Una bodega decidió madurar su vino en un lugar inimaginable para revalorizarlo: ahora, la botella vale casi 600.000 euros
En 2019, una empresa europea dedicada a la investigación envió doce botellas de vino francés a la Estación Espacial Internacional.
El objetivo no era publicitario, sino científico: comprobar cómo envejece el vino en microgravedad y si la ausencia de gravedad modifica su color, aroma o textura.
Un experimento que mezcló ciencia, lujo y coleccionismo
El lote (un Château Petrus 2000, uno de los vinos más exclusivos de Burdeos) pasó alrededor de 14 meses en órbita. Las botellas regresaron a comienzos de 2021 y fueron analizadas en Burdeos por científicos y enólogos, que compararon su evolución con botellas idénticas que habían permanecido en la Tierra.
Los expertos detectaron diferencias sensoriales apreciables, lo que convirtió el experimento en un caso singular dentro del mundo del vino.
Cinco años después, una de aquellas botellas ha reaparecido en el mercado del lujo y ha sido adquirida por un grupo de diez clientes de la firma Oeno, especializada en inversión en vino. Más que un producto gastronómico, el vino se ha convertido en una pieza de colección marcada por una historia científica poco habitual.
Para el sector, el caso simboliza un cruce inesperado entre ciencia, inversión y lujo. El vino francés, ya codiciado por coleccionistas, ha superado fronteras tradicionales para entrar en una nueva categoría: la de los productos envejecidos fuera de la Tierra.
Además del interés mediático, el proyecto forma parte de una investigación más amplia sobre cómo podrían adaptarse productos agrícolas y alimentos a entornos no terrestres. La empresa responsable también ha estudiado el comportamiento de raíces y plantas en condiciones extremas, con posibles aplicaciones que van desde la viticultura hasta futuros escenarios de agricultura fuera de la Tierra.