William González Guevara, el poeta que huyó de las pandillas: "La gente se juega la vida por mi poemario"
William González Guevara (2000) insiste en que él es un chico «normal» de Carabanchel. Pero no es normal que, antes de cumplir diez años, un chaval haya visto cómo le revientan la cabeza a un niño con un adoquín hasta la muerte. Ni estar en contacto con armas desde bien pequeño: «Conozco bien las hechizas, las caseras, que también matan». Como tampoco lo es, y más nos gustaría, que un crío que está aprendiendo a leer se asome al mundo a través de «una pequeña estantería» –recuerda– repleta de antologías poéticas y otros libros de los grandes exponentes de la literatura nicaragüense: Rubén Darío, Ernesto Cardenal, Daisy Zamora... «Y aunque no las entendía, eran mi refugio. Los libros me lo han dado todo. Mi infancia no se rompió gracias a ellos», sentencia el poeta.
Esa es la vida que le tocó vivir a González Guevara antes de llegar a España con once años. Su madre, entonces administrativa de una gran empresa y con «un buen sueldo en dólares» –señala–, entendió que cruzar el charco para ponerse a fregar suelos era la única opción para que su hijo se alejara por completo de la violencia que respiraban en Nicaragua.
Y es que, si en casa de los Guevara existía ese maná repleto de poemarios, enfrente, en la rama familiar de los González, campaban a sus anchas Los Sumi, la pandilla fundada por sus primos en la que la violencia era el menú para desayunar, comer y cenar: «Recuerdo escenas macabras, asesinatos, balaceras, redadas antinarcóticas, policías encapuchados llegando al casoplón de mis primos...». Eso sí, pese a la «dureza», sostiene, «era muy feliz dentro de la violencia en la que vivía; la habíamos normalizado».
Pese a la "dureza", sostiene el poeta, "era muy feliz dentro de la violencia en la que vivía; la habíamos normalizado"
El también filólogo hispánico y periodista iba para pandillero. «Estaba destinado a ser un sumi más», dice, sin embargo, Forbes lo ha destacado como una de las grandes promesas del mundo poético de Centroamérica. «Jamás hubiera imaginado que me pagarían un hotel en Times Square para ir a recitar tres poemas... Impensable. Soy un chaval normal de Carabanchel –indica–. Por la noche me tomo un kebab con los colegas y hablamos de fútbol, de Mbappé». Como nicaragüense, se quita importancia porque allí, presume, la poesía «es el deporte nacional»: «Nuestro petróleo es Rubén Darío, que trajo el Modernismo».
"Tienes que leer"
Para González Guevara el «ADN poético» lo lleva dentro por tradición nacional y persistencia familiar –«tienes que leer», la repetían machaconamente los Guevara (madre, abuela, tíos...)–, pero el gen se potenció todavía más cuando aquel adolescente deshizo las maletas en Carabanchel: «Venía con todo el respeto a Rubén Darío y aquí me encuentro con Lorca, Alberti, el resto de la Generación del 27, Garcilaso, Quevedo, todo el Siglo de Oro... Te nutres de la mejor literatura».
Solo así entendió que «la poesía es respeto a la tradición. Tú no puedes escribir un poema si no has leído a Quevedo, Góngora o Rubén Darío», añade. Él lo ha hecho desde pequeño y eso ya no sale de su cuerpo. Recita de memoria «Campoamor»: «Este del cabello cano,/ como la piel del armiño,/ juntó su candor de niño/ con su experiencia de anciano;/ cuando se tiene en la mano/ un libro de tal varón,/ abeja es cada expresión/ que, volando del papel,/ deja en los labios la miel/ y pica en el corazón». «Insisto», se detiene: «Hay que leer aunque no se entienda, ya habrá tiempo. Te quedas con el ritmo y la musicalidad. Ese fue mi caso. Somos lectores antes que escritores». Ahora saca pecho con su nueva obra, merecedora del Premio ESPASAesPOESÍA, «Cara de crimen», pero no solo: «Creo en mi poesía, en esta y en la anterior de “Los nadies”, “Inmigrantes de segunda”, “Me duele respirar” y “Esta será mi venganza”», enumera.
