Castilla Termal: templos con alma para restaurar el cuerpo y la mente
En Olmedo, la villa vallisoletana de los «siete
sietes» (este era el número de plazas, fuentes, iglesias, conventos,
puertas, casas nobles y pueblos de su alfoz) aún se recuerda que, en esta
tierra de pinares, hubo un tiempo en el que los bosques de olmos
cobijaban a más de un vacceo fatigado.
Roberto García ha perdido la cuenta de los paseos
junto a los restos de su muralla y de las incontables ocasiones que,
desde niño, ha cruzado bajo el arco de San Miguel, y el de la Villa,
los dos que conserva la localidad teatral. Quizá lo hacía mientras recitaba,
vaya usted a saber, algún verso de «El Caballero de Olmedo», la célebre
obra de Lope de Vega que, seguramente memorizó, en parte, en el colegio.
O puede que llevara la cuenta mental de los huevos de dos y tres yemas
que, a lo largo del año, rescataba entre los recovecos ruinosos de la capilla
del Convento del Sancti Spiritus, propiedad de su familia desde 1954. Un
«negociete» de andar por casa que presagiaba su carácter emprendedor.
Si hay algo que el actual fundador de Castilla Termal recuerda con cariño era su querencia por descubrir, pico en mano, el ritmo mudéjar que se escondía bajo las paredes encaladas de este complejo monacal fundado en 1128 por la infanta Sancha Raimúndez; el baile humilde de ladrillo rojo y adobe (inconfundible legado de los artesanos musulmanes en territorio cristiano) detenido en las paredes encaladas; la paz que, sin fisuras, todavía le regalan sus muros; la fuerza inexorable de una corazonada, porque donde otros percibían la decadencia en estado puro, él adivinó la que, para algunos, es la 50 maravilla de Olmedo: un balneario comprometido con la sostenibilidad, los viajeros y el patrimonio. Un destino relajado que no caduca en la memoria y donde la gastronomía (y desayunos kilómetro 0) es sabrosa.
En el año 2024 se cumplieron dos décadas desde que, tras una titánica rehabilitación con un equipo multidisciplinar propio, el primer balneario de Castilla Termal Hoteles viera la luz. A esta filosofía de transformar edificios históricos con alma en espacios de bienestar, se sumó posteriormente el Monasterio de Valbuena en Valladolid y, fuera de esta provincia, joyas patrimoniales del Burgo de Osma (Soria), Solares (Cantabria) y Brihuega (Guadalajara). Y en este 2026, la colección incorporará Castilla Termal Palacio de Avellaneda en Peñaranda de Duero (Burgos).
Damajuanas y viñedos de oro
Olmedo siempre será el primero que obró la transformación.
Aquel remanso rico en espiritualidad y pobre en recursos, hogar
contemplativo y litúrgico de las monjas cistercienses (actualmente en
clausura en el Monasterio de Nuestra Señora de Vico en Arnedo, La
Rioja) estaba destinado a devolver el sosiego a los viajeros que
recorren, envueltos en un albornoz, este edificio con peso histórico: Santa
Teresa de Jesús y Juana I de Castilla residieron en este convento,
situado extramuros, cuya desconexión del mundanal ruido emerge a 22
grados.
Si bien los beneficios de sus aguas de mineralización fuerte eran contraproducentes para cultivar la tierra, como confirmaron los análisis pertinentes, sí reunían diversas propiedades terapéuticas y antiinflamatorias: alivian el estrés, adormecen la ansiedad y mejoran las contracturas que nos provoca el ajetreo del día a día.
Un manantial bajo los muros
En la actualidad, el hotel cuenta con un total de 82
habitaciones muy espaciosas. En la zona wellness, el histórico manantial
de Sancti Spíritus, descubierto bajo los muros, bailotea entre chorros de
intensidad variada. ¡No hay rincón del cuerpo que se les resista! Además, el circuito
de contrastes dispone, alrededor de su pediluvio-fuente, de sauna,
baño turco y una sala de reposo con siglos de trasiego, ya que
aquí se ubicaban las cocinas.
Si alguien quisiera sumergirse en los alrededores de la
localidad de Olmedo, puede recorrer los subterráneos de la bodega
familiar que elabora De Alberto Dorado, un 100% con uvas Verdejo
reconocido como el Mejor Vino de Licor en los Premios Alimentos de
España 2025. El secreto de sus matices organolépticos se debe a la crianza
oxidativa en damajuanas, expuestas a la intemperie, y a su posterior
envejecimiento en soleras. Un total de 10.000 recipientes de vidrio
conforman esta particular playa que, bajo la luz del otoño, adquiere un
fulgor pajizo. Como el Olmedo que inmortalizó una de las obras más
internacionales del Siglo de Oro español.
En plena Ribera del Duero
El Monasterio de Valbuena, el primer cinco
estrellas de la historia de Castilla Termal, también tiene su propio
brillo: se ubica, valga la redundancia, en la Milla de Oro de la Ribera del
Duero. Aquí el lujo es el silencio, aunque lo extraordinario tiene
otras formas de expresión. A veces la sutileza susurra en los acogedores
pasillos de piedra que desembocan en las aguas mineromedicinales de su SPA
o a través de los tejidos naturales que visten sus 79 habitaciones.
Algunas se ubican en la parte histórica y otras despiertan frente al viñedo,
junto a un coro de pajarillos que gusta de picotear las uvas tempranillo
con las que se elabora el vino Converso: 20.000 botellas que los
huéspedes pueden armonizar al compás de los pases creados por el chef Miguel
Ángel de la Cruz, estrella Michelin verde y referente nacional
gracias a una cocina que habla de territorio, sostenibilidad y el potencial
sabroso de la piña y el piñón.
En otras ocasiones, el llamado lujo silencioso clama
al cielo en el claustro, con la quietud de la mañana, o durante una
deliciosa comida castellana en el antiguo Anguilero de los monjes.
Lo que no tiene calificativo es bajar los 23 escalones que conducen al Centro
de Conservación y Restauración de la Fundación Las Edades del Hombre. A 45
grados de humedad y a unos 23 de temperatura, hay quien dedica su
vida a recuperar el esplendor del arte. Y verlos trabajar en silencio,
entre dos virtudes, es lo más parecido a un regalo celestial.