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“Ahora casi todos los planes incluyen gastar dinero": por qué hemos cambiado las quedadas sencillas por las experiencias

La socialización actual está mediada por la oferta de ocio comercializado. Lo que antes era un encuentro más espontáneo y simple se ha convertido en una experiencia “de catálogo” y casi siempre con un precio

La cultura de quedar para ponerse al día con amigos: por qué ya no compartimos la vida, nos la resumimos

Salir a pasar el rato con amigos solía implicar hacer planes sencillos como tomar algo en un bar, dar un paseo, reunirse en casa o charlar sin grandes pretensiones. Era una socialización más espontánea, más libre de compromisos y menos dependiente de que todo estuviera organizado.

En cambio, muchas de las experiencias sociales han evolucionado hacia planes más elaborados, que incluyen un ambiente diferente y, a menudo, un precio concreto. “Antes quedábamos en casa de alguna amiga o salíamos simplemente a pasear, ahora casi todos los planes incluyen gastar dinero: cenas, escape rooms, conciertos o experiencias temáticas”, cuenta Carolina, estudiante de 23 años. “A veces solo quiero hacer algo sencillo, pero da la sensación de que si no hay un plan especial, no es suficiente”.

Así, lo que antes eran simples reuniones, ahora parece haber derivado en eventos sociales que pueden ir desde el espectáculo de jazz con cientos de velas artificiales, talleres para hacer cerámica y velas con una copa de vino o escape rooms, hasta restaurantes ambientados en el Cluedo.

Beatriz Martín Padura, directora general de Fundación Fad Juventud, explica que las experiencias inmersivas permiten compartir intereses, generar pertenencia y fortalecer vínculos. Tras la pandemia, muchas personas han buscado reconectar con amigos “pero de una forma que fuera más allá de lo cotidiano”. Este tipo de planes ha impulsado la popularidad de actividades más organizadas y experienciales, que siempre combinan emoción, creatividad y participación activa.

A veces solo quiero hacer algo sencillo, pero da la sensación de que si no hay un plan especial, no es suficiente

Carolina, 23 años estudiante

La llamada “economía de la experiencia” ha hecho que el ocio sea un producto más dentro del mercado, incentivado por las redes sociales, la viralidad y la búsqueda de conexión genuina. Sin embargo, este nuevo modelo también plantea dilemas como el aumento del consumismo o la pérdida de espontaneidad, e insta a la necesidad de lograr el equilibrio entre lo digital y lo presencial, entre lo simple y lo espectacular.

¿Por qué este cambio?

Según los resultados del Gensler Research Institute, los consumidores de experiencias buscan principalmente “interactividad, singularidad y entornos diseñados específicamente”. Es decir, la principal atracción no es solo el contenido, sino la posibilidad de participar activamente, de sentir que se forma parte de algo único. Santiago Santamaría, vicepresidente global de Comunicación, Relaciones Públicas e Institucionales de la plataforma de reservas Fever, confirma una tendencia en la que “cada vez más personas buscan actividades que combinen cultura, diversión y emoción. Ya no se trata solo de pasar el rato, sino de crear recuerdos”. Y apunta que son sobre todo las generaciones más jóvenes, como la Z, las que se mueven por esta lógica: “No buscan tanto consumir, sino vivir”. 

Santamaría destaca entre los beneficios de estas formas de ocio “la construcción de identidad y comunidad”. Asegura, además, que lo que se entiende por este concepto es “aquello que transforma al público en protagonista activo, lo integra en la narrativa o entorno mediante tecnología, diseño sensorial y creatividad”. En esta se incluyen exposiciones interactivas, espectáculos audiovisuales, teatro inmersivo o realidad virtual. Además, las nuevas tecnologías, afirma, (realidad virtual, aumentada, diseños inmersivos) permiten crear experiencias más sofisticadas, interactivas, que “hagan sentir dentro” del entorno. Por ejemplo, un artículo científico reciente habla de cómo el teatro inmersivo y las tecnologías XR (todas las tecnologías inmersivas que fusionan el mundo real con el digital) permiten un tipo de experiencia más individualizada y participativa.

