¿Y si dejáramos de contratar cargos y empezáramos a contratar capacidades?
Conocí a un director comercial cuya formación original era Ingeniería de Sistemas. Ejerció su profesión durante varios años, cumpliendo con lo que se esperaba de él y con lo que su título indicaba. Sin embargo, en algún punto, alguien vio algo más: una capacidad natural para leer el negocio, conectar con clientes y liderar equipos de alto desempeño comercial. Ese “algo” no figuraba en su currículum académico, pero sí en su manera de pensar y actuar. Hoy dirige el área de ventas de una empresa industrial, con resultados sobresalientes.
Historias como esta abren una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿a cuántos profesionales les apasiona realmente lo que hacen? ¿Cuántos, aun siendo exitosos, siguen pensando que quizá debieron haber sido otra cosa? Durante años hemos asociado realización profesional con el cargo correcto o la carrera adecuada, cuando en realidad el compromiso profundo aparece cuando las personas logran conectar lo que hacen con aquello que les da sentido.
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Desde la gestión estratégica de recursos humanos, tengo claridad de que nuestra responsabilidad va mucho más allá de administrar puestos o validar perfiles. Nuestro verdadero desafío es mirar más profundo, detectar capacidades que no siempre están a la vista y convertirnos en puente entre las personas y ese propósito donde pueden desplegar su mejor versión. Cuando ese encuentro ocurre, no solo se transforma la trayectoria del profesional: los resultados para las empresas se potencian de manera evidente y sostenible.
Por eso, más que seguir preguntándonos a quién contratar para un cargo, deberíamos empezar a preguntarnos qué capacidades necesitamos desarrollar y a qué personas podemos ayudar a llegar al lugar donde realmente puedan brillar. Para lograr este cambio, la gestión de recursos humanos debe atreverse a hacer tres cosas fundamentales.
Primero, dejar de mirar solo la trayectoria profesional y empezar a observar comportamientos: cómo piensa una persona, cómo aprende, cómo resuelve problemas y qué la moviliza. Las capacidades reales suelen revelarse más en la práctica que en los títulos.
Segundo, construir conversaciones de desarrollo genuinas. Preguntar, escuchar y acompañar a las personas en la exploración de su propio potencial permite descubrir talentos que muchas veces ni ellas mismas sabían que tenían. El crecimiento no siempre es vertical, a veces es un giro inesperado.
Y tercero, crear organizaciones que permitan el movimiento. Espacios donde cambiar de rol no sea visto como fracaso, sino como evolución. Cuando las empresas habilitan trayectorias flexibles y confían en las capacidades de su gente, el talento deja de estancarse y comienza a multiplicar su impacto.
Tal vez el verdadero desafío de las organizaciones hoy no sea atraer talento, sino saber verlo. Dejar de encasillar personas en cargos y empezar a confiar en sus capacidades es una decisión que exige mirada estratégica y liderazgo humano. Cuando las empresas se animan a conectar a las personas con aquello que realmente las moviliza, no solo construyen mejores equipos: construyen resultados más sólidos, sostenibles y con sentido. Esta conversación no es individual ni aislada. Desde CAINCO promovemos una mirada empresarial que entiende al talento como un activo vivo, diverso y en permanente desarrollo, clave para la adaptación, la competitividad y el crecimiento sostenible de las empresas.
(*) Stephanie Escobar es subgerente de Recursos Humanos de Cainco
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