Los heterodoxos: los «pecados» progresistas de Menéndez Pelayo
Menéndez Pelayo empezó a planear su Historia de los Heterodoxos españoles en torno a 1875, cuando tenía 19 años. En 1880 publicó el primer volumen y luego, entre 1881 y 1882, los dos siguientes. El origen de la obra es la famosa polémica sobre la ciencia española que protagonizaron dos Gumersindos, don Gumersindo Laverde, maestro del joven Menéndez Pelayo, y don Gumersindo de Azcárate, gran representante del progresismo krausista. Este segundo Gumersindo había expuesto en un ensayo que en España no había habido ciencia a causa de la Inquisición y sus manías represivas. Aquello irritó al primero, que, conocedor de la precocidad, la erudición y la capacidad de trabajo de Menéndez Pelayo, discípulo suyo, le animó a refutar aquella tesis, que, por otra parte, repetía tópicos muy antiguos, casi venerables ya, propios de la mentalidad progresista e ilustrada.
El resultado fue, primero, La ciencia española, con la que Menendez Pelayo se esforzó por demostrar que España era un país sumamente adelantado en la ciencia, a pesar o, mejor dicho, gracias a la labor incansable de la Inquisición. Vino luego la «Historia de los Heterodoxos», con la que se esforzó por ampliar la demostración desde otro punto de vista: no sólo había ciencia española, es que la única doctrina filosófica española había sido consecuencia de la ortodoxia católica. Para ello, se embarcó en el repaso de todas las «heterodoxias» –no quiso hablar de herejías– que se habían dado en nuestro país y dejar bien claro que no eran más que estériles desvíos.
Los heterodoxos
A pesar de su longitud y erudición, la obra fue un éxito inmediato. Se debió, sin duda, a la prosa de Menéndez Pelayo: limpia, directa, casi siempre ajena a la retórica y en más de una ocasión irónica y divertida. El autor, que no aspiraba a la imparcialidad, reivindica una posición católica y esto, aliado con su inteligencia, su curiosidad y su simpatía por los autores que va rescatando, le proporciona al texto una viveza que nunca ha perdido atractivo. También estaba, y sigue estando, el caudal de obras y autores que sacó en su momento de la oscuridad más completa y a los que dio nueva vida como personajes de carne y hueso, lejos de cualquier abstracción ideológica.
Menéndez Pelayo es inconcebible sin su amor al clasicismo y la atmósfera liberal de la Monarquía
De la monumental obra original, los responsables de esta reedición han elegido, con buen tino, cuatro secciones: las dedicadas al erasmismo, al jansenismo (es decir a los adversarios de los jesuitas en el siglo XVIII), al pensamiento ilustrado y, como remate, al krausismo. Por su incisividad, su brillantez y su ironía, esta última, dedicada a la secta que había triunfado, y fracasado, con el Sexenio revolucionario, entre 1868 y 1874, se cuenta entre las más conocidas de la obra. El éxito posterior del krauso institucionismo, más sectario aún que el krausismo original, le otorgó una larga actualidad, no agotada hoy en día. Los erasmistas cuentan con retratos tan fascinantes como los dedicados a Juan de Valdés, y los enciclopedistas con personajes como Olavide y el abate Marchena, hacia los que Menéndez Pelayo no disimula su simpatía. En el famoso epílogo de 1882, Menéndez Pelayo dio por culminada su demostración. Los heterodoxos españoles, por muy atractivos e incluso novelescos que fueran algunos de sus representantes, no habían logrado crear un pensamiento original y consistente. Si presentan alguna constante a lo largo de su historia, es la querencia por el panteísmo, en el que, según Menéndez Pelayo, naufraga -o se deslíe- siempre la heterodoxia española, hasta los krausistas, que lo llamaron «panenteísmo» por aquello de la originalidad.
