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La primera procesión documentada de Sevilla: la diosa Salambona y las gloriosas Justa y Rufina

Abc.es 
Corría el mes de julio del año 287 d.C. y el calor asfixiante de la Bética servía de telón de fondo para un cortejo fúnebre y festivo a la vez: las Adonías. No eran nazarenos ni costaleros quienes avanzaban, sino un «ruidoso tropel» de mujeres que, entre lamentos y danzas, portaban sobre sus hombros la imagen de una diosa oriental, Salambona, la Venus que llora a su amante muerto. Aquella marcha, la primera procesión documentada en la historia de Sevilla, no solo marcaría un hito en la memoria de la ciudad, sino que gestaría la más importante historia martirológica hispalense. Allí, la negativa de dos hermanas cristianas, Justa y Rufina, a participar en la fiesta pagana, desataría una tormenta de tiestos rotos y fe inquebrantable que acabaría por regar con sangre los cimientos de la Iglesia hispalense. Para entender qué ocurrió aquel día tenemos que remontarnos a la Sevilla de finales del siglo III, concretamente al mes de julio del año 287 d.C., bajo el gobierno del emperador Maximiano, quien compartía la púrpura de emperador con Diocleciano. En aquella Hispalis tardorromana, el cristianismo era aún una fuerza emergente pero minoritaria que convivía —a veces con tensión— con las tradiciones oficiales y los cultos importados. Y en el verano sevillano, el culto que mandaba era el de Adonis y Salambona. No era una devoción cualquiera. Salambona (o Salambó) era la versión local de la diosa siria Astarté o de Venus/Afrodita; una divinidad que no se presentaba triunfante, sino desgarrada por el dolor. Lloraba la muerte de su joven amante, Adonis, el dios de la vegetación que moría trágicamente herido por un jabalí para luego resucitar, simbolizando el ciclo agrario que se agosta bajo el calor y renace después. La procesión pagana que recorría las calles era el clímax de las Adonías. Las fuentes describen un ambiente que mezclaba el luto y la euforia. Un «ruidoso tropel» de mujeres, a las que algunos textos llaman «aves nocturnas» por las vigilias que realizaban, tomaba la ciudad. No imaginemos un cortejo ordenado de silencio y ruan; era una marcha vibrante de danzas, cánticos y lamentos rituales protagonizados por las «plañideras». Sobre sus hombros, en unas andas que prefiguran nuestros pasos procesionales, cargaban el ídolo de la diosa: la imagen de la Venus que llora. Pero el ritual tenía una exigencia material que sería fatal para nuestras protagonistas: los «jardines de Adonis». Para honrar al dios efímero, las devotas plantaban semillas de trigo, cebada o hinojo en macetas y recipientes rotos. Estas plantas brotaban a toda velocidad y morían igual de rápido abrasadas por el sol de julio, representando la brevedad de la vida de Adonis. Por eso la procesión no solo paseaba a la diosa, sino que pedía. Las plañideras recorrían el mercado exigiendo a los comerciantes limosnas y, sobre todo, vasijas de barro para confeccionar esos jardines fúnebres. Fue esa necesidad de barro la que guió sus pasos hasta el puestecillo de dos hermanas alfareras y cristianas que, ajenas a la fiesta, se afanaban en su negocio de alfarería. Para reconstruir el trágico episodio debemos acudir a la fuente más antigua que conservamos: el Pasionario hispánico. Este libro litúrgico, redactado entre finales del siglo VI y principios del VII, recoge la «passio» de las santas con un estilo sobrio que, según los expertos, bebe directamente de actas o testimonios oculares muy cercanos a los hechos. Según esta crónica, que recoge la tradición oral o las actas primitivas, el destino de la procesión y el de las dos hermanas se cruzó fatalmente en el mercado de Hispalis, probablemente cerca del foro de la ciudad. Justa y Rufina, cristianas en una ciudad que respiraba paganismo y que habían quedado huérfanas de padre por ser éste cristiano, tenían su puesto de alfarería desplegado. Allí vendían lo que sus manos fabricaban: arcilla cocida, modesta y utilitaria, y figurillas de barro; el sustento de una vida