Acudir al 911 por juego: el 60% de las llamadas no son emergencias
Hace unos días, una amiga me contó, con gran angustia, que recibió en su casa a unas visitas que venían acompañadas de una niña de cuatro años, y que la llevaron porque no la podían dejar sola en su vivienda. Comprensible, ¿verdad?
Se trata de una de esas pequeñas que podrían ser descritas como fogosas e hiperactivas. Lo cierto es que esa tarde, mientras las personas adultas departían y conversaban entre café y bocadillos, la menor corría y jugaba en el jardín, se subía en los sillones, brincaba y “toreaba” a los perros y al gato de la casa anfitriona. Su abuela y bisabuela le llamaban la atención, pero la menor no hacía caso.
En determinado momento, la pequeña se tranquilizó y el ambiente de café entre vecinas se llenó de calma. Por fin, las amigas pudieron platicar con más sosiego, pues la niña encontró en la vivienda otro juguete con qué entretenerse: un teléfono.
De lejos, mi amiga observaba a la pequeña sentada en una silla y con el teléfono en las manos. Nunca imaginó lo que estaba haciendo en ese momento de “presunta tranquilidad”: llamó al Sistema de Emergencias 911 y reportó fuego en la casa donde se encontraba.
Mi amiga –y dueña de la casa– no supo cuáles fueron los términos de la conversación de la niña con el operador del 911; sin embargo, para su sorpresa, solo unos minutos después, empezó a sonar el teléfono de la casa y, cuando contestó, un señor muy amable le dijo que era del 911 y que llamaba para verificar si había un incendio, para desplazar de inmediato a las unidades de bomberos. Añadió que, un par de minutos antes, una menor había reportado la emergencia.
Muy apenada, se disculpó con el operador y le contó que se trataba de una llamada falsa realizada por una chiquita que llegó de visita. El operador le explicó que, por protocolo, siempre se confirma la veracidad –o no– de la información para actuar sin demora, aunque la llamada la hubiera hecho una menor de tan solo cuatro años.
Esta historia verídica demuestra la urgencia que tenemos las personas adultas de educarnos y educar a los niños sobre el uso del 911. Nuestra población infantil debe ser instruida en cuándo, cómo y por qué se acude a este servicio de tanta utilidad para todos.
Sin duda, el buen uso del 911 salva vidas, pero hechos como el narrado retardan la atención de una verdadera emergencia.
Si bien el Sistema 911 realiza campañas permanentes sobre la necesidad de una buena utilización de esta línea de emergencia, educadores, padres y madres de familia tenemos la obligación de conversar con nuestros hijos e hijas sobre este asunto.
Es bueno que la población infantil sepa llamar y reportar cualquier situación de emergencia en la que se encuentre, así como si es un familiar o vecino quien está en peligro, pero igualmente necesario es que entienda la gravedad de reportar falsas alarmas.
Lamentablemente, de acuerdo con datos aportados por el 911, un 60% de las llamadas que atienden diariamente no son verdaderas emergencias o son hechos falsos.
Situaciones de verdadera emergencia pueden ser un accidente de tránsito con víctimas, un incendio, casos de violencia comunitaria e intrafamiliar… Pero es impensable que este servicio reciba llamadas de gente que quiere saber “en qué se fue la lotería”, las condiciones del tiempo, por qué se fue el agua o la luz en una comunidad o cómo está el tránsito en ruta 1, ruta 2, la 32 o la 27.
La atención de una llamada implica inversión de tiempo por parte del operador y la posterior confirmación del hecho. Quizá por atender una llamada falsa se deja de atender, con celeridad, un caso que sí constituye una verdadera emergencia.
Hagamos conciencia sobre el buen uso de la línea 911: un prójimo necesitado se lo agradecerá.
solismi@gmail.com
María Isabel Solís R. es periodista y salubrista.