La ruta olvidada del conocimiento
En la historia de la cultura hay un viejo «leitmotiv», el del fin de la civilización, simbolizado por el olvido o la destrucción de los libros, los archivos y la escritura, que consigna la memoria de la vieja tribu humana (un suspiro mínimo, por otra parte, en nuestros tres centenares de miles de años de andanzas, el de saber escribir). ¿Cuántas veces no habrá tenido que comenzar de nuevo la humanidad, incluso con la escritura? ¿Cuántos colapsos de bibliotecas y centros de conocimiento? Lo evoca magistralmente el «Timeo» de Platón en el famoso diálogo entre el sabio Solón de Atenas y un anónimo y anciano sacerdote egipcio. Este, mientras Solón le cuenta las nociones griegas acerca del diluvio universal de Deucalión y Pirra, se sonríe y le dice: «¡Ay Solón, Solón, los griegos sois unos niños!». Y ello porque no recuerdan que hubo muchas catástrofes que destruyeron la civilización e incluso han olvidado su historia antigua, por haber perdido la escritura y los libros, mientras que los egipcios tienen archivo de todo. Y, en efecto, occidente olvidaría la escritura c. 1200 a.C., con la caída del mundo micénico, y estuvo a punto de perder la escritura c. 500 d.C., con la caída del Imperio romano. Cataclismos, guerras y pestes, entre otras plagas, han sido responsables de las pérdidas de grandes bibliotecas y centros de conocimiento.
Sin duda, la pretensión de una biblioteca que abarcara todo el conocimiento humano y de un gran centro de investigación y enseñanza anejo hay que remontarla, en el mundo occidental, a Alejandría. Se estima que a mediados del siglo III a.C., bajo la dirección de Calímaco, la biblioteca poseía cerca de 490.000 libros (o rollos de papiro, más bien) y que dos siglos más tarde habrían aumentado hasta los 700.000. Son cifras discutidas –otros cálculos más prudentes les quitan un cero a ambas–, pero dan una idea de la magnitud de la empresa de los Ptolomeos. Fue heredera de la tradición de Atenas como ciudad del saber, con la Academia Platónica y el Liceo de Aristóteles, dos grandes instituciones preuniversitarias de investigación, enseñanza y acopio de libros. A través de eruditos como Demetrio de Falero, el citado Calímaco o Apolonio de Rodas, Alejandría supo tomar este legado y atesorarlo a lo largo de siglos. No solo cultura griega, por cierto, sino que a los reyes helenísticos les interesó traducir las escrituras judías –la llamada Biblia de los LXX–, las dinastías egipcias de Manetón o la historia de Fenicia. El esplendor del museo, el templo del saber junto a la biblioteca, fue notable y junto a los libros acudieron sabios de todo el mundo a estudiar astronomía, medicina, ingeniería, filología o filosofía. Alejandría se convirtió en la meca del saber, pero también tuvo un largo declive que acabó en una destrucción aún envuelta en enigmas.
Ya incorporada al mundo romano, la biblioteca siguió atrayendo a estudiantes y sabios, como Diodoro Sículo o Estrabón. Entonces, las escuelas de la paideia griega, especialmente en los campos de la retórica y la filosofía, interconectadas con Alejandría y Atenas, pueden entenderse bien como precursoras de las universidades posteriores. Henri-Irénée Marrou, en su «Histoire de l’Education dans l’Antiquité», afirma que es posible empezar a usar la palabra «universidades» para referirse a la educación superior grecorromana del siglo IV sin caer en un anacronismo excesivo. Ya el Museo de Alejandría como forma institucionalizada de erudición y comunidad académica, prefiguró la idea medieval y moderna de una «universitas studiorum» como comunidad de discípulos y maestros. Hay que citar otras grandes capitales como Antioquía, Éfeso, Pérgamo o Cesarea, pero Alejandría seguramente fue la más importante de todas.
