Este sábado, Fernando Méndez-Leite celebrará la 40 edición de los Goya, la cuarta como presidente de la Academia de Cine. Serán los últimos de su legislatura. En mayo cumple 82 años y, aunque dice que no tiene decidido si se presentará de nuevo a las elecciones de junio, lo cierto es que la idea de sacar adelante una campaña le provoca una mueca de cansancio. «Ya me parecía un disparate presentarme con 78 años; no entendía que un anciano pudiera presidir la Academia», recuerda. En estos cuatro años, ese «anciano» ha rejuvenecido la institución con nuevos miembros, ha abierto la sede a numerosas actividades y ha llevado los Goya por España, incluyendo la de este sábado, en Barcelona. En la mesa de su despacho en la Academia de Cine, un palacete de principios de siglo que está espalda con espalda de Génova, 13, sede del PP, Méndez-Leite recibe a ABC con la mesa llena de periódicos bien leídos y marcados. «Tengo el prurito de ser el hombre que va a conseguir que no se arruine la prensa», dice mientras aparta el taco de papeles. Antes, había repasado las ganadoras del Goya a mejor película de los últimos años, cuyos carteles adornan sus paredes, donde todo le recuerda (a él, a los que vinieron, a los que vendrán) que todo paso por aquí es transitorio. — Si ahora viaja a ese momento de 2022 en que gana las elecciones, ¿qué es lo primero que le viene a la cabeza? —La sala de proyección donde se comunicó que mi candidatura había ganado y que inmediatamente me subieron a la planta cuarta, a la sala de juntas donde he pasado estos cuatro años, para atender a la prensa. Fue todo muy inesperado; tres días antes ni tenía planeado que me iba a presentar, hasta que en el Festival de Málaga le dije a Mariano Barroso, mi antecesor, que no se debía ir porque lo había hecho muy bien y me contestó que me debía presentar yo. A mí me pareció demencial. Pero luego, pensando y un poco convencido por Mariano y por Rafael Portela, llegué a la conclusión de que por qué no, que podía trabajar para la Academia unos años, que era una institución que de alguna manera conocía bien porque la había vivido desde prácticamente antes de su creación. —¿Qué balance hace de estos cuatro años? —Muy positivo. Ha sido una experiencia interesantísima. He trabajado realmente muchas horas. Heredé una institución perfectamente en marcha, organizada, con un equipo técnico muy bueno y con una financiación resuelta. En fin, una institución por la que merecía la pena trabajar. Y la verdad es que me he entendido muy bien con el equipo que tenía Barroso. Estaban aquí porque son muy competentes, los responsables de todos los departamentos. Y eso hace que la Academia desarrolle muchas actividades distintas, que esté viva día a día, que todos los días haya actividades en la sala de proyección o en las otras salas de la Academia, que funcione la biblioteca, que funcione el plan de residencias... Mucho tiempo lleva también la organización de la gala de los Goya, que prácticamente se empieza a preparar el día siguiente de que termine la anterior. —A los 82 años que va a cumplir, ¿se ve renovando el mandato? —No tengo la decisión tomada. Tengo razones encontradas para una cosa y para otra. Pero, en todo caso, mi mandato termina en junio. En el caso de renovar tendría que presentarme a las elecciones y ganarlas. Y hacer una campaña. Todo eso hace que me piense mucho esa posibilidad, más que la cuestión de la edad. Ya me parecía un disparate presentarme a las elecciones con 78 años, y además acababa de salir de una operación de corazón muy salvaje. No entendía que un anciano pudiera presidir la Academia; no lo he mirado, pero creo que debo ser el más viejo de su historia. Y 82 años son más que 78. Ahora, por suerte, me encuentro bien y me gusta el trabajo. —Los cuatro años que ha presidido la Academia han coincidido con la pospandemia, con una situación muy compleja para la industria: ahora hay mucha producción, pero los espectadores en salas están cayendo. ¿Cómo ve el presente del cine? —Desde luego se producen muchísimas películas de largometraje