TikTok y la distorsión del pasado: los riesgos de la circulación de relatos históricos en redes sociales
En los últimos años, TikTok se ha convertido en una de las plataformas más influyentes en la construcción de relatos, incluso sobre el pasado. Sin embargo, a través de videos breves, editados con alta carga emocional y estética, diversas cuentas han comenzado a difundir versiones ficcionalizadas —o derechamente falsas— de procesos históricos complejos.
Muchas de estas narrativas, advierten los especialistas, rozan el negacionismo y resignifican dictaduras latinoamericanas como experiencias “ordenadoras” y hasta “heroicas”, justificando así las violaciones a los derechos humanos cometidas en dichas épocas. Por ello, alertan sobre los riesgos que esto conllevo, especialmente tratándose de plataformas con amplia llegada a públicos jóvenes.
En el caso de Chile, en 2023, la agencia de verificación chilena Fast Check, reveló que en Tiktok la figura de Augusto Pinochet tenía más del 60% de contenidos a su favor. Muchos de éstos superaron las 30 mil visualizaciones, con comentarios catalogando como “héroe” y “salvador”. De la misma manera, el fenómeno se repite con diversas dictaduras en el continente, con la consecuente reinterpretación de las figuras dictatoriales.
Augusto Pinochet.
Para Azun Candina, historiadora y académica del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, este fenómeno no es completamente nuevo, pero sí ha alcanzado un nivel de masificación sin precedentes.
“Las narrativas históricas noveladas, por decirlo así, dramatizadas o ficcionalizadas, no son para nada un fenómeno nuevo”, explicó en diálogo con Radio y Diario Universidad de Chile. La diferencia, señaló, es que la historia como disciplina no tiene un estatus de ejercicio exclusivo, como ocurre con otras profesiones. “Cualquier persona puede escribir un libro de historia, un artículo, hacer un reel o un video de TikTok”, afirmó.
Por lo tanto, hoy asistimos a “una deriva masificada y amplificada” de un fenómeno histórico previo, sostenida además en nuevas tecnologías e inteligencia artificial.
Ante la falta de respaldo en los relatos que se encuentran en redes sociales, Candina recalcó una distinción clave: no es lo mismo una obra de ficción que declara serlo, que un contenido que se presenta como histórico sin serlo.
“Hay una diferencia entre quienes usan una especie de escenario histórico que se presentan como ficción, a este fenómeno que es personas que presentan relatos ficcionales como realidades históricas”, indicó. Y ejemplificó que en TikTok abundan cuentas que prometen “10 hechos históricos” mientras “no confirman los datos, dan imágenes que no son reales y cosas que no son ciertas”.
Velatón 51 años del golpe militar. Marcelo Hernandez/Aton Chile.
A diferencia del mundo académico —donde la revisión de pares opera como un filtro básico de veracidad—, en redes sociales no existe ese control. “En el mundo de las redes sociales es un mundo de la libertad, en el sentido de que tú puedes decir lo que quieras y como quieras sin pasar por ninguno de esos controles. Y eso es algo muy grave y muy serio”, advirtió la historiadora.
El daño no es simbólico
Para Candina, el punto más delicado de este contexto actual es que la historia “no es inocua”. Lo que se dice —o distorsiona— sobre el pasado impacta directamente en la vida social y política. “O sea, lo que se dice del pasado no es algo que no tiene una consecuencia o una importancia en el presente”, expresó. Por eso, insistió que cuando esa información es falsa o prejuiciosa altera nuestra percepción del presente.
“Si las personas están recibiendo información que es ficticia y que muchas veces es peyorativa, es prejuiciosa, que da versiones falsas del pasado, eso tiene un correlato, tiene una influencia en cómo nos relacionamos entre nosotros y nosotras en el presente”, comentó la académica, agregando que esto tiene como consecuencia que se afecte “la manera en que las personas percibimos la realidad, en que nos tratamos entre nosotros, en que votamos, que tomamos opciones políticas”.
El riesgo aumenta, indicó, cuando una persona carece de formación histórica: “Cuando no la tienes, y no tienes porqué tenerla, porque no todo el mundo se tiene que dedicar a la historia, tú no puedes discriminar cuando te están mintiendo y cuando te están diciendo la verdad. Y eso es muy grave”.
Monumento a la Memoria.Jonnathan Oyarzun/Aton Chile
Del negacionismo literal a la romantización del autoritarismo
Candina identificó dos grandes vertientes en la circulación de discursos sobre dictaduras y regímenes autoritarios en las redes sociales. La primera es el negacionismo literal: “Decir que la represión, las masacres, la desaparición forzosa de personas no existieron”.
La segunda —y probablemente más extendida— es la justificación retrospectiva: “No es negacionismo en un sentido literal, pero es justificar que eso era necesario”.
“Que eso pasó porque tenía que pasar y que, por lo tanto, que esos líderes autoritarios que llegaron al poder por la violencia y por las armas fueron, efectivamente, personas que nos salvaron. Y allí es bien interesante, más que solamente condenarlo, analizarlo y preguntarnos por qué esto está teniendo éxito en el presente. ¿Qué es lo que está pasando en nuestras sociedades que esos discursos, que sabemos que son falsos, están ganando terreno y en este lugar donde no hay muchas reglas que son las redes?”, cuestionó la especialista.
Así, emerge un componente emocional y social que alertó la historiadora: “La nostalgia por el autoritarismo muchas veces no tiene que ver con esos líderes en sí mismos, sino con una sensación de vulnerabilidad en el presente”. En contextos de miedo, precariedad e incertidumbre, las personas pueden “mirar para atrás con una especie de nostalgia romantizada”, aunque no corresponda a la realidad histórica.
Azun Candina, historiadora y académica del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile.
Candina apuntó a un hecho que resulta central para entender el fenómeno: toda narrativa histórica es interpretativa, pero no todas se sostienen en los mismos estándares. “Las narrativas históricas siempre han sido distorsionables, porque no son el pasado, son una interpretación del pasado”, explicó. La diferencia está en si esa interpretación se construye con documentación, evidencia y ética, o simplemente en función de lo que alguien quiere decir sobre el pasado.
La historiadora reconoció que el mundo académico no ha reaccionado con la rapidez necesaria frente al fenómeno en cuestión. No por negligencia, enfatizó, sino porque la aceleración tecnológica —intensificada por la pandemia— superó los mecanismos tradicionales de divulgación.
La integrante del Departamento de Ciencias Históricas de la U. de Chile planteó una autocrítica al interior del gremio, señalando que la academia ha quedado “un poco al debe”, ya que los formatos tradicionales de difusión del conocimiento —como libros y artículos— resultan hoy insuficientes frente a los desafíos actuales. En ese contexto, sostuvo que es necesario que las universidades ingresen a nuevos espacios de discusión pública, pero sin arrogancia ni superioridad, evitando un tono “peyorativo ni pedante”, y promoviendo, en cambio, la importancia de que todas las personas se informen a través de canales serios y con información verificada, para luego formarse su propia opinión frente a los contenidos que circulan en redes sociales.