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El fin del orden internacional

Las relaciones entre Estados se han movido siempre entre el choque de intereses nacionales y la búsqueda de algún conjunto de normas e instituciones que puedan regular los conflictos de un modo pacífico. Desde la Paz de Westfalia al nacimiento de las Naciones Unidas, se ha buscado generar orden en medio del desorden. La última gran intervención americana, la de Afganistán, se hizo apelando al artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas que justifica el derecho a la legítima defensa.

En estos momentos, la política exterior americana ha cambiado radicalmente su retórica de justificación. Ya no habla de defensa de la democracia o de los derechos humanos. Apela a su propia legalidad interna. La política internacional como extensión de su política interior. Este desplazamiento es crucial; revela que la potencia que interviene no actúa invocando la existencia de un orden internacional superior (jurídico o moral), sino precisamente asumiendo su inexistencia práctica. Así se llega a hundir barcos y a secuestrar a un presidente en ejercicio, por muy usurpador que sea.

En los casos de Venezuela, Gaza o Ucrania, la apelación a la lucha contra el tráfico de drogas, el control de los recursos naturales o la futura reconstrucción tras la guerra, han funcionado más como una justificación interna ante su opinión pública que como verdadero motor de las actuaciones. No se ofrece al pueblo norteamericano una justificación basada en el derecho internacional o la moral, sino en que América es lo primero. Lo relevante es que reivindica de forma descarnada y amoral su capacidad de hacerse con el control de los recursos de otras naciones y de intervenir en ellos para hacer cumplir sus leyes, no las del derecho internacional. Y con ello se muestra la disposición a ejercer la fuerza sin más límites que los que los EE UU se impongan.

En este contexto se certifica lo que ya era una evidencia: la muerte práctica de la ONU, que ya ni siquiera vale como justificación retórica de la acción internacional. La apelación a ella de Xi Jinping para defender a Maduro demuestra que aún conserva cierta auctoritas, pero es meramente cosmética. Y con su impotencia decae también el conjunto de instituciones internacionales que pretendían generar orden y mediar en los conflictos. No menos tocada ha quedado la Organización Mundial del Comercio con la política de aranceles de Trump.

Podría objetarse que el derecho internacional ha tenido momentos de protagonismo efectivo en el mundo contemporáneo: misiones de paz de Naciones Unidas, tribunales penales internacionales ad hoc, regímenes de sanciones multilaterales o intervenciones avaladas por resoluciones del Consejo de Seguridad. Sin embargo, estos episodios no constituyen verdaderas excepciones, sino confirmaciones del mismo principio: allí donde el derecho internacional pareció actuar con eficacia, lo hizo siempre apoyado en la voluntad, los recursos y la fuerza de Estados concretos. La ONU no decidió; fue utilizada como marco de legitimación, coordinación o cobertura normativa de decisiones previamente adoptadas en otro lugar.

Por lo demás, el patrón de conducta descrito no es exclusivo de EE UU; al contrario, se inscribe en una reconfiguración más amplia del tablero internacional que puede comprenderse a partir del concepto de grandes espacios formulado por Carl Schmitt. No asistimos a un retorno de los imperios coloniales clásicos, ni a una simple reedición de la lógica bipolar de la Guerra Fría. Lo que emerge es una constelación de super-Estados que articulan amplios espacios de influencia, con relaciones pluriformes con los Estados que orbitan en torno a ellos.

En concreto, tres grandes configuraciones estructuran hoy el orden global: EE UU, China y Rusia. No se trata de imperios en sentido estricto: las relaciones que establecen con los Estados de sus respectivos espacios no son uniformemente coloniales, ni se basan siempre en la coerción directa. Existen grados variables de dependencia, integración voluntaria, intercambio económico, protección militar o alineamiento estratégico. Pero en todos los casos se reproduce la misma lógica: la producción de orden desde una instancia política capaz de decidir.

China previsiblemente hará algo análogo con Taiwán; Rusia lo está haciendo ya con Ucrania; Bielorrusia se integró voluntariamente en la órbita rusa; los Estados de Asia Central se mueven en un campo de influencias compartidas entre Moscú y Pekín, por no hablar de la lucha silenciosa que se está dando en África entre estas grandes potencias. La diversidad de casos no debe ocultar la homología estructural: en ausencia de una institución política universal, el orden se produce a escala de grandes espacios.

Desde esta perspectiva, los casos de Groenlandia o Venezuela y las inconsistencias de EE UU en Ucrania no son hechos excepcionales, sino piezas de un proceso sistémico. La violación del derecho internacional certifica su inexistencia efectiva como orden autónomo y políticamente eficaz. El Leviatán global no existe; lo que existen son Leviatanes regionales. En este contexto, el silencio –o la irrelevancia– de Europa resulta especialmente elocuente. El continente que durante siglos exportó al mundo la forma Estado, el derecho y la idea misma de soberanía política, ha optado progresivamente por retirarse de la lógica amigo-enemigo que define lo político en sentido fuerte. Su destino parece ser el de una super-Suiza: un espacio altamente normativizado, próspero, retóricamente universalista, pero políticamente dependiente. Renunciar a la producción de orden implica, inevitablemente, depender del orden producido por otros. La neutralidad no es una posición fuera del sistema; es una posición dentro de él que conlleva el estar sostenida por la protección de algún super-Estado. Hasta ahora Europa contaba con la alianza estratégica de los EE UU; parece que ya no puede contar con ella y se encuentra amenazada en su propio territorio: tanto la paz en Ucrania como el destino de Groenlandia se deciden en Washington.

¿Todo ello es necesariamente malo? No lo sabemos. Lo que es seguro es que es preocupante. En un mundo multipolar, en el que juegan grandes potencias como China y Rusia y potencias menores cada vez más relevantes, como India, Turquía o Brasil, quizás siga siendo preferible unos EE UU fuertes que decadentes o en retirada. No por una superioridad moral intrínseca, sino por razones históricas bien conocidas: su tradición constitucional, su arraigo –imperfecto pero real– en el liberalismo ilustrado, su centralidad en la genealogía contemporánea de los derechos humanos. Esta preferencia no es utópica ni ingenua; es trágica. No se elige al Leviatán porque sea bueno, sino porque es necesario y porque algunos son menos incompatibles que otros con el horizonte normativo que decimos querer preservar. En un mundo sin institución política universal, la elección no es entre pureza moral y realismo cínico, sino entre distintos productores de orden.

Cuando el orden está amenazado o desaparece, la pregunta decisiva deja de ser qué es justo y pasa a ser quién puede decidir. No porque la justicia haya dejado de importar, sino porque sin orden no hay espacio siquiera para plantearla. Ucrania, Gaza, Groenlandia o Venezuela son síntomas y factor de todo ello. Un espejo incómodo, pero revelador, de la anomia en la que se mueve hoy el mundo.

*Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón son filósofos. Su último libro conjunto es «Sexo, cuerpo, boxeo», un alegato contra la izquierda reaccionaria (Verbum, 2022).

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