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‘Los rótulos no deben morir’: historia, resistencia y celebración de la gráfica popular chilanga

Cuando en 2022 Sandra Cuevas, entonces alcaldesa en Cuauhtémoc, ordenó borrar los típicos rótulos de los puestos de lámina de la delegación, sin querer llevó a que mucha gente descubriera que estas obras de gráfica popular constituían un patrimonio cultural que, si no se cuidaba, podía desaparecer sin más.La defensa de los rótulos surgió de la organización colectiva entre rotulistas, propietarios de puestos, artistas, activistas, académicos y otros miembros de la sociedad civil. Casi cuatro años después, ha tenido como resultado la revalorización de estas piezas, un alza en su popularidad e, incluso, nuevas generaciones de artistas del rótulo. Muestra de todo esto es la exposición Los rótulos no deben morir, en la Galería José María Velasco, que celebra la historia, el arte y el significado de los rótulos en la identidad mexicana y, en particular, chilanga.La prohibición de la gráfica popular no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de México: durante la dictadura militar, fue restringido en Argentina el fileteado porteño, arte decorativo de la ciudad de Buenos Aires, por considerarse “inapropiado”; en 2015 fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. En el Distrito Federal, durante los años treinta, fue prohibida la decoración de pulquerías para mantener una imagen de “orden y limpieza”, argumento similar al de Cuevas en su programa “Orden y Limpieza”, encargado de pintar de blanco los puestos de lámina y, sobre ese blanco, estampar el logotipo de su administración.Los rótulos son un elemento tan presente en la normalidad mexicana que lo normal es no estar consciente de ello. Algunos de los registros más antiguos, de entre finales del siglo XIX e inicios del XX, son las fotografías de pulquerías de la capital: El gran infierno, El templo del amor, La gloria y otros nombres humorísticos e ingeniosos decoraban sus fachadas, trazados en estilos de influencia europea —desde el gótico hasta el art nouveau— pero con personalidad mexicana (junto a estas imágenes se exhiben letreros clásicos de madera, algunos de los últimos sobrevivientes, que forman parte de la colección de la Pulquería La Canica, en Insurgentes 60).A pesar de lo desapercibido de lo cotidiano, hay quienes sí han sabido observar. Es el caso de la fotógrafa Paulina Lavista, quien a lo largo de sus viajes por el país y en sus recorridos por las calles de la capital detuvo la mirada en rótulos que inmortalizó en blanco y negro. También alegra encontrarse con las imágenes de Tamara de Anda, quiendurante casi dos décadas se ha dedicado a fotografiar rótulos y las imágenes que los acompañan (y que le fascinan desde niña) no solo en México sino internacionalmente, en particular en Asia y África, regiones que llegan a ser vistas con los mismos prejuicios que han borrado la cultura acá en casa.Aunque se intente asociar con el caos, en la gráfica popular hay marcadas tradiciones y convenciones que, desde el estilo particular de cada artista, resultan en una gran diversidad. Al igual que todo diseño, su propósito es la comunicación, y utiliza un lenguaje particular. Ocurre no solo en el caso de los rótulos —el texto— , para el cual el uso de ciertos colores, tipografías y otros elementos se ha transmitido a lo largo de generaciones, sino también en la iconografía: en las carnitas, al cerdo lo están cocinado en una cazuela, pero siempre se ve feliz; el camarón, con su gorrito o uniforme, es un experto chef, esto por mencionar un par de ejemplos. Y quien “rompe las reglas” lo hace, como en cualquier arte, para transformarlo.El borrado de rótulos también reveló desigualdades entre la clase popular y la clase empresarial: “Curiosamente, los puestos pintados con logotipos de periódicos o de marcas comerciales no fueron intervenidos por la alcaldía. Por alguna razón, los rótulos de Por Esto o Coca-Cola merecieron ser conservados”, señala Aldo Solano, historiador de arte e integrante de la Red Chilanga en Defensa del Arte y la gráfica popular (Rechida).Pero para acabar con los rótulos no hay que borrarlos, es suficiente perder el interés en ellos.En un artículo publicado en 2017 por El Universal, el periodista Fernando Molina describía cómo “hasta hace 15 años ver a un rotulista y sus botes de pintura era lo más normal. Hoy el oficio se difumina en la modernidad y lentamente sucumbe al embate de la tecnología pues la computadora y las máquinas de impresión digital han cambiado los procesos de elaboración y el tiempo en los que se llevan a cabo”. El panorama actual no es tan distinto, e incluso con el resurgimiento de los rótulos, la calle de los pintores (antiguo apodo de la calle República de Perú) es cosa del pasado. Sin embargo, persisten rotulistas veteranos como Martín Hernández, Melquiades García (quien trabaja con estaño sobre vidrio) o el Taller Rótulos Bautista, que han inspirado y enseñado este arte a nuevas generaciones. Rotulistas como Alina Kiliwa llevan la gráfica popular a otras aplicaciones del diseño gráfico, con un uso no solo comercial sino para el disfrute personal y desde una perspectiva más millennial. Otros, como Rey Pincel, hacen de sus obras una muestra de identidad chilanga, entre celebración y resistencia.De no haber sido prohibidos hace unos años, es probable que los rótulos hubieran seguido una gradual pero clara trayectoria hacia su desaparición. Pero como suele suceder, prohibir algo provoca el efecto contrario, y en el caso de los rótulos, cobraron doble fortaleza al ser ellos mismos la imagen de su defensa. Un cartel con letras manuscritas y una torta chilanga al centro, dice: AQUÍ HABÍA UN RÓTULO, PERO LA ALCALDÍA CUAUHTÉMOC LO BORRÓ. Fue la primera denuncia pública de aquella problemática y brindó a la protesta una estética atractiva, pero sobre todo, de carácter popular, que ha sido utilizada después para otras causas, como la demanda por la reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, o para denunciar el imperialismo estadunidense, protegiendo así a los rótulos de ser apropiados por toda clase de actores y partidos (porque, además, no solo en la Cuauhtémoc se han borrado rótulos) que desde el discurso o en la práctica privilegien los intereses de las élites por encima de la sociedad.Aunque pocos pueden presumir de la habilidad para realizarlos, la exposición invita a reconocer los rótulos como algo nuestro, parte de nuestra cotidianeidad, de nuestra identidad, reflejo de lo más humano de quien los pinta y quien los observa, cuyo espíritu de resistencia radica, antes que en su estilo o en el pincel, en algo al alcance de todas las personas: un acto de creación.AQ / MCB​

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