El Domingo de Ramos mi madre irradiaba una felicidad que nos contagiaba. Disponía una hilera de sillas sobre la acera para invitar, allá en el pueblo, a la parentela y las amistades que, de ese modo, asistían a la gran procesión. Por la mañana barría y regaba ese trozo de acera convertido en palco principal. Me recuerdo, si la climatología no lo impedía, con pantalones cortos, aguardar ansioso el tránsito de las cofradías. Todo emocionaba. Los capirotes, los cirios, los pasos, el estallido color, ese especie de ramalazo flotando trufado de dolor contenido, de respeto a flor de piel. Pero las bandas de cornetas y tambores me hipnotizaban. Mucho enchufar en casa cuando acuden visitas, ahora, de viejuno, a Miles...
Ver Más