Ah, los monstruos y su exquisita sensibilidad para lo pequeño, lo particular. Cuántos criminales se nos presentan irreconocibles en su taller de pintura, con las mimadas rosas y petunias o cuidando cachorrillos en la casa de campo. Esas delicadas pasiones que amansan a las fieras habituadas a derramar sangre y dolor a su paso. Casi todos los tiranos del siglo XX tenían salas privadas de cine y quizá se les escapara alguna lagrimilla en la semioscuridad. Hitler se derretía con la música clásica, y Stalin, en la ópera. Hannibal Lecter sublimaba su espíritu más elevado con los pinceles y la alta cocina. Al rato, dejaban a un lado sus tiernas aficiones y les volvía el asesino innato y premeditado. Ahora...
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