Carlos Sainz llegaba a la asistencia de Audi en el vivac del
Dakar enfadado. Molesto. El español no lo escondía. Se bajaba del coche, hablaba con su ingeniero y posteriormente se dirigía a
Sven Quandt, jefe del equipo. Gesticulaba claramente, como si diera indicaciones de varios rumbos.
Carlos y Lucas Cruz habían perdido 2 horas y 6 minutos en el kilómetro 257, el punto clave que marcó no solo la jornada, si no lo que resta de Dakar. Ahí, sorprendió ver que la gran mayoría de motos se perdieran antes del paso de los coches. Y cuando llegaron los
Sainz y compañía, sucedió lo mismo. Excepto para
Nasser Al-Attiyah, que dijo que una indicación al último momento de su copiloto
Baumel fue clave para ir por el camino correcto. El resto, dieron vueltas y más vueltas. Sainz regresó varias veces para volver a encontrar el camino, encontrándose quads y motos, también perdidas. Una locura que
Carlos no entendía. Estaba en caliente y trataba de morderse la lengua en sus palabras. Cuando debía estallar, agachaba la cabeza y daba un paso atrás. Se contuvo, pero fue muy claro.
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