La biblioteca y el museo acentuaron su declive en el siglo III, con las campañas de Aureliano contra Zenobia o con el cristianismo como religión oficial en el siglo IV, al relacionarse el saber atesorado en la biblioteca con el paganismo clásico. La importante biblioteca del Serapeo, fundación de Ptolomeo Evergetes y sede de los platónicos paganos más militantes, fue arrasada en el año 391 durante una revuelta instigada por el patriarca Teófilo. Más tarde, en 415, la filósofa y científica Hipatia moría a manos de una horda de monjes cristianos instigados por el siguiente patriarca, Cirilo. Aparte de la violencia interreligiosa, conflictos como los del siglo VII bizantino, ya fueran civiles o ya contra los persas, continuaron el rastro de destrucción de libros hasta la irrupción de los árabes en el año 640, cuando Alejandría fue capturada por un ejército musulmán comandado por Amr ibn al-As. Y fue justamente este general quien habría destruido la Biblioteca cumpliendo una orden del califa Omar.
Un caso paralelo es el de la fastuosa biblioteca de Nalanda, la gran universidad budista de la India, fundada en el siglo V d.C. por el emperador Kumaragupta I del Imperio Gupta. ¿Se podría llamar a Nalanda universidad en un sentido precursor, como a la Alejandría de Calímaco o a la Atenas de Platón? El concepto de universidad se asocia tradicionalmente a la Europa medieval, con las fundaciones desde tiempos de Gregorio VII, siendo pioneras Bolonia, París, Oxford o Salamanca. No obstante, estas instituciones tuvieron sus precedentes en la Antigüedad Tardía, no solo en el mundo griego, sino también en el indio: matemáticas, astronomía o medicina fluyen por Occidente y Oriente –como Grecia en el mundo mediterráneo fue la India para China, Bagdad, el sudeste asiático o Japón– y Nalanda es otro gran ejemplo de centro del saber. No solo transmitía hinduísmo, budismo, textos sagrados o lógica, sino también de medicina, astronomía, matemáticas, lingüística, gramática, retórica y política. Parece que llegó a atesorar nueve millones de libros y manuscritos, organizados en edificios como el de nueve pisos llamado Ratnodadhi. Fue el gran polo oriental del conocimiento de su tiempo. Un ejemplo famoso es el del monje Xuanzang, del siglo VII, que comenzó su peregrinaje de 5.000 kilómetros a la India en 629, pasó años estudiando y copiando manuscritos en Nalanda, y regresó a China en 645. El budismo mahayana se extendió así, entre historia y leyenda, por toda China: como pionero está la figura mítica del monje Bodhidharma, que se cuenta que habría viajado desde el sur de la India a la corte de Wu en China durante el siglo VI, para fundar monasterios e introducir el saber y las artes marciales indobudistas (el famoso monasterio de Shaolin es resultado de ello).
Pero también habrá ruina y decadencia para Nalanda. Ya en época de Xuanzang el centro del budismo estaba en un cierto declive frente a la floreciente periferia. Pronto la antorcha de los saberes se transmitiría desde allí a Sri Lanka, Sumatra, Corea, China o Japón. Como Alejandría, Nalanda supo pasar el testigo del saber con lealtad. Con el transcurrir del tiempo también esa biblioteca acabó medio destruida hasta su desastre final a finales del siglo XII (alrededor de 1197 d.C.) por causa de las invasiones turco-afganas lideradas por Bakhtiyar Khilji, y se quemaron sistemáticamente sus colecciones de libros, lo que representó una pérdida cultural inmensa y un golpe al budismo en la región. Se situaba esta conquista en el dominio progresivo del subcontinente indio por estados islámicos, con un momento culminante en la fundación del Sultanato de Delhi en 1206 (que dos años antes se produjo otra gran catástrofe libresca: la toma de Constantinopla por los cruzados y la subsiguiente ocupación occidental del trono bizantino).
En fin, hemos caído muchas veces, como recuerda el sacerdote egipcio del «Timeo» de Platón, pero lo importante es volver a ponernos de pie. Y eso gracias a guardar memoria de la cultura escrita u oral y transmitirla lo más lealmente posible a las siguientes generaciones. Las vidas paralelas de Alejandría y Nalanda, y tantas otras bibliotecas y universidades asoladas por las catástrofes, las guerras y la incuria, son una buena advertencia para siempre cuidar del saber.