"El desamor no vende un carajo. Al parecer eso solo funciona en las redes sociales"
Tras hablar de las enfermedades del corazón en su anterior título, el poeta vuelve a lo que dice que le pide su público: «El desamor no vende un carajo. Al parecer eso solo funciona en las redes sociales. Y me da rabia porque yo escribí desde el dolor y me decían que me había “amariconado”. Parece que te encasillan y lo que querían era esto: violencia».
El poeta saltó de la pobreza tercermundista de Nicaragua a otra «camuflada y marginal», cuenta quien afirma «jugar en los márgenes». «Pese a estar de moda, Carabanchel también tiene lo suyo. Culturalmente hemos pasado de ser los apestosos a estar llenos de galerías de arte. Y yo me encontré con un barrio multicultural y acogedor en el que me llamaba la atención el Alto de San Isidro, una zona marginal con muchos narcopisos; y es ahí donde nace mi primer poemario».
"Nuestro petróleo es Rubén Darío, que trajo el Modernismo"
En «Cara de crimen», el autor recoge lo más duro de esa Centroamérica que dejó atrás de la mano de su madre: «Me sirvió para volver a la mirada del niño, pero también para meterme en una selva de Guatemala, Honduras o El Salvador». Fue allí donde entrevistó a más de una treintena de pandilleros «para entender qué hay en sus cabezas». Aun así, no llegó a comprenderlos –«la mente de un asesino es complicada»–, «pero sí vi que todas sus infancias estuvieron rotas». Es consciente de que la suya estuvo cerca de ser igual. Aunque salió cara. «La luz cultural en casa de los Guevara era bastante importante», persiste.
Un libro que vale una vida
Adonde no puede regresar el autor es a su país. «Estoy vetado» por el régimen de Ortega. Sus libros están prohibidos; y por ello explica con una mezcla de orgullo y sorpresa cómo hace semanas unos conocidos suyos «lo contrabandearon y lo metieron en el país. De película», comenta de un acto que en Nicaragua está penado con «tortura y muerte», señala. En mitad de la violencia de las maras y las pandillas juveniles, una obra, su obra, «Cara de crimen», se convierte en un arma; y sus versos, en balas. «En Nicaragua, un poema o una canción protesta puede hacer más daño que una puñetera manifestación. ¿Por qué? Porque los jóvenes hacen muchísimo caso a los escritores porque han nacido con el precedente familiar de la Revolución sandinista, de cuando Ernesto Cardenal, sacerdote y místico, utilizaba los epigramas para alfabetizar y luchar contra el dictador». El joven poeta se sabe heredero de ese mismo espíritu y recoge con gusto el ser un «altavoz» contra los actuales dirigentes del país. «Cómo no voy a estar comprometido si tengo a gente que se está jugando la vida por mi poemario».
"Cómo no voy a estar comprometido si tengo a gente que se está jugando la vida por mi poemario"
Aun así, advierte: «No soy un poeta exiliado. Yo me fui empujado por mi madre para progresar y ahora no puedo entrar, pero mi salida no tiene nada que ver con la de Sergio Ramírez o Gioconda Belli». Y con eso bien interiorizado, William González Guevara se cogió el petate y regresó a Centroamérica para retratar la realidad de la región. Ignorando los avisos de su madre, se puso frente a decenas de asesinos en mitad de la nada. «Ellos mismos me decían “te puedo pegar dos tiros y no se entera nadie”. Y tenían razón. Apoyaban la pistola en la mesa a la altura de mi corazón. Me hubieran comido los gusanos en mitad de la selva. Estábamos él, yo... y dos tíos armados detrás de mí. Pero esas miradas yo ya las conocía, quería ver qué había detrás de esa gente. Y por supuesto que no soy un superhombre, tenía miedo, pero era algo pendiente desde que era niño», explica sobre una obra que intercala los testimonios literales de los entrevistados con sus propios ripios en una suerte de poemario-reportaje. «Este libro es la contraposición del chaval en el que me podía haber convertido».
- «Cara de crimen» (Espasa), de William González Guevara, 88 páginas, 15,90 euros.