El interés por las mismas parece crecer año a año, según el informe de Global Growth Insights. En Japón, por ejemplo, una encuesta de Dentsu Inc. reveló que el 65.3% de los jóvenes de 10 a 19 años habían usado algún “servicio de medios inmersivos” y que algunos lo usan como herramienta de socialización. Entre ellas, se incluyen algunas como teatro inmersivo, exposiciones de arte inmersivas y experienciales, realidad aumentada/virtual basada en localización, audio inmersivo, rol en vivo, atracciones temáticas y escape rooms. En el caso de las últimas, según los datos de diciembre de 2024 sobre la industria de escape rooms en EEUU puede verse cómo tras una década de rápido crecimiento, el sector se ha estabilizado alrededor de 2.000 instalaciones en todo el país.

Padura explica que, además de esto, existe también una dinámica de compartir experiencias, “vivencias para contar”, que va más allá del simple hecho de quedar, y las redes sociales son las principales impulsoras de esto: “Si una actividad es más instagrameable, compartible, etc., puede tener más atractivo”. Este “descubrimiento cultural es también fácilmente accesible gracias a las redes sociales” y en concreto, plataformas como TikTok o Instagram “son clave para que estas audiencias se enteren de experiencias inmersivas”.

El 'temor' a perderse los planes del momento

Padura advierte de que también existen riesgos asociados a esta tendencia social. Uno de ellos es la “pérdida de autenticidad: cuando el objetivo se centra en mostrar en lugar de vivir, la experiencia pierde su sentido original”. A esto se le añade, continúa, la “presión estética” que tiene como consecuencia una necesidad de proyectar una vida “interesante”, lo que lleva también a un estado de ansiedad y comparación constante. De la viralización de este tipo de “planes completos”, de alguna manera “se acaba elevando el estándar de ocio, excluyendo económicamente a quienes no pueden permitírselo”.

Además, “la abundancia de oferta liderada por el algoritmo de las plataformas sociales, genera un fenómeno psicológico conocido como FOMO (Fear Of Missing Out): el miedo a quedarse fuera”. “Esta sensación de que hay que aprovecharlo todo puede contribuir de una forma sutil a otra presión, la social, para consumir ocio, incluso si no se desea realmente”. Joel, estudiante de 22 años, lo percibe así: “A veces siento que hago planes muy simples y me da como pena, porque veo a gente en Instagram haciendo cosas increíbles”.

Se acaba elevando el estándar de ocio, excluyendo económicamente a quienes no pueden permitírselo

Beatriz Martín Padura directora general de Fundación Fad Juventud

Cómo todo esto lleva al consumo

El auge de las nuevas ofertas de planes de ocio no solo ha transformado la forma en que los jóvenes se divierten, sino también la manera en que entienden el consumo. Estas experiencias suelen tener un coste mayor que los planes tradicionales. Una sesión de escape room, por ejemplo, ronda un precio de 30 euros en España. Y las actividades que mezclan manualidades con consumo de bebidas o comida, pueden rondar los 20 euros por persona. De la mano de su popularidad y viralidad, estos planes conllevan que la exigencia de los consumidores se vuelva mayor. Sin embargo, hay jóvenes que parecen dispuestos a asumir dichos precios, siempre que la calidad lo justifique.

Juan, estudiante de 22 años, confiesa: “A mí me encantan y yo me puedo gastar dinero fácilmente cada semana en un tipo de actividad de estas”. Carolina, por su parte, afirma que le “gusta porque hay más opciones, pero también creo que vivimos en una sociedad bastante consumista”.

Lo que esperan no es solo una buena experiencia de uso, sino una inversión que tenga sentido para la generación Z, en términos prácticos, estéticos o emocionales. En ese equilibrio, la relación calidad-precio se impone como el criterio más citado: 59,2%, según el Observatorio GEN Z de la Universidad Europea, lo que confirma que evalúan si lo que reciben compensa lo que pagan.