sencilla. Pero aquel día de julio, un episodio trágico estaba a punto de suceder. Cuando el cortejo de Salambona llegó a su altura, la música y el baile se detuvieron. Las devotas, exaltadas por los vapores de la fiesta, exigieron a las alfareras una contribución. Según el texto del Pasionario, les pidieron «algún beneficio» (aliquid beneficium), que la tradición ha interpretado concretamente como vasijas o macetas para sembrar esos «jardines de Adonis» que debían florecer y morir en honor al amante de la diosa. Para los paganos era una petición ritual; para Justa y Rufina, entregar el fruto de su trabajo para un culto idólatra era una traición inaceptable a su fe. La negativa de las hermanas no fue discreta. Las actas ponen en su boca una provocación directa, un desafío a viva voz en medio del foro: «Nosotras adoramos a Dios y no a un ídolo hecho a mano», les espetaron, denunciando que aquella figura que cargaban no tenía ojos para ver, ni manos para tocar, ni pies para andar. Que lo que ellas adoraban con tanto fervor no era más que materia muerta. Aquellas palabras fueron la chispa en el polvorín. El relato hagiográfico describe que, entonces, «aquel que se ocultaba bajo la figura del Diablo» —refiriéndose al portador del ídolo o a una fuerza demoníaca latente en la turba— se lanzó contra el puesto. El sonido del barro rompiéndose llenó la plaza: los cacharros de Justa y Rufina, su medio de vida, fueron hechos añicos y esparcidos por el suelo en un acto de violencia ciega. La respuesta de las hermanas selló su destino. Lejos de amedrentarse, las alfareras empujaron el ídolo de barro. Lograron lo impensable: la imagen de la diosa Salambona, la Venus siria, se precipitó contra el suelo y se quebró en pedazos, rota y humillada igual que sus humildes vasijas. El sacrilegio era flagrante. El gobernador Diogeniano, informado del tumulto, ordenó su detención inmediata. La fiesta había terminado; las hermanas fueron apresadas allí mismo para ser conducidas a la cárcel, dando inicio a su calvario. El Pasionario hispánico nos narra cómo el prefecto Diogeniano, encarnación del poder imperial humillado, decidió que la muerte rápida era poco castigo. Las hermanas fueron encerradas en una oscura mazmorra donde comenzó una tortura sistemática destinada a que renegaran de su fe. La passio detalla el uso del potro y los garfios de hierro para desgarrar sus carnes, mientras el hambre y la sed intentaban quebrantar su espíritu. La memoria de este cautiverio ha quedado grabada en el callejero y toponimia de la ciudad. La tradición sevillana sitúa ese lugar de confinamiento en las llamadas «Sagradas Cárceles», ubicadas en los sótanos del actual santuario de María Auxiliadora, en el colegio de los Salesianos de la Trinidad. Allí se venera la prisión donde, según la leyenda y las crónicas, ocurrieron los hechos más dramáticos del encierro. El suplicio no se limitó a los muros de la prisión. Diogeniano, quizás obligado a continuar con los ritos de las Adonías en el campo o por asuntos administrativos, partió hacia lo que el texto llama los «Montes Marianos» (Sierra Morena). En un acto de crueldad refinada, obligó a Justa y Rufina a seguir su comitiva a pie y descalzas. Imaginemos la escena: el gobernador en su carruaje y las dos mujeres, debilitadas por el tormento, caminando sobre las piedras y abrojos de los caminos béticos, dejando un rastro de sangre que los hagiógrafos interpretaron como un triunfo moral. El desenlace fue escalonado. Justa, exhausta, entregó su alma en la prisión. Para evitar que los cristianos veneraran su cuerpo, el gobernador ordenó arrojarlo a un pozo cercano extramuros de la ciudad. Fue el obispo Sabino —figura histórica atestiguada en el Concilio de Elvira— quien logró rescatarlo para darle sepultura en un cementerio cercano, un lugar que la toponimia sevillana ha conservado bajo el nombre de Prado de Santa Justa. Rufina quedó sola. Ante su negativa a claudicar, el gobernador decretó su ejecución final en el anfiteatro. Allí se produjo el episodio que el arte ha inmortalizado, como en el lienzo de Goya: soltaron un