En un anuncio de Tabacalera de los primeros días de 1950 se solicitaban ofertas de terrenos para levantar una nueva fábrica de tabacos. Los plazos eran apremiantes: dos meses antes, el ministro de Hacienda —el sevillano Joaquín Benjumea Burín— había logrado que el Gobierno aprobara el traslado de la Universidad desde su sede en Laraña al imponente edificio de la calle San Fernando, lo que obligaba a la mudanza de la industria que llevaba allí enclavada dos siglos. «Se construirá una nueva factoría sin regateos de ninguna clase; se edificará y se pondrá en marcha con arreglo a la técnica moderna que hoy impera en los países adelantados», aseguró entonces el ministro.
En la posguerra la Real Fábrica aún atesoraba una...
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