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Las cuatro edades de Cayetana de Alba

Abc.es 
Es probable que no haya nadie cuyo recuerdo perviva en el imaginario de la ciudad con el vigor con que lo hace Rosario Cayetana Fitz-James Stewart y de Silva , conocida por todos como Cayetana de Alba. Cuando el pasado lunes, agradeciendo el premio Paco Robles a la trayectoria cofrade, el galardonado de este año, el ex hermano mayor de los Gitanos, José Moreno Vega, hacía memoria de tan ilustre vecina, estaba reavivando un sentimiento colectivo hacia la aristócrata que ni su muerte ha logrado apagar. Con la perspectiva que da el siglo que contempla su existencia, no resulta difícil marcar hasta cuatro etapas bien definidas en su dilatada vida, cada una con su propia idiosincrasia. Fue sucesivamente Rosario Cayetana, Tana, la marquesa de San Vicente del Barco, la duquesa de Montoro, la duquesa de Alba y simplemente Cayetana. Y todos esos tránsitos vitales están reflejados en las páginas de ABC, que acompañó su vida y ahora lo hace con su centenario. Cayetana de Alba no se movió un milímetro de cuanto se esperaba de ella y actuó en consecuencia como actuaban entonces los aristócratas, ejerciendo la caridad en las escuelas salesianas o deslumbrando con vestidos y joyas impensables en la España pobre y pacata de su adolescencia y juventud. ABC ha sido testigo privilegiado de esa impronta imborrable desde el alumbramiento de una niña el domingo 28 de marzo de 1926 . En la página 15 de la edición de la mañana del martes 30, un pequeño suelto en la sección de Ecos de Sociedad compartiendo página con las reseñas de los espectáculos taurinos del Domingo de Ramos en diversos puntos de la geografía española daba cuenta del natalicio. «Ha dado a luz, con toda felicidad, una preciosa niña la duquesa de Alba. La recién nacida, primogénita del ilustre matrimonio, viene al mundo para asegurar la sucesión de estirpes tan esclarecidas como las de los Berwick y Alba y la de los Híjar . Con tan fausto motivo, hasta el palacio de Liria están llegando las tarjetas y felicitaciones de las numerosas amistades con que cuentan los duques de Alba, a cuyo natural contento se suma toda la sociedad de Madrid», decía aquel suelto. Cayetana había entrado en la historia, también de esta casa, aunque todavía no se la nombraba así. El jueves 1 de abril aparecía ya el nombre por el que se la conoce desde hace un siglo: «El bautizo de la primogénita de los duques de Alba se celebrará en Palacio, y serán los padrinos los Reyes, Don Alfonso y Doña Victoria. Se impondrá a la heredera de la gran casa los nombres de Rosario Cayetana. El primero es el que llevó la difunta duquesa, madre del actual duque, y el que llevan la esposa de éste y su madre, la duquesa de Aliaga». En efecto, el bautizo de la heredera de los Alba fue todo un acontecimiento. Aunque curiosamente no se mencionaba el nombre con el que ha pasado a la historia. Decía así la reseña del sacramento, administrado el 15 de abril: «Poco antes de las doce llegó al Regio Alcázar una carroza de gran gala de la casa ducal de Alba, conduciendo a la neófita, en brazos de una 'nurse', y a su padre, el duque de Alba, de uniforme de maestrante, precediendo a la carroza un coche de París de media gala tirado por seis caballos blancos [...] Su Majestad la Reina Doña Victoria tomó en brazos a su ahijada, dirigiéndose la comitiva al salón de Gasparini. El patriarca de las Indias, revestido de pontifical, administró, con el ceremonial acostumbrado, las aguas bautismales, actuando de padrino S.M. el Rey. A la neófita se le impusieron los nombres de María del Rosario, Rita, Josefa y Columma». Pero el nombre de Cayetana, de indudables ecos en la casa ducal, no tardó en unirse a la persona, aunque fuera todavía una niñita, como evidencia este aviso de Ecos de Sociedad de marzo de 1930: «La marquesa (sic) de Aliaga, acompañada de su nieta Cayetana, hija de los duques de Alba, ha llegado a Madrid. La ilustre dama marchará en breve a París, para reunirse con la duquesa de Alba, que, por cierto, se encuentra en perfecto estado de salud». Para entonces ya se habían detectado los primeros síntomas de la enfermedad que la aquejaba, la temible tuberculosis que le obligaba a pasar largas temporadas en los sanatorios alpinos de Suiza y le impedía contacto con su hija Cayetana para evitar el contagio. El 11 de enero de 1934, sin haber cumplido los