Y es que esta propensión hacia lo experiencial ya no sólo transforma la manera de socializar, sino también el modelo de consumo. Datos de una encuesta de EY indican que, incluso en tiempos de incertidumbre económica, los consumidores mantienen su gasto en entretenimiento local y en vivo. La razón parece clara: estas experiencias se perciben como inversiones emocionales, no como gastos superfluos. Además, según el Gensler Research Institute, el valor percibido (“value for money”) se ha convertido en una prioridad, ya que los usuarios esperan que el coste refleje una experiencia de calidad.

A veces siento que hago planes muy simples y me da como pena, porque veo a gente en Instagram haciendo cosas increíbles

Joel 22 años

Padura explica que el “efecto algorítmico” de estos planes empuja al consumo por cuatro vías que se entrelazan y se refuerzan entre sí. La primera es “la facilidad para descubrir nuevos planes, ya que las plataformas digitales muestran de manera constante actividades atractivas, eventos exclusivos o productos de moda que invitan a probar cosas nuevas”. La segunda tiene que ver con la comparación constante con el grupo digital donde cada persona mide su nivel de diversión o éxito en función de lo que ve en las redes. La tercera es la viralización de experiencias caras que elevan el estándar de ocio mostrando un estilo de vida difícil de mantener y, finalmente, el miedo a la exclusión social, que lleva a muchos jóvenes a participar en estas dinámicas de consumo para no quedarse fuera de su entorno social o digital

Joel confiesa que “estaría dispuesto a gastar más dinero de lo habitual en una experiencia inmersiva, aunque no lo haría con frecuencia. Normalmente, son actividades que realmente merecen la pena, así que entiendo que su precio sea un poco más elevado. Si sé que el coste extra se refleja en una experiencia de calidad, en la que voy a disfrutar y pasarlo bien, entonces sí me compensa pagar más”.

La alternancia y universalidad como clave

“Es importante que la relación entre amigos no dependa exclusivamente de 'hacer cosas especiales', porque el vínculo puede quedar condicionado a que haya 'planazo”, explica Padura, quien además cree que es “absolutamente posible” seguir quedando sin plan y es más saludable hacerlo. “De hecho, encontrar un equilibrio probablemente sea lo más sostenible socialmente y emocionalmente”, aclara. Una alternancia, en este contexto, “puede ser la clave”. Algunos días planes más 'simples' e improvisados, otros días, experiencias más estructuradas. “El ocio sostenible es aquel que no exige un planazo constante para sentirse bien”, apunta.

Ante esto, “la espontaneidad sigue teniendo un valor profundo: permite relajarse, liberar presión y conectar desde lo cotidiano”. Así, una charla, un café o un paseo pueden seguir siendo espacios de intimidad y bienestar. Juan confiesa que a él y a su grupo de amigos les “gustan cosas sencillas como jugar un partido, pasar tiempo juntos en casa”. “Y aunque probemos de vez en cuando algo diferente, en general seguimos disfrutando de planes simples y divertidos, casi como niños”.

Esto, tal y como explica Padura, es una vía a lo que se denomina como “ocio sostenible”, basado en la democratización del disfrute a través de la accesibilidad económica, la no dependencia únicamente del espectáculo y el gasto, el equilibrio entre lo digital y lo presencial, y lo experiencial con lo simple. Sin embargo, existe una paradoja, ya que “las experiencias inmersivas pueden tanto unir como aislar”. Cuando se viven colectivamente (en grupos, eventos o espacios físicos) fomentan el encuentro real pero al trasladarlas al terreno puramente digital, pueden reforzar el aislamiento. El riesgo aparece cuando la tecnología sustituye al contacto humano en lugar de complementarlo. Pasar horas en entornos virtuales puede ofrecer una sensación de pertenencia, pero también encerrar al individuo en una 'burbuja sensorial'. El verdadero desafío, según Santamaría “no está en renunciar a la innovación, sino en mantener la dimensión humana de la experiencia. La inmersión debe ser un medio, no un fin”.

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