Los lefebvrianos han puesto al Papa León XIV ante la tramposa dicotomía entre misericordia y justicia. Con una carta fechada este miércoles de ceniza, rechazan la propuesta de Roma de diálogo y se niegan a suspender la ordenación unilateral de nuevos obispos convocada para el 1 de julio , pero solicitan que no se les expulse de la Iglesia católica aunque rechacen ideas fundamentales del Concilio Vaticano II como la libertad religiosa, el ecumenismo o la reforma litúrgica. El grupo tradicionalista, que cuenta con unos 100.000 seguidores, se encuentra en una situación «irregular» desde que en 1988 su líder, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, ordenó cuatro nuevos obispos sin el mandato del Papa Juan Pablo II y desoyendo su prohibición expresa . Automáticamente todos ellos quedaron excomulgados. En 2009, Benedicto XVI levantó unilateralmente la excomunión confiando en la intención del grupo de reconciliarse con Roma, que nunca se verificó. De aquellos cuatro obispos, dos han fallecido y los otros dos tienen 69 y 67 años. Por eso, la Fraternidad de San Pío X, que es como se llama oficialmente este grupo tradicionalista, considera improrrogable ordenar nuevos para asegurar la «continuidad apostólica»: necesitan obispos «suyos», pues ningún otro ordenaría sacerdote a seminaristas tradicionalistas que sólo acepten celebrar misa y administrar sacramentos según la liturgia anterior al Concilio, pero también saben que, si ordenan obispos sin el permiso del Papa, incurren automáticamente en un cisma . Para salir del atolladero, el pasado 12 de febrero, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, les planteó comenzar un diálogo para identificar «los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia Católica» y para «delinear un estatuto canónico de la Fraternidad». A cambio solicitó que se «suspenda» la prevista ordenación de nuevos obispos y le recuerda que si no lo hace se produciría «una ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma) con graves consecuencias para la Fraternidad en su conjunto». Como respuesta, el sacerdote Davide Pagliarini, superior del grupo tradicionalista, plantea a Fernández que esta «amenaza de una posible excomunión» impide que ese diálogo se desarrolle «con libertad». «La mano tendida hacia la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a imponer sanciones », lamenta. Dice que como «esta amenaza ya es pública, crea una presión difícilmente compatible con un auténtico deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo». En cualquier caso, escribe al cardenal que el diálogo no es necesario pues «ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, con especial referencia a las orientaciones fundamentales adoptadas tras el Concilio Vaticano II» y recuerda que no llevaron a nada las conversaciones mantenidas entre 2009 y 2011, que continuaron «esporádicamente» hasta el 6 de junio de 2017, cuando el Vaticano concluyó que para la plena comunión debían reconocer «todo el Concilio y el posconcilio». Concluye que «el único punto en el que podemos encontrarnos es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia». «Esta Fraternidad solo le pide poder seguir haciendo el mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, y mucho menos una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, resulta inviable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia Católica», justifica. Como salida, recuerda que «el Papa Francisco y usted han promovido ampliamente «la escucha» y la comprensión de situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han abogado por un uso del derecho canónico que sea siempre pastoral, flexible y razonable , sin pretender resolverlo todo mediante automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos. La Fraternidad no le pide nada más en este momento, y sobre todo no lo pide para sí misma: lo pide por aquellas almas sobre las que, como ya se ha prometido al Santo Padre, no tiene otra intención que la de convertirlas en verdaderos hijos de la Iglesia Romana». Lo que plantean en la práctica es que el Vaticano consienta la ordenación de estos obispos lefebvrianos , con la finalidad de asegurar la continuidad de sacerdotes que administren sacramentos a católicos que no se reconocen en la doctrina ni en el modo de celebrar la misa posterior al Concilio Vaticano II. Según su planteamiento, estos obispos no tendrían la potestad de gobierno que otorga el Papa, equivalente a la que reconoce a los obispos cuando los pone al frente de una diócesis, y por lo tanto no romperían la comunión con Roma. «Pedimos a la Santa Sede comprensión», resumen ellos mismos. La misiva concluye con una pizca de ironía, pues Pagliarini dice al cardenal Fernández que lo encomienda a la Virgen María bajo el título de «Mediadora de todas las Gracias», título que en noviembre el purpurado había declarado doctrinalmente incorrecto . «No lo tome como una provocación», le pide. Ahora la pelota vuelve al tejado de Roma. Aparentemente, el Papa no podrá jugarse la carta de dejar que pase el tiempo y que éste resuelva los problemas. Según el Derecho Canónico, quienes ordenan obispos sin la autorización del Pontífice quedan automáticamente excomulgados, y la ceremonia está convocada para el 1 de julio. León XIV probablemente dejará pasar unas semanas y buscará mediadores para intentar resolver una cuestión teológica que ni siquiera Benedicto XVI, cercano espiritualmente a la sensibilidad de este sector, consiguió solucionar. El último cisma formal se produjo en julio de 2024, cuando el Vaticano procesó por este delito al arzobispo Carlo María Viganó. Su principal cargo fue la «negativa a reconocer y someterse al Sumo Pontífice, a la comunión con los miembros de la Iglesia que le están sujetos y a reconocer la legitimidad y autoridad magisterial del Concilio Ecuménico Vaticano II». Viganó, que es muy cercano a la sensibilidad de los lefebvrianos, estos días publica fotografías de su actual trabajo como asesor de Mel Gibson en la película «Resurrección» que está rodando en Italia.