de ficción, documental… Y además los resultados en cuanto a calidad y acogida por parte de los espectadores son optimistas. Ahora, sí es cierto que la crisis de las salas no se ha remontado. Hay generaciones que se resisten mucho a ir a las salas salvo para determinados espectáculos. Hay que seguir luchando por la supervivencia de las salas. Yo creo que las películas se ven básicamente en las cadenas de televisión y en las plataformas, y que todo este fenómeno tiene también el aspecto positivo de mucha mayor ocupación para los profesionales de las distintas especialidades. Hay mucho trabajo. —En el mandato de Mariano Barroso la idea de que Netflix iba a colonizar el cine español era el gran debate. ¿Se ha perdido el miedo o es que la mitad de la industria española está trabajando para Netflix? —No, yo creo que lo importante es mantener la independencia de creación por parte de los productores independientes. Que no se haga exactamente lo que deciden las plataformas, sino que las plataformas colaboren. Yo creo que es una cuestión también de negociación. Nosotros trabajamos mucho con Netflix y con Movistar. Creo que también forma parte del trabajo de negociación por parte de los productores independientes con esas plataformas a las que de alguna manera necesitan. —Hace años había también otro debate: las series en los premios Goya. —No, ese debate de momento está totalmente arrumbado. Ya hay festivales de series, aunque yo personalmente no distingo entre una serie y una película. Para mí, una serie es una película de ocho horas o de veinticinco. Y si es buena, pues muy bien. Hace poco terminé de ver la que ha dirigido Daniel Calparsoro, 'Salvador'. Y es estupenda. Pero luego hay otras que me parecen un horror y qué se le va a hacer. También me pasa con las películas, pero no digo las españolas que me parecen un horror. Solo me queda despotricar de las extranjeras. —Hablemos de las películas españolas de este año que están en los Goya, aunque ya me ha dicho que no las va a criticar... Ha sido un año histórico, con dos películas en la sección oficial del Festival de Cannes. Es el tercer año que gana en San Sebastián una película española, hay presencia en los Oscar... ¿Cómo lo valora? —Pues es un año excelente, yo diría que incluso sorprendente. Ya en el Festival de Málaga, en marzo, la práctica totalidad de las películas seleccionadas en la sección oficial eran muy buenas, como 'La buena letra' o 'Una quinta portuguesa', que no están nominadas a mejor película de los Goya, aunque lo podrían haber ganado cualquier otro año. El hecho de que hubiera dos películas en Cannes, 'Sirat' y 'Romería', y que encima una de ellas ganara un premio importante… Pero es que 'Sirat' ha tenido además una repercusión a nivel internacional tremenda. 'Tardes de Soledad', lo mismo. O las películas de Jonás Trueba, que están en todas las listas de las mejores del año en Francia. Es decir, en este momento hay un movimiento del cine español en el mundo entero que es muy esperanzador. Yo he vivido las épocas de vacas flacas. Cuando era director general del ICAA, si un subdirector me decía que en tal revista italiana había salido una fotito de no sé qué película de Almodóvar casi comprábamos una tarta para celebrarlo. Era muy difícil que el cine español llegara fuera. —Repasando un poco datos, en 1992 Fernando Trueba ganó el Oscar, en 1993 Ricardo Franco estuvo en Cannes… —Es verdad que son ciclos también. Siempre ha habido momentos mejores. Pero en general eran de proyectos, de películas muy concretas. Sí es cierto que en una época hubo varios premios seguidos en Cannes, toda esa época de los 70 y luego a mediados de los 80. Berlín siempre trató bastante bien al cine español. Pero eran cosas muy puntuales. Ahora hay una continuidad. Y sobre todo, yo haría hincapié en que no solo las películas puntales tienen un recorrido internacional, sino que hay muchas que se venden en los distintos países europeos. Y tenemos actores y directores muy internacionales. Fíjate en el caso de Isabel Coixet, que rueda películas