Empezaron robándonos la confianza. En ellos. En la clase política. Después de unos años -los de la Transición- en los que los dirigentes públicos disfrutaban de un razonable prestigio, lo echaron por tierra a base de corromperse, a un lado y a otro. En cuanto se asentó la democracia, el servicio a los demás dejó de ser la prioridad. Pasó a ser otra. Robaron y robaron mientras nos hacían creer que éramos todos ricos. Hasta que nos estalló la crisis de 2008 y los casos de corrupción afloraron como manchas de aceite sobre lo que parecía agua cristalina. Fue un mal golpe a traición, y perdimos la fe en aquellos que han de administrar nuestro dinero y nuestro presente, para...
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