ocho años, Cayetana perdió a su madre. El periódico hacía memoria al día siguiente: «La duquesa de Alba ha muerto prematuramente, en un día gris y nebuloso, de esos días en que Madrid juega a parecerse a Londres. La vida le debía aún muchas sonrisas y muchas horas de sol». El periodista Juan Spottorno, que firmaba las crónicas de sociedad con el pseudónimo de Gil de Escalante, rememoraba la relación de Totó Aliaga con Sevilla: «Sevilla y sus ferias de abril. El palacio de las Dueñas, donde los más ilustres nombres extranjeros figuraron en sus listas de huéspedes. La duquesa de Alba sabía tener su casa de Sevilla como supo hacer los honores de su casa de Madrid. El sitio más elegante de Sevilla no era nunca el señalado, para la fecha que fuese, en su programa de feria. Era otro, que los sevillanos buscaron siempre, y que se podía presentir ante esta pregunta, que subía hasta las azoteas llenas de sol y corría por los recovecos todos del barrio de Santa Cruz: -¿Dónde irán esta tarde 'los de las Dueñas'…? En eso, en su presencia activa en Sevilla, Cayetana de Alba siguió la estela que su madre había dibujado hasta su prematura muerte a la edad de 33 años. La Guerra Civil impuso un paréntesis de exilio a su relación con la ciudad que la prohijó desde bien temprana edad. Para su puesta de largo eligió Sevilla. Fue el 27 de abril de 1943, como recuerda la nota de ABC de dos semanas antes: «El duque de Alba ha cursado tarjetas a sus amistades invitándoles al baile que con motivo de vestirse de largo su hija María del Rosario Cayetana, marquesa de San Vicente del Barco, tendrá lugar en el Palacio de las Dueñas de esta ciudad, el próximo 27 a las once de la noche. El traje para las señoras es vestido de noche o flamenco, y para los caballeros, de etiqueta». En mayo de 1945, Cayetana de Alba fue elegida reina de la fiesta de los juegos florales del Ateneo, en homenaje a los hermanos Álvarez Quintero. «La duquesita de Montoro», como se la nombraba desde que su padre le cediera el título nobiliario en su puesta de largo, era la estrella de aquella reunión en la que Pemán hizo de mantenedor y se premió a Rafael Laffón. El fin de la contienda bélica significó la vuelta de los Alba y de Cayetana, a la que ya conocían con el diminutivo de su nombre, como acredita esta noticia del 9 de julio de 1946 sobre una fiesta de beneficencia en el reconstruido palacio de Liria de Madrid: «Tratándose de la bellísima Tana, que a su encanto y simpatía une una inagotable caridad, del entusiasmo y actividad desplegado por los demás organizadores [...] y del marco incomparable en que se desarrolló la reunión, no hay que decir que ésta resultó un éxito completo». No extrañó, por tanto, que Cayetana de Alba eligiera Sevilla para su boda, el domingo 12 de octubre de 1947, con el ingeniero de Icai Luis Martínez de Irujo. «Sevilla entera participó en ella y aportó como regalo de boda, su mejor presente: un sol espléndido y el entusiasmo de todo un pueblo que como homenaje cubría en apretadas filas la carrera de la comitiva nupcial. Y es que quien se casaba es algo muy nuestro, que con su carácter, lleno de simpatías, a todos se ha sabido ganar». Hubo misa de comunión en el oratorio del palacio de las Dueñas a las nueve de la mañana y ceremonia de desposorio, oficiada por el arzobispo de Valencia, en el altar mayor de la Catedral a las 12.30 del mediodía con posterior misa de velaciones. De allí, a la basílica de la Macarena, donde Cayetana depositó el ramo de novia. «Vestía la duquesa de Montoro lindo traje de albo raso natural, con encajes antiguos, cubriéndose con velo de tul ilusión y coronada por la espléndida diadema de perlas y brillantes , regalo de bodas de Napoleón III a la emperatriz Eugenia», reseñaba el periódico del martes 14, que ponderaba el banquete nupcial a los mil invitados en el palacio de las Dueñas. Al año justo, el 13 de octubre de 1948, ABC informaba en su edición madrileña del bautizo del primogénito de la duquesa de Montoro en la parroquia de San Marcos en estricta intimidad por el reciente fallecimiento de la duquesa de Híjar, bisabuela del neófito, al que se le impusieron los nombres de Carlos y Juan. «Como nota curiosa puede añadirse que se encontraban en este bautizo cinco generaciones: el recién nacido; su padre, duque de Montoro; ambos abuelos, duques de Alba y Sotomayor; bisabuelo, duque de Híjar; y el marqués de Velada, esposo que fue de doña