Durante la primera semana de aquel confinamiento no pude leer una sola página sin mirar de reojo el móvil. Los libros se amontonaban como facturas y mi atención solo servía para interpretar curvas, gráficos y tirarme de los pelos de la barba, como un demente. Se llama tricotilomanía, creo, pero son los nervios de siempre, la ansiedad de las paredes de marzo, la adrenalina de la vida en la frontera. Los días tenían cadencia de música de western y las praderas fueron solo fondos de pantalla. Todos paliamos la soledad como pudimos, pegados a la pantalla, enganchados a las redes y a los rumores o, lo que es lo mismo, haciéndonos adictos al ruido, a la brutalidad y a la...
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