¿Cuántas mentes brillantes nunca supieron que lo eran?
No todos los talentos que una sociedad pierde se fugan en busca de mejores horizontes profesionales y personales: muchos ni siquiera fueron detectados y reconocidos por el sistema en su totalidad. El hogar, la escuela, el colegio o la universidad falla en detectarlos, y, si los detecta, muchas veces resulta insuficiente para retenerlos.
Nos preocupa –y con razón– la inversión pública que se pierde y el capital humano que no retorna en cada persona que, habiendo hecho una carrera en el sistema educativo y productivo del país, busca mejores oportunidades en otros países. Pero existe una fuga más silenciosa y profunda: la del talento que nunca llega a desarrollarse. No es el talento el que se va del país. Es el talento que el país nunca supo reconocer.
En cada escuela y colegio, hay niñas, niños y adolescentes con capacidades extraordinarias. Algunos resuelven problemas con una lógica sorprendente; otros escriben con una sensibilidad inusual; otros muestran una intuición científica precoz, una capacidad artística notable o un liderazgo natural. Es incuestionable que el talento humano no está concentrado en un grupo social específico: está distribuido. Lo que no está distribuido de manera equitativa son las oportunidades para desarrollarlo. Es ahí donde el sistema, en su totalidad, ha fallado.
Nadie duda de que nuestro sistema educativo ha hecho un esfuerzo histórico encomiable por ampliar la cobertura. Universalizar la primaria y expandir la secundaria fueron conquistas democráticas incuestionables. Pero la universalización tiene límites cuando no va acompañada de personalización. En aulas numerosas, con currículos rígidos y evaluaciones estandarizadas, el sistema termina enseñando al promedio. Y el promedio, en la vida real, no existe. Peor aún, la mayoría de las veces, más que al promedio, se tiende a la moda estadística que está muy por debajo del promedio.
Quienes enfrentan mayores dificultades no siempre reciben el acompañamiento necesario y, gradualmente, se desconectan. Pero tampoco quienes tienen capacidades sobresalientes encuentran retos que los estimulen. Se aburren, se diluyen, pasan inadvertidos. En ambos extremos, el país pierde potencial. No hablo necesariamente de personas con alta dotación.
La deserción escolar revela esa fractura estructural. Aunque el acceso a la escuela primaria es casi universal y la deserción es muy baja (aproximadamente igual a 1,5%), cerca del 30% de los jóvenes no completa la educación secundaria, y el porcentaje es mayor entre los hombres. Muchas veces se asocia con la inserción laboral temprana o con una desvinculación progresiva del sistema educativo. Asimismo, las mujeres enfrentan barreras estructurales específicas que también afectan su trayectoria educativa: embarazo adolescente, responsabilidades de cuido no remunerado, trabajo doméstico intensivo, uniones tempranas, violencia y desigualdades persistentes. El fenómeno no es lineal ni simple; expulsa de maneras distintas, pero expulsa.
Cada estudiante que abandona el sistema antes de completar la secundaria es una historia interrumpida, una vocación que quizá nunca llegue a descubrirse. Es una posibilidad colectiva que se pierde.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿estamos formando a nuestros maestros y profesores para detectar talento, o solo para cumplir con programas? La formación docente debería incluir herramientas para identificar altas capacidades, acompañar trayectorias diferenciadas y comprender que la diversidad en el aula no es un problema que gestionar, sino una riqueza que cultivar. Detectar el talento precoz no es un lujo elitista; es una política de desarrollo humano.
Pero la responsabilidad no debe recaer exclusivamente en el Ministerio de Educación Pública. Los gobiernos locales podrían desempeñar un papel mucho más activo. Sistemas municipales de apoyo al talento temprano –en ciencia, artes, deportes, humanidades– permitirían crear redes de mentoría, talleres especializados y espacios de estímulo complementarios a la escuela. Las bibliotecas, casas de cultura, centros cívicos y universidades públicas podrían articular programas que identifiquen y acompañen las capacidades desde edades tempranas.
Paradójicamente, la coyuntura demográfica abre una oportunidad histórica. Costa Rica enfrenta una disminución sostenida de la tasa de natalidad y, en consecuencia, una baja progresiva en la matrícula escolar. Lo que en otros momentos habría sido visto como una amenaza presupuestaria, podría convertirse en una ocasión estratégica: menos estudiantes por cohorte significan –potencialmente– más atención individualizada. Si se gestiona con visión, esta transición demográfica permitiría avanzar hacia un sistema más atento a descubrir, acompañar, potenciar y retener talentos.
El problema no es únicamente económico. Por supuesto, un país que desperdicia talento compromete su productividad futura. Pero, más allá de eso, cuando una sociedad no logra detectar y nutrir sus capacidades humanas, pierde riqueza cultural, científica y ética. Pierde a la investigadora que podría haber contribuido a resolver un problema sanitario; al ingeniero que habría innovado en energías limpias o a la escritora que habría narrado nuestra identidad con otra mirada.
La mayor pérdida de talentos ocurre cuando normalizamos que miles de jóvenes no terminen la secundaria, o que quienes lo hacen no accedan a la universidad. O cuando asumimos que todo se reduce a la matrícula, aunque no se acompañen las trayectorias diversas. O cuando confundimos igualdad y equidad con la uniformidad.
Si el talento está distribuido socialmente, pero las oportunidades no, estamos ante una falla estructural. No basta con retener a quienes ya lograron graduarse y buscan oportunidades en el exterior. El desafío está en identificar, estimular y sostener a quienes ingresan a un aula; a menudo, invisibles para el sistema.
¿Cuántas mentes brillantes nunca supieron que lo eran? ¿Cuántas capacidades extraordinarias se diluyeron en la masificación?
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.