Adela González de Castejón, su tatarabuela». El bautizo del segundo hijo, Alfonso , tuvo lugar en la capilla del Obispo, canónicamente San Juan de Letrán, de Madrid en noviembre de 1950. Fue el último nieto que conoció el duque de Alba , que murió, enfermo de cáncer de pulmón , en Ginebra mientras visitaba a la Reina Victoria Eugenia el domingo 27 de septiembre de 1953. Desde entonces, su heredera pudo ser nombrada con todo merecimiento con el apelativo que la inmortalizó: Cayetana de Alba. A finales de esa década de los 50, empieza a ser objeto de interés periodístico más allá de las reseñas de los ecos de sociedad, afianzando su presencia pública. Así, aparece en Blanco y Negro, la revista hermana mayor de ABC, un reportaje titulado 'Una pintora que firma Cayetana' en agosto de 1961 en el que se leía: «Nuestra pintora es joven, tímida, parece arrancada de un retrato moderno con su vestido rojo, su melena rubia y sus ojos de niña [...] Pinta todas las mañanas, horas y horas frente a su caballete, sola, mientras su marido trabaja, los niños están en el colegio y, parece que muy lejos por la quietud que envuelve el palacio, vive intensamente la ciudad». Se puede considerar ese reportaje como el alumbramiento de una nueva Cayetana , cercana y a la última moda, casi convertida en un icono pop de aquella década alocada. La duquesa de Alba figuraba por méritos propios en el escalafón de personalidades de la nueva España que estaba por llegar. Simbolizaba la nueva mujer que se abría paso decidida en el mundo exclusivamente masculino del régimen franquista. A primeros de 1963, una encuesta del diario 'Pueblo' que dirigía Emilio Romero, la señalaba como «personaje popular» del año recién concluido. La entrevista publicada en ABC el 7 de abril de 1963 (apenas tres días después de haber dado a luz a Cayetano, su último hijo varón) bajo el título genérico de «Psicoanálisis» vendría a afianzar esa imagen renovada en el gran público. La firmaba Julián Cortés Cavanillas, una de las grandes plumas del periódico en aquellos años, y la perfilaba el caricaturista Méndez Chacón. Era una entrevista de tres páginas ilustrada con una foto familiar (el matrimonio con los cuatro hijos mayores) y de ella montando a caballo. Todo era nuevo, incluso, por supuesto, el desparpajo con el que la aristócrata con más títulos de España respondía. «-Duquesa, ¿te gusta o no el mes en que naciste? -Me gusta. Nacer al final de marzo, cuando también acaba de nacer la primavera, es ilusionante y maravilloso. El signo de Aires da fuerza y optimismo. Y yo, desde que tuve uso de razón, fui optimista. -¿Qué opinión tienes de ti misma? -Me creo muy sincera, con bastante amor propio, con muy mal genio, aunque no lo parezca, y cuando algo me gusta me entrego por entero. Soy así, muy abierta. -En esta hora del mundo, ¿cuál ha de ser la función de la nobleza? -Ponerse al día, dando sobre todo buen ejemplo, haciendo el bien y allanando los caminos en el orden social.» Las apariciones en público se multiplican y Cayetana se granjea el aprecio de todos. Viene en 1966 a la Feria y monta a caballo con Jacqueline, la viuda de John Fitzgerald Kennedy. El 20 de marzo de 1967, el alcalde de Sevilla, Félix Moreno de la Cova, consigue del pleno la unanimidad para nombrarla hija adoptiva de la ciudad en virtud de los méritos que concurrían en su persona: «Habló de las constantes obras de caridad, abnegada tarea de todo orden en pro de sus semejantes, así como su tradicional sevillanismo. A la vez dio cuenta de un escrito que había recibido de la popular cofradía de los Gitanos, cuyo cabildo acordó adherirse a esta distinción que se otorga a su camarera honoraria». En 1968 nació Eugenia Martínez de Irujo, la benjamina de la familia y la única niña del matrimonio, que venía a colmar la felicidad conyugal. Pero ni un lustro después, ésta iba a romperse de forma abrupta. El periódico informaba el 7 de septiembre de 1972 del fallecimiento de Luis Martínez de Irujo en Houston (Texas, EE.UU.) a donde había acudido a tratarse de una leucemia que acabó con su vida. Cayetana y tres de sus hijos mayores estuvo al pie de la cama en el Center Pavilion Hospital donde el doctor Freireich lo trataba en las semanas previas a su óbito. La España oficial quedó conmocionada con la noticia. La noticia periodística apuntaba que «el Jefe del Estado fue informado de la muerte del duque de Alba, según su Casa Civil, a bordo