Calle Alcalá, doce de la mañana. Los transeúntes cruzan hacia Cibeles, sacan a pasear la ansiedad en bolsas de Primark y recorren la ciudad volcados en sus propias angustias: buscar en las rebajas lo que en dos meses costará más caro; abastecerse de test de antígenos a granel porque si te llevas cinco en lugar de uno, ahorras dos euros y, también, cómo no, intentan lidiar con la desazón. Dan vueltas alrededor de sus propias rotondas: las cuotas por pagar, las cosas por decir, los hijos ingobernables, los padres que envejecen, la empresa que se va a pique, la baja laboral que el médico no termina de autorizar.
Sin noticias de Filomena, y bajo un sol de invierno que acalora,...
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