El negocio “religioso” de las niñas-trofeo, por Eliana Carlín
Milagros Jáuregui de Aguayo es pastora evangélica, co-fundadora de un negocio religioso y congresista de Renovación Popular. Ha hecho carrera legislando contra los derechos de las mujeres, contra las minorías y, sobre todo, contra las niñas. Pero también es propietaria del Centro de Acogida Residencial “La Casa del Padre”, donde llegan menores víctimas de violación, muchas de ellas entre 10 y 13 años. Estas niñas, cuyas vidas corren grave riesgo al no estar listas para dar a luz, no acceden al aborto terapéutico y son forzadas a ser madres como consecuencia de la peor de las violencias.
Y ahí está el horror: en vez de protegerlas, una vez que son madres contra su voluntad, las exhibe. Las pone delante de las cámaras con sus bebés en brazos. Las convierte en trofeos de Facebook. Lo que hace ella es revictimizarlas públicamente, usar su dolor como propaganda. ¿Con qué objetivo?, ¿le sirve eso para obtener financiamiento?, ¿quiénes la financian? Si lo hace el Estado sería solo la evidencia de la violencia estructural contra las niñas.
Las cifras son brutales. Solo en 2025, los Centros de Emergencia Mujer atendieron 21.609 casos de violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes. Y todos sabemos que la cifra real es mucho mayor: miedo, vergüenza y desconfianza en la justicia hacen que miles de casos nunca se denuncien. Incluso en su propio partido, Renovación Popular, varios miembros han corrido a desmarcarse de las fotos y de la gestión del albergue. ¿Honestidad o puro cálculo electoral ante el repudio masivo? Nadie les cree ya.
Este es un patrón. El congresista José Balcázar dijo, sin sonrojarse, que “las relaciones sexuales tempranas ayudan al futuro psicológico de la mujer”. El exministro de Educación Morgan Quero calificó los cientos de violaciones a niñas awajún y wampís en Condorcanqui como “una práctica cultural”. Así normalizan lo imperdonable. Así relativizan la violación de niñas. Así demuestran, una y otra vez, que en este país la dignidad de una menor vale menos que nada.
En plena campaña electoral, la pregunta es una sola y no admite matices: ¿Los candidatos a la Presidencia y al Congreso están dispuestos a decir, sin excusas culturales ni religiosas, que la violencia sexual contra niñas y adolescentes se persigue, se castiga y se erradica con tolerancia cero? Si no pueden responder eso con claridad y sin peros, no merecen ni un solo voto. Porque ahí donde no se protege a las niñas, la promesa de ciudadanía queda vacía.