del yate 'Azor', que navegaba por aguas del Cantábrico». Altos diplomáticos españoles se trasladaron a la ciudad texana de Houston para expresar las condolencias del régimen y ayudar con los trámites de repatriación del cadáver. Aquel mazazo emocional vino a ser como el telón que cae en el intermedio de la función en el gran teatro del mundo. Cayetana se veía sola, con seis hijos, encargada de gestionar el patrimonio de la Casa de Alba para el que nadie la había preparado. Tocaba reinventarse. Y esta nueva mutación sorprendió a todos. El 9 de marzo de 1978 saltó la gran sorpresa. La agencia de noticias Efe confirmó que Cayetana de Alba, próxima a cumplir 52 años, se iba a casar con el director general de Música, el sacerdote secularizado Jesús Aguirre , ocho años más joven que ella. «Boda hay -señalaron en la secretaría particular de la duquesa de Alba- pero no podemos decir nada más. Desde luego, y por orden expresa de la duquesa, no asistirá a la misma ningún periodista». Dos días más tarde, comparecieron los novios ante la prensa para acallar rumores y sacudirse la presión. Jesús Aguirre acaparó todos los focos y pasó al ataque. «No estoy haciendo el numerito de Napoleón con Josefina -comentó con cierta ironía. Y riéndose, prosiguió: 'Porque Cayetana es para mí más importante que Josefina. Y yo, por supuesto, no soy Napoléon'». El afamado fotógrafo Gyenes distribuyó las fotos del enlace, desarrollado en la capilla privada de Liria el 16 de marzo ante un centenar de invitados, actuando como padrinos el primogénito de Cayetana, Carlos Huéscar, y la madre del novio, Carmen Ortiz de Zárate. Nada que ver con la boda sevillana de 1947 entre el calor del pueblo llano. «A media mañana comenzaron a llegar los invitados. Las puertas de la verja que rodean al palacio se cerraron a las doce y media del mediodía, señal de que había comenzado la ceremonia, al término de la cual se sirvió un almuerzo en el propio palacio», puntualizaba la escueta reseña de ABC de aquel día. Jesús Aguirre no encajaba en el perfil aristocrático de la Casa de Alba. Era un intelectual, teólogo formado en Munich, traductor de los filósofos de la Escuela de Fráncfort. Tomó las riendas de la casa ducal, que modernizó y estructuró. Eran los años de la Transición, que también se vivía en las casas aristocráticas españolas. Cayetana de Alba simpatizaba abiertamente con Felipe González y su proyecto modernizador tras la victoria socialista en las elecciones de 1982. En el palacio de Dueñas, Cayetana siempre se mostró especialmente orgullosa de una imagen de ella a caballo por el coto de Doñana que le había tomado el presidente del Gobierno. Su presencia en el acto de homenaje a la duquesa en su centenario así lo indica. En 1988 se supo que ETA la había tenido bajo seguimiento para secuestrarla. Pero ese año se recuerda por el enlace del duque de Huéscar, heredero del título de Alba, con Matilde Solís Martínez-Campos, hija del marqués de la Motilla. Fue una boda de tronío en el altar mayor de la Catedral a imitación de la suya propia. El verano anterior, habitual entre la jet set marbellí durante sus veraneos ibicencos, Cayetana aceptó un título plebeyo que le hizo especial ilusión: Lady España 1987 . La crónica de la novelista Elvira Yebra para ABC del 15 de agosto, es un retrato de época con todos los nombres propios en negrita que salpicaban el texto: «El Puerto de Santa María dio la bienvenida y ofreció sus mejores agasajos a la que es, sin duda, la aristócrata más carismática y popular de España». Y continuaba: «La nueva Lady, obedeciendo a los impulsos de su personalidad, se presentó sin joyas, sólo un pequeño brillante colgaba de una cadena; ahora, que no podían faltar los volantes en su elegante vestido negro y verde diseñado por Godelia. A su lado, el duque de Alba sonreía discretamente, con seguridad, disfrutando de un festejo digno de ser novelado». Rehusó ser coronada y sólo recibió la banda acreditativa. Con los preparativos de la Expo92 y el nombramiento de Jesús Aguirre como comisario de la ciudad para la muestra universal, Cayetana pasaba largas temporadas en Sevilla, de la que se hizo incondicional. «Desde pequeña mi conexión con Sevilla es muy fuerte. Siempre he venido en primavera. Porque esta casa en invierno resulta fría. Prácticamente vivimos en Sevilla casi la mitad del año. Yo adoro Sevilla por encima de todos los sitios y es el lugar donde mejor me