Que la IA no nos empobrezca como sociedad (ni nos deje sin salario)
No soy experto en inteligencia artificial en sentido técnico. Sin embargo, sí puedo visualizar su impacto desde una perspectiva desarrollista, que es la que me interesa y sobre la que suelo reflexionar: mis allegados saben que siempre estoy “dándole vuelta” a lo que podría ser un modelo ideal para el mundo.
El 18 de julio de 2016, La Nación de Costa Rica publicó un artículo mío titulado “Bienvenida la robótica”, en el que esbocé una tesis que hoy retomo y reformulo: la inteligencia artificial (IA) debe ser bienvenida porque puede convenirle a la ciudadanía a escala global, aunque bajo ciertas condiciones. En aquel texto planteé una reflexión inicial sobre los beneficios y riesgos de estas tecnologías emergentes, reflexión que hoy cobra una vigencia mayor.
¿Qué implica la IA? La concibo como una de las herramientas de productividad más impresionantes desarrolladas por el ser humano desde que dominó el fuego. Es el resultado de una larga cadena de avances científicos y tecnológicos, muchos ya incorporados a la vida cotidiana y otros que operan de manera invisible, incluso para quienes los utilizan. La IA supone un cambio profundo de paradigma: puede representar una oportunidad de liberación o, por el contrario, un nuevo tipo de dependencia.
Esta tecnología transformará radicalmente la concepción del trabajo. Permite delegar en “la máquina” tareas tediosas y básicas, liberando tiempo para la creatividad, la investigación y el ocio creativo. En ese sentido, la IA no es tan distinta de otras tecnologías que han simplificado la vida y han abierto nuevas posibilidades de desarrollo personal y social.
La valoración final dependerá de cada sociedad y de cada individuo. Como ejemplo concreto, hoy se informa de que la IA ha permitido detectar precursores de tumores de páncreas que antes pasaban inadvertidos incluso para especialistas.
El problema radica en la velocidad de su desarrollo. La expansión de la IA ha sido tan vertiginosa que ha tomado por sorpresa a la sociedad mundial, sin “peto ni espalda”, parafraseando a Serrat, para enfrentarla y asumirla con propiedad. Existe una preocupación legítima por su impacto negativo en el empleo y en la distribución de la riqueza generada por los procesos productivos, según los paradigmas económicos actualmente vigentes en gran parte del planeta.
Asimismo, preocupa –y ya ocupa– el uso irresponsable de la IA en ámbitos académicos y profesionales. Personas con escasa ética, que no valoran su propio trabajo intelectual o que simplemente optan por la comodidad, pueden recurrir a esta herramienta para sustituir la creatividad y el análisis personal.
Si esto se normaliza, la “máquina” adquirirá una capacidad creciente para reemplazar una de las funciones más sublimes del ser humano: el desarrollo de su creatividad, entendida como una mezcla de intelecto y espíritu. Facilitar procesos es deseable; sustituir al ser humano, no.
Conviene recordar que la IA, debidamente programada, puede generar ideas nuevas de forma constante a partir del análisis dinámico de información. Además, el elevado consumo energético que hoy la caracteriza tenderá a disminuir, lo que para muchos países puede representar una oportunidad estratégica si saben gestionar adecuadamente su potencial energético.
La IA no se va a detener, y pretender hacerlo sería una tontería. Limitarla a escala nacional equivaldría a quedarse como hace más de un siglo, en la era de los coches y los cocheros. Lo que sí requiere es una regulación internacional urgente, algo que no resulta novedoso.
Como toda tecnología poderosa, la IA debe usarse con cuidado. Se necesita ciencia, límites claros –como los que regulan la convivencia con el automóvil– y, sobre todo, formación. Más que capacitar, hay que educar a las personas y a las sociedades para comprenderla, gestionarla y no plegarse acríticamente a ella.
El impacto ya es visible y exige una reflexión profunda. La democratización de su uso y de sus beneficios es esencial: la IA debe convertirse en una herramienta para el desarrollo social. Esto implica avanzar hacia nuevos contratos sociales, distintos de los actuales, en los que el ocio creativo sea reconocido y remunerado. Los recursos para ello pueden provenir de las utilidades empresariales en un ecosistema productivo cada vez más atravesado por la IA. Impuestos, vouchers de consumo o inversión, y mercados accionarios más desarrollados podrían formar parte del camino hacia un nuevo capitalismo, en el que el trabajo se redimensione.
En este contexto, resulta pertinente recordar la advertencia del llamado Oráculo de Omaha, Warren Buffett, recientemente retirado, quien ha insistido en no permitir una concentración excesiva del manejo de los recursos en manos de unos pocos individuos. Comparto plenamente ese criterio: esa tendencia, de profundizarse, nos conduce a ruina socioeconómica.
Más que preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial, la discusión de fondo es qué estamos dispuestos a delegarle sin empobrecernos como sociedad. La tecnología no define el rumbo; lo hace el marco ético, político y social que decidamos construir a su alrededor. En esa decisión –no en el algoritmo– se juega el verdadero impacto de la IA sobre nuestro futuro común.
cmecheverria@yahoo.com
Carlos Manuel Echeverría Esquivel es economista.