Liberal y clasicista
El éxito de los «Heterodoxos» y la novedad de su planteamiento demostraron, paradójicamente, la variedad y la calidad de la heterodoxia española. Y Menéndez Pelayo pasó a convertirse en el santo patrón de quienes se reclamaban de ellos. El trabajo que ningún progresista había sido capaz de hacer, ni siquiera de abordar, lo había hecho un católico conservador, lo que revela una realidad incómoda para muchos. Y es que Menéndez Pelayo resulta inconcebible sin su amor al clasicismo y la atmósfera tolerante y liberal de la Monarquía constitucional. De ahí, en parte, la animadversión hacia Menéndez Pelayo manifestada siempre por la izquierda. Hace no mucho tiempo, una indocumentada directora de la[[LINK:TAG|||tag|||633616285c059a26e23f7b88||| Biblioteca Nacional]], digna predecesora del fanatismo de las leyes de Memoria, quiso retirar, y probablemente destruir en auto de fe, su estatua del vestíbulo de la institución.
La obra todavía invita a reflexionar sobre lo que somos y sobre lo que queremos ser
Aunque doliera entonces y siga doliendo hoy en día, su liberalismo intrínseco fue el menor de los varios pecados de leso progresismo en los que incurrió Menéndez Pelayo. Uno no menos grave, mortal de necesidad, fue dar por demostrado que España y la cultura española son inseparables del catolicismo. España, en resumidas cuentas, sería católica o dejaría de ser España. La tesis se oponía a lo que parecía una ley de la Historia, que era la de la secularización, primero de las elites y más tarde del conjunto de la sociedad española. A pesar del retraso español, el camino de la modernidad pasaba sin remedio por el olvido, o la destrucción del catolicismo. La negativa de Menéndez Pelayo lo convirtió en la principal de las referencias del debate que movilizó, como no podía ser menos, las pasiones de los españoles.
La respuesta más contundente llegaría de la mano de [[LINK:TAG|||tag|||6336150287d98e3342b26c2f|||Azaña ]]–gran menendezpelayista, por otra parte–, cuando en plena[[LINK:TAG|||tag|||63361c695c059a26e23f85e7||| Segunda República]] contestó al erudito, fallecido hacía casi veinte años, proclamando que España había dejado de ser católica. Como Azaña quería, la afirmación fue entendida como una consigna para una acción política revolucionaria de descatolización de España, obsesión de la izquierda desde 1900.
El tercer gran pecado de Menéndez Pelayo se deducía de este último, y consistía en afirmar una idea de España según la cual la nación tenía una entidad propia, no ajena a la historia –porque creada en ella–, pero sí cuajada y no sujeta a la voluntad de quienes la componen. Si las revoluciones de finales del siglo XVIII–en nuestro país, en los primeros 40 años del XIX– habían instaurado una nación que dependía de la voluntad de los ciudadanos, la nación de Menéndez Pelayo requería de los nacionales el respeto a su propia naturaleza, que no pueden desvirtuar sin perder la identidad que le es propia. Todos estos debates parecían haber pasado a la historia hace muy poco tiempo, cuando la nueva ortodoxia daba por seguro que modernidad y secularización van de la mano, y la idea de nación –salvo las naciones nacionalistas, claro está– tenía fecha de caducidad.
La actualidad ha cambiado la perspectiva hasta un punto inimaginable entonces. Hoy en día, la afirmación de que España es católica por naturaleza ha empezado a dejar de ser un arcaísmo y son cada vez más numerosas las voces que argumentan, desde perspectivas muy diferentes, lo que consideran una realidad. En consecuencia, también empiezan a ser muchas las voces que afirman que la nación es una entidad superior a la voluntad de los nacionales y que es el deber de estos preservarla, por encima de los regímenes políticos. Los matices son infinitos, sin excluir las contradicciones, pero ha vuelto a emerger, con una vitalidad inesperada, una forma de pensar tradicional y nueva a la vez. En este panorama irrumpe esta antología de los «Heterodoxos». Viene precedida por un prólogo esclarecedor de Pedro González Cuevas, que sitúa el pensamiento y la obra de Menéndez Pelayo en las corrientes ideológicas y políticas de la época. Y va seguido de un perspicaz epílogo de Gabriel Albiac sobre el significado de la «heterodoxia», válido para España y para muchos otros países europeos. La selección habría quedado más redonda de ir acompañada de algunos extractos de las dos «Advertencias Preliminares», y de la versión completa del breve y célebre epílogo de 1882, las tres de Menéndez Pelayo. Aun así, es una buena invitación para leer una obra convertida en un clásico desde el mismo instante de su publicación y que no ha perdido la capacidad de entretener y, sobre todo, provocar e incitar a la reflexión sobre lo que somos y lo que queremos ser.