acoplo, donde más a gusto me encuentro», confesaba a J. Félix Machuca en una entrevista con este periódico en abril de 1985, posando por la casa de las Dueñas con Jesús Aguirre. Desde mediados de los años 80 le llovieron premios, agasajos y reconocimientos. La reclamaban en El Rastrillo, que ha cumplido cuarenta años, y en todos los acontecimientos benéficos. Se implicó en muchísimas causas, como la esclerosis múltiple cuyo centro asistencial lleva su nombre. O la coronación de la Virgen de las Angustias de los Gitanos, de la que fue camarera de honor y hermana desde que estaba soltera. En 1996 le donó un manto con el escudo de la casa ducal. El paroxismo llegó con la boda de su única hija, Eugenia, con el torero Francisco Rivera , hijo de Paquirri y nieto de Cayetano Ordóñez. Fue en octubre de 1998, el mismo año que roturaron una plazoleta con su nombre en marzo e ingresó en la Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría en mayo. El nombre de Cayetana se hizo indisociable del de Sevilla. Aquí le sorprendió la muerte de Jesús Aguirre, de embolia pulmonar, en el palacio de Liria de Madrid, el 11 de mayo de 2001. El funeral en Sevilla, el 21 de mayo, fue una demostración de afecto y cercanía del pueblo, que consideraba a Cayetana como una sevillana más. Acudieron los duques de Lugo y ofició monseñor Amigo, arzobispo de Sevilla, en el nuevo templo de la hermandad de los Gitanos a cuya rehabilitación había contribuido la duquesa. El Sicab de ese año homenajeó a Cayetana, de nuevo viuda. Siguió así una década en la que su grupo de amistades sevillanas la arropó y la cuidó cuando tuvo problemas serios de salud. En 2006, el presidente de la Junta socialista, Manuel Chaves , le otorgó el nombramiento como hija predilecta de Andalucía en culminación al reconocimiento debido por su inveterada defensa de esta tierra. Tres años después, el Ayuntamiento aprobó colocar una estatua suya en los jardines del Cristina, pero la inauguración se demoró hasta mayo de 2011. En ese acto declaró a Sevilla como «la ciudad más maravillosa del mundo de la que me enamoré desde el primer momento». En Sevilla tuvo lugar su tercera boda, con el funcionario Alfonso Díez, en su círculo íntimo desde 2008. En agosto de 2011, un comunicado de Cayetana de Alba firmado de su puño y letra confirmaba el enlace para octubre de ese mismo año y ofrecía los detalles: «A dicho enlace no asistirá ninguna amiga por falta de espacio y para que no se puedan sentir ofendidas, con la excepción del doctor Trujillo, que me intervino quirúrgicamente. Los padrinos del enlace serán mi hijo Carlos y doña Carmen Tello, por expreso deseo de don Alfonso Díez. No habrá prensa, únicamente un fotógrafo que difundirá las fotografías a todos los medios». La nota remataba: «Finalmente, con este comunicado, agradecería a la prensa que cesen las especulaciones falsas y respeten mi tranquilidad». Cayetana se puso el mundo por montera por última vez a sus 85 años y se salió con la suya. El enlace se verificó el 5 de octubre ante sólo 38 invitados, oficiada por el sacerdote Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp , en el oratorio de la casa de las Dueñas. Fue la más genuina expresión de simbiosis con el pueblo sevillano cuando la duquesa bailó descalza unas rumbas interpretadas por Siempre Así a la puerta del palacio para algarabía de los espontáneos que se agolpaban ante la puerta de acceso. La duquesa de Alba murió tres años después, el 20 de noviembre de 2014. ABC lo recogió así con el titular de la crónica que firmaba Alberto García Reyes: «Cayetana Fitz-James Stuart se fue cumpliendo su lema: 'Vive y deja vivir'». Su entierro y funeral fue una demostración de afecto en todos los sentidos. Andando el tiempo, en 2017 se sustituyó la fría lápida por un monumento funerario tallado por el escultor Navarro Arteaga en el lateral del santuario de Nuestro Padre Jesús de la Salud con unos versos de la marquesa de Méritos que enlaza los nombres de Cayetana y Sevilla. Una obra cargada de simbolismo. En 1963, en la entrevista 'psicoanalítica' de Cavanillas, decía esto Cayetana: «-¿Qué escribirías como epitafio en tu futura tumba? -Solo el nombre. Donde ya no queda nada, ¿qué importan las palabras?» Se habrán borrado las palabras, pero queda el recuerdo sentido de quien unió su nombre para siempre al de la ciudad que más amó: Cayetana de Sevilla.

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