Crónica de una osadía en el Presidio Modelo
NUEVA GERONA, Isla de la Juventud. — El 12 de febrero de 1954, el dictador Fulgencio Batista llegó al Presidio Modelo con la intención de inaugurar una planta eléctrica. No imaginaba que aquel acto protocolar se transformaría en un episodio de desafío y memoria.
Tras los muros del reclusorio, donde cumplían condena los jóvenes asaltantes al cuartel Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en julio de 1953, se gestaba una respuesta inesperada.
Fidel Castro, atento a los movimientos inusuales de los soldados, pidió a Juan Almeida vigilar el patio. El despliegue de seguridad confirmaba la visita del tirano. Entonces, los prisioneros decidieron ofrecerle una bienvenida distinta: entonar el Himno de la libertad, compuesto por Agustín Díaz Cartaya apenas tres días antes de la acción del 26 de julio.
Las notas comenzaron a surgir como ráfagas desde las celdas, creciendo en fuerza hasta convertirse en un coro desafiante, y tras el desconcierto inicial de Batista, se tornó en furia. “¡Los mato, los mato!”, rugió, antes de abandonar el lugar, incapaz de acallar aquella música que se transformaba, desde entonces, en símbolo.
Los esbirros intentaron sofocar la osadía. “Pistolita”, uno de los más temidos guardianes, golpeaba puertas y amenazaba represalias, pero los jóvenes no cedieron, ya la canción, que más tarde sería conocida como la Marcha del 26 de Julio, ya había sembrado su semilla en cada corazón rebelde.
Ese acto de resistencia, nacido en la prisión de la entonces Isla de Pinos, trascendió como un gesto de dignidad colectiva y en aquellas ocasión, no fue solo un canto: fue la afirmación de que ni las rejas ni la violencia podían apagar la voz de quienes soñaban con la libertad de Cuba.
Cada 12 de febrero, es fecha en Isla de la Juventud de celebración y reafirmación de compromisos, de afianzamiento de la historia y proyecciones hacia el futuro.