Kevin Spacey y la sociedad de la culpabilidad
Hace pocos días se viralizó en redes el discurso del dos veces oscarizado actor [[LINK:TAG|||tag|||633614da59a61a391e0a0dab|||Kevin Spacey]] ante la Oxford Union Society, pronunciado el pasado 1 de diciembre de 2025. El discurso, al margen de una gran genialidad retórica, por otra parte como cabría esperar de una figura de su calado, jugó con la audiencia para revelar una verdad para algunos incómoda; la época de la cancelación y de la supuesta justicia social en la que vivimos es de todo menos justa. El actor relató un duro proceso de acoso y persecución. Una carrera destruida por acusaciones de abuso sexual que, tras tres juicios, se demostraron falsas. Una sociedad hollywoodiense envalentonada para realizar un linchamiento, limpiar del mundo todas las corrupciones y ser ellos, los líderes de los estudios y los grandes actores, quienes habían logrado poner en la picota a tal monstruo. Incluso cuando los juicios declararon que era inocente, se mantuvo el veto y el acoso, pues reconocer el error implicaría que podían equivocarse y, de hecho, la inocencia les resultaba incluso más incómoda, ya que ese hombre perseguido ya no era malvado, sino una figura «inconveniente» que mostraba la hipocresía de aquellos justicieros.
Kevin Spacey no hablaba, para sorpresa de muchos, de sí mismo. En un brillante juego con los asistentes, el actor había relatado la historia del mediático Fatty Arbuckle, una de las mayores estrellas del cine mudo, que en 1921 fue acusado falsamente de abuso y asesinato. Pese a su inocencia probada, moriría en la pobreza y sólo en 1933. En este momento, en el tercer acto, por así llamarlo, Spacey lanzaba a los asistentes a la actualidad más inmediata preguntando con convicción «¿Qué hemos aprendido?». Y es que es por todos conocido que el actor de «American Beauty» fue acusado en 2017 de abuso sexual al actor Anthony Rapp, sucediéndose tras eso varias denuncias de otros hombres en los siguientes años. En los juicios que llegaron a sentencia no fue declarado culpable, ya que Spacey fue declarado inocente o las denuncias fueron desestimadas o retiradas. Pese a esto, y como afirma a través de la historia de Arbuckle, su nombre ha quedado ya en la «lista negra» y sus antiguos compañeros son ahora sus verdugos. «Querían un villano y él era perfecto para ese papel», resumía en una trasposición perfecta entre su persona y el actor de cine mudo. Spacey resumía de tal forma los peligros de la sociedad de la cancelación.
Y es que nos ha tocado vivir en unos tiempos interesantes, como dice el supuesto parafraseo de una maldición de China. Una época convulsa en la que la presunción de inocencia, supuestamente la gran base de nuestros códigos legales, parece haberse convertido en el mejor de los casos en un arcaísmo divertido, y en el peor en una incomodidad directa a la hora juzgar y destruir las vidas de muchas personas, parece, casi por la satisfacción de poder hacerlo. En un mundo de redes sociales y comunicación cada vez más rápida, el riesgo de este tipo de sucesos es cada vez más destacado, aunque las consecuencias, como nos enseña el relato de Spacey, siempre suelen ser igual de trágicas. No cabe olvidarse de que en tiempos recientes figuras como Julio Iglesias han sido acusadas de lo mismo. Y sin querer defender al cantante, que en caso de que las acusaciones sean ciertas, no cabe sino el mayor de los desprecios, ha sido juzgado, atacado y denigrado sin que en la actualidad haya pruebas. Decenas de figuras políticas y sociales han cargado contra él y, salga o no inocente, la condena ya está hecha y su conciencia tranquila.
Una amenaza a la justicia
Y es que como recalca el informe «La cultura de la cancelación en redes sociales: Un reproche peligroso e injusto a la luz de los principios del derecho penal (2021)», esta cultura representa una de las mayores amenazas a la justicia en la actualidad, pues el juicio social sustituye a la ley, creando una suerte de tribunal digital paralelo donde es mucho más difícil cambiar la opinión de las personas que, curiosamente, demostrar la inocencia ante crímenes terribles en un tribunal. Lo mismo ocurre con la parte psicológica, y es que el mismo informe se hace eco de las consecuencias que, más allá de la parte laboral o reputacional, son el estrés, la ansiedad o la depresión, convertidos en los apellidos de este tipo de sucesos, incluso cuando se prueba la inocencia.
Al final del día, cabe pensar, como nos pide Spacey, «¿Qué hemos aprendido?» tras 100 años del suceso de Arbuckle. Nuestra sociedad, impulsada por ciertos grupos, cabalga hacia el juicio rápido y muchos hombres y mujeres esgrimen la cancelación como un arma de guerra, algo supuestamente de lo que estar orgulloso. Debemos considerar qué tipo de sociedad queremos crear, una basada en la justicia y el derecho a defender nuestra propia inocencia, o una en la que unas acusaciones vertidas en redes nos puedan convertir en «Sospechosos habituales».