Franz Kafka, escritor modernista: “Quien conserva esta bella capacidad nunca envejece”
Envejecer es inevitable; perder la frescura interior, no necesariamente. A lo largo de la historia, muchos pensadores han reflexionado sobre esa diferencia entre el tiempo que marca el calendario y el que se instala en el ánimo. En el caso de Franz Kafka, esa distancia se convierte en una metáfora literaria y existencial: la juventud no depende de los años vividos, sino de la capacidad de percibir el mundo con intensidad.
Se atribuye al escritor la frase: “La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Quien conserva la capacidad de ver la belleza nunca envejece”. Aunque la cita fue recogida por su interlocutor Gustav Janouch en un libro de conversaciones publicado años después de la muerte del autor, la idea encaja con la sensibilidad kafkiana. En sus diarios (1910-1923), editados póstumamente por su amigo Max Brod, aparecen reflexiones sobre instantes en los que la realidad parece revelarse con una luz nueva, como si el mundo recuperara un brillo casi infantil.
Juventud como actitud: ¿qué significa la cita atribuida a Kafka?
En la obra de Franz Kafka, el envejecimiento no se limita a un proceso biológico. A menudo funciona como símbolo de desgaste interior: la pérdida de imaginación, la renuncia a la libertad íntima o el abandono de la capacidad de asombro. Frente a ello, conservar la mirada abierta equivale a preservar una forma de vitalidad.
Esta interpretación conecta con una tradición filosófica más amplia. Aristóteles sostenía en la Metafísica que el ser humano comienza a filosofar movido por el asombro. Sin esa disposición a sorprenderse, el pensamiento se marchita. Desde esta perspectiva, “ver belleza” no significa simplemente apreciar lo agradable, sino mantener activa la atención hacia lo significativo.
La psicología contemporánea ofrece un lenguaje distinto, pero apunta en la misma dirección. Investigaciones sobre la emoción del asombro, como las desarrolladas por Dacher Keltner en la Universidad de California, muestran que estas experiencias amplían la percepción, reducen el egocentrismo y fortalecen el bienestar. Del mismo modo, la psicología positiva ha estudiado el llamado savoring, es decir, la capacidad de saborear conscientemente los momentos agradables. Estas habilidades atencionales pueden entrenarse y están asociadas a mayor satisfacción vital.
Según diversos estudios revisados por la Organización Mundial de la Salud, la participación en actividades artísticas como la música, lectura, teatro o artes visuales se relaciona con beneficios en salud mental y bienestar general. No se trata de una promesa estética, sino de un efecto medible: cultivar experiencias significativas protege frente al desgaste emocional.
La frase atribuida a Kafka funciona como advertencia. Lo que envejece por dentro no son los años, sino la repetición sin conciencia, el automatismo, la pérdida de curiosidad. Cuando cada jornada se vive como copia de la anterior, la vitalidad se reduce. En cambio, mantener la capacidad de advertir matices: un cambio de luz, una conversación inesperada, un detalle inadvertido reactiva la experiencia.
Un escritor marcado por la fragilidad
La biografía de Kafka añade matices a esta reflexión. Nació en 1883 en Praga, entonces parte del Imperio austrohúngaro, en el seno de una familia judía de habla alemana. Estudió Derecho y trabajó durante años en una compañía de seguros, mientras escribía en silencio relatos y novelas que apenas publicó en vida. Obras como La metamorfosis, El proceso o El castillo lo situarían después como una figura central del modernismo literario.
Su relación conflictiva con la autoridad paterna, su frágil salud (murió en 1924 a causa de tuberculosis), y su constante autoexigencia marcaron su escritura. Lejos de cualquier optimismo ingenuo, su literatura explora la angustia, la culpa y la sensación de extrañamiento. Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad aparece una insistencia en la lucidez: mirar el mundo con intensidad, incluso cuando resulta incomprensible.
Quizá ahí radique el sentido profundo de la frase sobre la que se centra este artículo. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de elegir cómo habitarlo. Para Kafka, conservar la capacidad de ver belleza (o de asombrarse ante lo real) es una forma de resistencia íntima.