Entre el miedo y la recompensa en Venezuela
Han pasado siete semanas desde la captura de Nicolás Maduro por parte del Gobierno norteamericano. Lo ocurrido el 3 de enero representó un parteaguas en la dinámica política venezolana y en la relación entre los dos países. Ese día el juego cambió de manera definitiva y hoy surgen dudas sobre el desenlace de esta historia. En apariencia, una cosa parece ser la política de micrófono y otra distinta lo que en verdad se está tejiendo.
La Casa Blanca, en voz del secretario de Estado, Marco Rubio, ha anunciado tres etapas con respecto a Venezuela: estabilización, recuperación y transición. La primera fase está en pleno proceso. Concretamente, el secretario de Energía, Chris Wright, estuvo en el país caribeño días atrás y posicionó tres mensajes clave: el primero, con respecto a la intención de liberar la economía venezolana y a su pueblo; el segundo tiene que ver con lo electoral, afirmando que celebrar elecciones en diez meses le parecía razonable; y el tercero, que Estados Unidos controlará el dinero que ingrese a Venezuela hasta que existan autoridades legítimas. Así, el eje comunicacional sugiere que sí hay un esfuerzo y una meta trazada para alcanzar una transición hacia la democracia.
Sin embargo, las declaraciones periódicas de Trump sobre el caso venezolano desconciertan. Ha dicho tener una buena relación con Delcy Rodríguez y que existe entendimiento; concretamente, que su relación «es de diez». Adicionalmente, cuando se le ha preguntado por las elecciones, sus respuestas resultan esquivas. No recibió a María Corina Machado como se merecía y ha dejado entrever la inconveniencia de que la líder moral de la oposición venezolana y Edmundo González gobiernen Venezuela en el corto plazo.
¿Existen discrepancias de visión entre los secretarios Rubio y Wright y su jefe, Trump, con respecto al tema venezolano? Probablemente no. La aparente contradicción podría explicarse como parte de una estrategia predefinida. Si el propósito es desmantelar al régimen, la estrategia consiste en presionar para que la contraparte lo haga. ¿Cómo? Mostrando el garrote (castigo) y la zanahoria (recompensa). En otras palabras, la estrategia responde a un desmantelamiento, por ahora consensuado, a partir de infundir, al mismo tiempo, miedo por el castigo y motivación por el premio. Lo primero es evidente y tiene que ver con responder ante la justicia, como lo está haciendo Maduro. Lo segundo, un indulto, un perdón que les permita a los Rodríguez un exilio dorado o la continuación de su carrera política desde la oposición y con antecedentes suprimidos.
Lo ocurrido el 3 de enero fue una sorpresa para muchos. De la misma manera, es probable que 2026 —que apenas comienza— siga ofreciendo eventos inesperados que cimenten las bases de un nuevo porvenir en Venezuela, en compañía de los Estados Unidos, sí, pero, sobre todo, con la aspiración de que el protagonismo lo asuma una nueva clase política venezolana que ya cuenta con el apoyo de la mayoría de los venezolanos.