monta los conciertos. Después, llega la «festivalización» del país. Si juntamos mucha gente, llenaremos los restaurantes, los hoteles, los taxis y los cajeros automáticos empezarán a echar humo en el pueblo. Eso trae turistas. Todo se ha ido entendiendo en esos términos, pero sin asumir que la cultura tiene otras potencialidades, otras potencialidades, que son enriquecernos como personas, fomentar nuestro espíritu crítico, cohesionarnos como sociedad, derribar barreras y guetos». En lugar de potenciarlas.