león para que la devorara, pero la bestia, mansa, se limitó a lamerle los pies o a jugar con sus ropas. Enfurecido ante el fracaso del espectáculo, Diogeniano ordenó que la degollaran o le quebraran el cuello allí mismo y que su cuerpo fuera quemado en una hoguera para borrar todo rastro. Sin embargo, nuevamente el obispo Sabino recogió sus cenizas para enterrarlas junto a su hermana, sellando así el destino de las patronas de la ciudad. Todo podría haber acabado ahí, entre las cenizas del anfiteatro y el lodo del pozo. Sin embargo, la memoria de las hermanas sobrevivió gracias a la audacia de un hombre: el obispo Sabino. Fue él quien, amparado por la oscuridad, logró recuperar el cuerpo de Justa del pozo y reunir los restos de Rufina para darles sepultura en un lugar aún no hallado de la ciudad, sembrando la semilla de una devoción que transformaría la ciudad. Aquel gesto clandestino convirtió a las alfareras en el pilar sobre el que se levantó la Iglesia hispalense. Su fama creció tanto que siglos más tarde, en 1063, protagonizaron un curioso episodio diplomático. El rey Fernando I de León envió una embajada a la taifa de Sevilla para reclamar el cuerpo de Santa Justa y llevárselo al norte. Al no encontrarlo, el rey de la taifa de Sevilla, Al-Mutádid -padre del rey poeta Al-Mu'tamid- para no desairar a los cristianos, ofreció a cambio los restos de San Isidoro de Sevilla. Así, por un giro del destino, los restos del gran sabio visigodo marcharon a León -donde aún reposan- y las alfareras se quedaron para siempre en algún lugar aún hoy no identificado de su tierra, como si la propia ciudad se hubiera negado ni a encontrarlas ni a dejarlas partir. Tras la conquista cristiana, su memoria perduró y es que en la zona de su encierro y martirio se mandó erigir una ermita, luego ocupada por los Capuchinos, consagrando el suelo que había sido testigo de su martirio. Pero la imagen que todos los sevillanos tienen grabada en la retina nació mucho después, en 1504. Cuenta la tradición que, durante un terrible terremoto (con epicentro en Los Alcores) que sacudió la ciudad, las hermanas bajaron del cielo para abrazar la Giralda y evitar que se desplomara. Desde entonces, el arte las ha retratado no solo con las palmas y los cacharros de barro de su oficio, sino flanqueando y sosteniendo la Giralda, como en el famoso cuadro de Murillo para precisamente el Convento de los Capuchinos. Hoy, Justa y Rufina son mucho más que un recuerdo romano. Son las patronas de los alfareros y las protectoras de la Giralda. Su presencia en la procesión del Corpus Christi y en retablos cerámicos por toda la ciudad nos recuerda que, antes de las grandes cofradías, la fe de Sevilla se forjó en un humilde taller de Triana, entre el barro y la valentía de dos mujeres que se atrevieron a decir «no». La memoria de Justa y Rufina nos deja una lección fascinante: Sevilla fue una ciudad procesional mucho antes de ser cofrade. Siglos antes de que el primer nazareno pisara la carrera oficial, las calles de Hispalis ya sabían lo que era paralizarse al paso de una imagen. Aquel «ruidoso tropel» que seguía a la diosa Salambona bajo el sol de julio nos recuerda que la necesidad de sacar lo sagrado a la calle, de hacerlo público y tangible, estaba inscrita en el carácter de la ciudad desde sus orígenes romanos. Pero entre el estruendo de aquellas Adonías paganas, ya ardía silenciosa la llama de una nueva fe. No era una anécdota cualquiera; la presencia del obispo Sabino en el Concilio de Elvira, apenas una década después del martirio de las alfareras, confirma que la Iglesia hispalense estaba ya perfectamente organizada y jerarquizada a finales del siglo III. Sobre los añicos de aquel ídolo roto y la sangre derramada en el anfiteatro, se cimentaba una identidad espiritual que aún existe. Sevilla cambiaría con el tiempo a Adonis por el Cristo, a Minerva o Salambona por la Virgen María, pero el escenario sigue siendo el mismo: una ciudad antigua que siempre necesitó sacar a sus dioses a pie de calle para hacerlos suyos.

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