«No hay palabras» es la expresión que surge ante la tragedia. Deberían acudir cuando más las necesitamos, pero el dolor transcurre sin ellas. Esas poderosas y locuaces sabedoras enmudecen. Les pido que hablen, que me cuenten, que me ayuden, cuando el temor a la página en blanco no es otra cosa que el miedo a poner nombre a tanta desgracia. Pero no, ellas callan, se hacen aliadas del silencio. Sin embargo, no podría escribir hoy de otra cosa que no fuera la fatídica circunstancia del cruce de dos trenes en el más desafortunado de los momentos, de una hora: las 19:45 y de un lugar: Adamuz. Adamuz, situado en un entorno natural privilegiado de encinas y alcornoques, el de los...
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