Venas de dolor y orgullo
Por mucho que no se quiera pensar en la madrugada del 3 de enero, la vida y los recuerdos hablan más fuertes. Es como si nos sacudieran la mente buscando respuestas de forma constante. «Caracas está siendo bombardeada», me dijeron, me despertaron de un tirón... Y yo que conozco bien sus cerros y pureza me resistía a creerlo, a aceptarlo.
Duele pensar que el cielo de una ciudad tan auténtica como pacífica, esté siendo vilipendiado sin pudor... cobardemente, por los mismos villanos que acentúan en la historia su olor a venganza, metralla y sangre, mientras un emperador y sus secuaces disfrutaban el crimen —no sin antes comerse las uñas— dentro de una improvisada «sala de cine» al sur de la Florida.
Esa noche, el gigante de las siete leguas mancilló sin razón otro cielo soberano. Uno más en su lista infinita de agravios contra la humanidad. Sembrar la muerte es el apetito codiciado de los imperialistas, su receta predilecta para arrodillar a quienes los enfrentan y no acatan su «destino manifiesto». Bien lo sabemos nosotros, que llevamos décadas resistiendo la ignominia a solo 90 millas de un vecino tan fascista como detestable.
Venezuela fue la última víctima de ese desprecio nuestroamericano, la nación que sintió en carne propia el peso de las bombas estadounidenses, para secuestrar de forma ilegal al presidente constitucional de esa hermana nación, Nicolás Maduro Moros, y la primera combatiente, Cilia Flores.
Contrario a lo que tanto se difama dentro las redes «antisociales», en la tierra de Chávez y Bolívar sí hubo combate y resistencia hasta el último aliento. ¡Qué no nos engañen ni manipulen más desde los monopolios informativos!
La muestra está en los 32 compatriotas caídos en el cumplimiento del deber, justo cuando la dignidad y el decoro antillano se inmolaba para enfrentar al ejército mejor equipado militar y tecnológicamente del planeta.
La indignación, por supuesto, todavía carcome hasta los huesos. La muerte duele más cuando llega desprevenida, con tanta saña. Pero hay un sentimiento raro que nos mantiene en pie, aún después de matar a balazos la justicia.
Es una sensación que entremezcla el dolor con la impotencia, la rabia con el honor, la dignidad con el orgullo. Qué suerte tiene este pueblo. Qué estirpe. Cuánta razón la de esta Isla para seguir viviendo con la hidalguía con que cayeron nuestros héroes.
Cuando se cae así, por defender valores y principios en los que se cree, la muerte agiganta las puertas de la historia. Es una constante en las revoluciones auténticas. Nuestra sangre también corrió en Fuerte Tiuna... en las horas decisivas que tocaba defender Caracas.
Digo nuestra, porque los combatientes caídos son, ante todo, compatriotas de honor. Muchas familias, lo afirmo con el orgullo de la mía, se honran hoy con tener entre sus miembros a uno los héroes caídos que no se «rajaron» cuando el zumbido de las bombas sacudía como lluvia ácida los alrededores de Caracas.
Por estas horas los honramos como lo que son: héroes de carne y hueso. Vemos sus fotos en los medios y redes, el mismo rostro que le plantó cara y resistencia a un enemigo infinitamente superior. Pobres de los que hoy nos ven llorar a nuestros hermanos. Pobre del destino de esos que plagan con injusticia cada segmento de la humanidad. A ellos, los descorazonados sin principios, bien vale decirles como el poeta... «Con Patria se ha dibujado el nombre del alma de los hombres que no van a morir».