Un constructor alemán cuyo legado todavía embellece nuestras ciudades: Conozca su obra, de San José a Heredia
El 12 de mayo 1852, una nota aparecida en la Gaceta señalaba: “Hemos visto hoy, y recomendamos a las personas de gusto, el plano que el señor Kurtze, arquitecto e ingeniero alemán, ha proyectado para la nueva iglesia que se piensa edificar con el destino de Santo Calvario.
“Sería de desear que personas de poder y representación, se empeñaran en reunir los fondos necesarios para llevar a cabo esa obra, que, fabricada conforme al plano mencionado nada dejaría que desear, adornaría nuestra capital y tendríamos en fin un verdadero templo digno de Dios, al menos propio y no inferior a ninguno de los pequeños que adornan las ciudades de América”.
La iglesia que originalmente se consagraría al Calvario, se ubicaría al este de San José; y es la que nosotros conocemos como Nuestra Señora de La Soledad, por habérsele obsequiado desde antes una bella escultura de esa advocación de la Virgen María.
Migración y profesión de Krumbhaar
Franz Kurtze Krumbhaar había nacido en 1811, en la ciudad de Jena, estado de Turingia, en el centro-este de Alemania; hijo de Karl Heinrich Kurtze y Christiane Friederike Krumbhaar. Ingeniero civil de profesión, había llegado al país hacia 1850, como parte de la Sociedad Berlinesa de Colonización que se había fundado dos años atrás.
Por entonces, los principados germánicos vivían una serie de protestas y agitaciones liberales, democrático-burguesas y pangermanistas cuyo principal objetivo –según Hagen Schulze–, era “lograr un Estado Nacional, basado en la soberanía popular y los derechos humanos, que integrase a todos los territorios alemanes” (Breve historia de Alemania).
Por esa razón, según Eugenio Herrera Balharry, representada por el barón Alexander von Bulow, la Sociedad Berlinesa de Colonización “canalizó [hacia aquí] la corriente migratoria alimentada por el descontento producido por los disturbios revolucionarios de 1848 en Alemania (…), además de otras causas” (Los alemanes y el Estado Cafetalero).
No obstante, pese a sus esfuerzos empresariales y de la llegada de decenas de alemanes al país con fines colonizadores, aquella gestión fracasó; lo que indujo a Kurtze a establecerse de modo permanente en el país. En mayo de 1853, contrajo matrimonio con la cartaginesa María Francisca Bedoya (con la que procrearía siete hijos) y, en julio del año siguiente, obtuvo la nacionalidad costarricense.
Por entonces, con Juan Rafael Mora a la cabeza (1849-1859), el Estado Nacional costarricense daba sus primeros pasos, en medio de la bonanza económica producida por la exportación de café a Europa. Tal coyuntura, fue aprovechada por el gobernante para darle a la aldeana San José otro aspecto.
Con ese fin, el Estado introdujo un nuevo lenguaje arquitectónico para los edificios públicos; uno que reflejaba sus ideales ilustrados y rompía con los sistemas constructivos coloniales: el neoclasicismo. En la capital, ya eran neoclásicos los edificios del Teatro Mora, del coronel Alejandro Escalante Nava (1850) y de la Universidad de Santo Tomás, del ingeniero Mariano Montealegre Fernández (1853); pero aún quedaba mucho por hacer.
Todo aquí, pues, era propicio para que Kurtze desarrollara su profesión de ingeniero-arquitecto; muy apreciada, se comprende, en un medio técnicamente atrasado como era aquel. Además, como anotara su coterráneo Wilhelm Marr: “Si algún extranjero se ha familiarizado rápida, práctica y fundamentalmente con el modo de ser del país, ha sido don Francisco.
“De una honradez perfecta en su manera de pensar, sumamente práctico y sobrio, gozaba con justicia de la estimación de todos, y para todo aquello que requiriese resolución, calma y clara inteligencia, era Kurtze el hombre necesario” (Viaje a Centroamérica).
Palacio y capilla
Por lo anotado, a partir de 1850, le correspondería al ingeniero prusiano, la real introducción entre nosotros de la nueva arquitectura. Según la arquitecta e historiadora Ofelia Sanou: “El estilo neoclásico surgió en Europa a finales del siglo XVIII, como consecuencia de las ideas ilustradas pos-revolucionarias. Se buscó un lenguaje que permitiera volver al origen de las fuentes, las cuales se encontraban en el mundo antiguo: Grecia y Roma.
“También influyeron en esa búsqueda los estudios arqueológicos de la arquitectura clásica. Fueron precisamente los estudios de las ruinas griegas, los que inspiraron la creación de una arquitectura republicana en las cuatro primeras décadas del siglo XIX, en los países que buscaban construir un mundo nuevo” (Arquitectura e historia en Costa Rica).