una tras otra sin parar y cada una en un país distinto, en distintos idiomas, con actores internacionales. —Desde que usted es presidente, la audiencia de la gala de los Goya no ha bajado del 22% de cuota. ¿Los espectadores españoles están conectando con las galas? —Yo tampoco he inventado un tipo de gala distinto. La hacemos entre todos y hay muchísimos centros de decisión. Pero creo que hoy en día se ha convertido en un evento cultural de primerísimo interés. Es una de las retransmisiones de TVE con más éxito. En ese sentido, la colaboración con la productora Gestmusic y con TVE ha dado unos resultados muy buenos. Desde mi punto de vista es un formato imposible, porque no se puede controlar a priori y nunca sabes qué va a pasar: quién va a ganar, qué va a decir, cuánto tiempo va a utilizar, la reacción de platea... Hay una serie de cuestiones que resultan impredecibles. —¿Algún año bajará de tres horas? ¿O se quedará cerca al menos? —Yo he propuesto que hagamos una gala en la que digamos que el Goya a la mejor película es tal, incluso que lo decida yo mismo (se ríe). Y terminamos… Creo que eso sería la solución: hacer una 'no gala' (sigue riendo). Lo intentamos, lo de hacerla más corta, por todos los medios y este año hemos establecido unas normas restrictivas casi tiránicas para los recogedores que esperemos que funcionen. —¿Les van a bajar el micrófono o qué les van a hacer? —Les vamos a hacer todo tipo de faenas. Vamos a poner agujeros en el suelo para que se caigan (de nuevo, risas). Bueno, simplemente hemos hecho una campaña interna intentando convencerles de que la gala no es solo su momento, sino que es un evento que se retransmite por televisión para todos los españoles y que no podemos centrarnos en nuestros propios intereses o de los que quieren arreglar el mundo en cinco minutos y los que quieren dedicárselo a sus sobrinos y al fantasma de sus abuelitos. Yo lo llevo muy mal, incluso al margen de mi condición de presidente de la Academia, como espectador. Digo, pero bueno... ¿Cuándo acaba? (risas) Hemos limitado el número de gente que puede entrar a recoger los premios y el tiempo a un minuto máximo y estableceremos sistemas para que los recogedores de los premios sepan qué tiempo están gastando. Y hemos planteado la posibilidad de que en la platea los equipos de cada película no estén todos juntos para evitar los besos y abrazos de las salidas. —Desde 2017 los Goya no pasan por Madrid. ¿No encuentran interés en las instituciones de la ciudad? —Hemos tenido conversaciones, pero finalmente la apuesta de Barcelona ha sido más clara y más segura y era buena idea volver allí 26 años después. El cine que se hace en Cataluña está siendo muy importante para el cine español. A mí me gustaría muchísimo volver a hacerlos en Madrid cuanto antes. No sé si ya, pero volver a Madrid está en nuestra mente. —El Goya de honor es para Gonzalo Suárez, que representa a una generación de cineastas que están fuera ya del circuito. —Sí, por unas y otras razones han quedado fuera. Es una generación muy importante que de alguna manera cambió de un cine protegido, franquista, a un tipo mucho más independiente, más crítico, más creativo. Nos gustaría poder darle el Goya de honor a todos ellos. Fíjate, están Paco Regueiro, Pedro Olea, Emilio Martínez Lázaro, Manuel Gutiérrez Aragón, Jaime Chávarri, Fernando Colomo... Hay dos generaciones prácticamente que han hecho que el cine español sea grande. Entre unos y otros tienen más de cien películas estupendas. Y eso lo reconocemos en Gonzalo Suárez , pero también reconocemos en él una personalidad individual muy fuerte, muy distinta. Gonzalo no es solo un hombre de cine; es un escritor, un novelista, un periodista, un hombre clave en la cultura española de los últimos 50 o 60 años. De todos modos, yo creo que el Goya de Honor no debe ser necesariamente un Goya de despedida de una carrera, sino que reconoce a alguien que tiene una carrera ya suficientemente sólida. Por ejemplo, el año pasado optamos por una actriz todavía muy joven, Aitana Sánchez-Gijón.