La Policía británica detiene al exministro Peter Mandelson por sus lazos con Epstein
El escándalo por el caso Epstein sigue sacudiendo las instituciones del Reino Unido. Cuatro días después de la detención del ex príncipe Andrés, la Policía Metropolitana arrestó a Peter Mandelson, exembajador británico en Estados Unidos y uno de los grandes arquitectos del Nuevo Laborismo de Tony Blair. Al cierre de esta edición, el veterano estratega, de 72 años, figura clave en Westminster, estaba siendo investigado por presunta mala conducta en el ejercicio de un cargo público por su prolongada relación con el financiero pederasta. Tanto Mandelson como el hermano de Carlos III están acusados del mismo delito grave que, en su forma más extrema, puede conllevar cadena perpetua. Ambos niegan haber cometido irregularidades.
La imagen de Mandelson abandonando su domicilio en Camden escoltado por agentes, tras registros simultáneos en propiedades de Wiltshire y Londres, simboliza algo más que la caída de un superviviente político. Si el caso Andrés ha sacudido los cimientos de la Corona, el de Mandelson amenaza con erosionar el liderazgo del primer ministro, Keir Starmer. En Westminster se asume que forzar un relevo en Downing Street es institucionalmente más viable que cuestionar el modelo monárquico.
La presión sobre Starmer no es nueva. A principios de mes pidió perdón públicamente a las víctimas del llamado “caso Epstein” y admitió que fue un error nombrar a Mandelson embajador en Washington cuando ya eran conocidas sus conexiones con el magnate estadounidense, que se suicidó en 2019 en una cárcel de Nueva York mientras esperaba juicio por tráfico sexual de menores. Aquella disculpa, de tono inusualmente personal, no logró cerrar la crisis ni silenciar a los diputados laboristas que empiezan a cuestionar su continuidad.
El trasfondo judicial se ha agravado tras la publicación de miles de documentos por parte del Departamento de Justicia estadounidense. En más de 6.000 archivos aparece citado Mandelson. Scotland Yard analiza ahora si, durante su etapa como ministro con Blair, pudo facilitar a Epstein correos de Downing Street e información sensible para los mercados.
Su caída ha sido fulminante. Destituido el pasado septiembre, en vísperas de la visita de Estado de Donald Trump, abandonó después el Partido Laborista y renunció a su escaño en la Cámara de los Lores. El político al que durante décadas apodaron “el Príncipe de las Tinieblas” —por su habilidad negociadora y su instinto para moverse en la penumbra del poder— parece haber agotado todas sus vidas.
Pero el daño colateral puede ser mayor. El escándalo ya se ha cobrado la salida de figuras clave del entorno del primer ministro, como su jefe de gabinete Morgan McSweeney, el responsable de comunicación Tim Allan o el secretario del Gabinete, Chris Wormald. No son simples dimisiones: es la descomposición del núcleo estratégico de un Gobierno con mayoría absoluta pero creciente sensación de fragilidad.
En paralelo, Downing Street intenta contener la hemorragia con una estrategia de transparencia controlada. El Ejecutivo mantiene conversaciones con la Policía para determinar qué documentos relativos al nombramiento de Mandelson pueden hacerse públicos. El secretario jefe del primer ministro, Darren Jones, adelantó ante los diputados que el primer paquete verá la luz a comienzos de marzo. Pese a que se especuló con que la detención podría retrasar el proceso, el Gobierno insiste en que seguirá adelante.
El objetivo es claro: demostrar que Starmer fue engañado durante el proceso de verificación y que Mandelson “mintió” sobre la naturaleza de su relación con Epstein. Sin embargo, en Whitehall temen que los papeles contengan comentarios despectivos hacia Donald Trump que compliquen aún más la delicada relación bilateral.
El calendario no concede tregua. Este jueves se celebran elecciones parciales en Gorton and Denton, en Gran Manchester, feudo laborista durante un siglo. Más que un escaño, se examina la autoridad del primer ministro. Con una derecha radical en ascenso y un Nigel Farage hiperactivo en redes, la cita se ha convertido en un termómetro del desgaste gubernamental. Una derrota podría precipitar acontecimientos. Starmer llegó al poder prometiendo integridad y regeneración. Hoy lucha por convencer a su partido —y al país— de que sigue siendo el hombre capaz de garantizar ambas.