Entre nosotros, los hispanoamericanos, la adopción del neoclasicismo se explica por el deseo de las élites criollas que, una vez pasada la Independencia, deseaban borrar el pasado colonial español y buscar la modernidad implícita en las pautas culturales dictadas por naciones que habían pasado por fuertes procesos revolucionarios, tales como Francia y los Estados Unidos.
Por ejemplo, colonial era el viejo edificio de la Factoría de Tabacos, que albergaba entonces las oficinas de los poderes republicanos; razón por la que, en 1853, se inicio la construcción del Palacio Nacional para sustituirlo. La nueva obra se elevaría ahí mismo, en la esquina noroeste de las actuales avenidas Central y calle 2, a cargo del agrimensor germano Ludwig von Chamier.
Más, objetado su trabajo en aspectos estéticos, sísmicos y económicos; poco después se rescindió su contrato y se firmó otro con Kurtze. Este, con las variaciones del caso, dio fin a la obra. De planta cuadrangular y patio central, frontispicio de referencias grecorromanas y proporciones renacentistas que se replicaban en todas sus fachadas y detalles; aquel edificio estuvo listo en 1855.
Ese mismo año, inició el ingeniero prusiano las obras de la capilla del Sagrario; trabajos que se vieron interrumpidos por la Campaña Nacional (1856-1857), y que no serían terminados sino en 1866. Montado sobre un plano elevado, el sagrario era un templete de orden toscano, de planta cuasi rectangular y cubierta abovedada.
Coronada por un frontón triangular con acróteras en los extremos, su portada sobresalía ligeramente hacia los lados; y en ella una puerta de arco de medio punto era flanqueada por pilastras o falsas columnas. Esa capilla albergó la parroquia de San José, desde su conclusión hasta 1881.
Seminario y otras obras
En 1850, mediante la bula Christianae religionis auctor, se erigió la Diócesis de San José de Costa Rica; separada de la diócesis de León, Nicaragua. En consecuencia, al año siguiente fue nombrado primer obispo del país, el cartaginés Anselmo Llorente y Lafuente (1800-1871).
De la dureza de su misión da una idea, el hecho de que ni siquiera se contaba aquí con un seminario para formar sacerdotes. Tras múltiples esfuerzos, en 1854 y con planos de Kurtze, se inició en la esquina noroeste de las actuales avenidas 4 y calle 3, la construcción del Seminario Tridentino; que, terminado en 1872, no pudo ver al fin el obispo.
Una vez más, se trataba de un edificio de planta cuadrangular, patio central y frontispicio neoclásico; donde tanto la puerta de acceso como el balcón superior eran de arco rebajado. Sin embargo, tanto los barrotes de las ventanas inferiores como los de los balcones superiores, le brindan todavía una apariencia colonial al inmueble.
Algo similar ocurrió con otro edificio que suele atribuírsele a Kurtze: el de la Fábrica Nacional de Licores (1853-1856), donde solo el elegante frontis es de aire grecorromano; contrario a lo que sucede con la josefina iglesia de La Soledad, toda ella del más refinado neoclasicismo.
¿Se siguieron finalmente, al menos en parte, los mencionados planos del prusiano en su edificación? Pues, aunque atribuida al inglés Hugh G. Tonkin, en ese, como en otros varios casos, la obra arquitectónica de Kurtze –grande para nuestro pequeño país– está aún por estudiarse. Aquí, al menos, hemos repasado la ubicada en la ciudad capital.
Mas, pasado el decenio de Mora, el prusiano fue nombrado director de Obras Públicas, en 1862; por lo que se involucró en numerosas obras de infraestructura, tales como puentes, caminos, ferrocarriles y edificaciones en las otras ciudades del Valle Central. Para sólo mencionar algunas de estas últimas, en Alajuela fueron obras suyas la vieja catedral y la iglesia del barrio San José.
En Heredia, la portada del templo parroquial y la iglesia del Carmen, llevan su impronta. En Cartago, donde residió durante años, cabe mencionar los desaparecidos edificios del Colegio de San Luis Gonzaga, las iglesias de El Carmen y La Soledad; además del diseño del inacabado templo parroquial de Santiago Apóstol.
Franz Kurtze falleció en 1869, en la plenitud de su vida productiva, a causa de un tumorcanceroso; y su funeral se efectuó el 6 de junio en la iglesia de La Merced. Tres semanas después, el obituario aparecido en la Gaceta Oficial, tras abundantes elogios a su obra y su persona, concluía exclamando: “¡Adiós, Kurtze, tu muerte es una desgracia nacional!”.