La inquietante frontera entre mis ideas y lo que envía mi celular
Por fin ha sucedido. Por mucho que lo viniera barruntando hace ya rato y presagiándolo casi como un destino inexorable, el evento no dejó de asombrarme, aunque no me pillara de sorpresa. Como cuando uno ve por vez primera el rostro de su hijo: no le sorprende, porque lo espera, pero le asombra porque puede, finalmente, verle sus facciones.
Ocurrió hará unos diez o doce días. Leyendo en el monitor uno de esos centenares de informes que otras tantas empresas, instituciones o consultoras publican para no se sabe bien si describir, predecir o prescribir futuros, oí un sonido generado por mi aplicación de mensajería. No acostumbro a reaccionar como el perro de Pavlov a cuanto mensaje llega, pero algo en ese sonido particular me pareció demandar la atención, sin saber muy bien por qué.
Cambié de pestaña y encontré el saludo de una vieja amiga, querida, pero con la cual tengo una de esas relaciones de muy bajo mantenimiento, que se sostiene con muy ocasionales encuentros. A la espera de entender el motivo del contacto, y después de las cortesías de rigor, e intercambios sobre los inminentes comicios, ella escribió: “Por cierto, no entendí tu mensaje”. Sabedor de que no le había enviado mensaje alguno hacía rato, contuve la respiración: ahí está, me dije. Como si pudiera advertir mi pausa mental, aclaró: “El del chat de compas”. Dado que tampoco había enviado mensaje alguno al mencionado grupo, supe que en ese momento se acababa de producir el primer evento.
Para no entrar en detalles, y sin saber siquiera de qué se me hablaba, le indiqué que creía que había sido un dedazo, un mensaje enviado al destinatario equivocado. Resuelta la excusa, nos despedimos hasta vaya usted a saber cuándo. Inmediatamente, busqué el hilo del grupo en cuestión y, efectivamente, ahí estaba, un mensaje mío que decía que a mí también me alegraba, mensaje carente de ilación alguna con lo que en el grupo se venía discutiendo, ni con el mensaje anterior, al que, presuntamente, estaba respondiendo. El enunciado del mensaje dejaba claro que ni lo había escrito yo para ese ni para ningún otro propósito. Ese mensaje apareció de la nada.
Todo había comenzado, inocentemente, tiempo atrás, cuando la búsqueda de unas botas de montaña en Internet daba pie a la subsecuente multitud de anuncios y de ofertas, en muy diferentes páginas, no ya de botas sino de mochilas, tiendas de campaña, indumentaria, etcétera. Ah, las cookies, decía uno.
Después se produjo otra vuelta de tuerca: un comentario sobre un procedimiento médico menor en una conversación en familia dio pie a otro bombardeo de potenciales proveedores, procedimientos alternativos, artículos explicativos y videos. Esto era un poco más inquietante y difícil de explicar sin recurrir a una teoría que no por conspiranoica dejaba de ser cierta (como lo es): nos están escuchando o, al menos, grabando.
Pero hasta aquí la tecnología iba a remolque de mis intereses o deseos, que eran los que definían los ámbitos y las prioridades que luego publicistas y mercachifles tratarían de articular y presentar en cuanto sitio se me ocurriera visitar.
Pero la tercera no fue ya una vuelta de tuerca sino un giro copernicano. De pronto recordaba que debía contestar a un mensaje de agradecimiento de una amiga por haberla invitado a mi casa. Y cuando buscaba su hilo para responder, me encontraba un mensaje, perfectamente redactado, en un estilo no ajeno al mío, y listo para enviar que, en lugar de simplemente reciprocar el agradecimiento, incluía un comentario que dejaba traslucir que no estaría mal que, al menos por una vez en la vida, la próxima fiesta fuera en su nunca visitada casa.
La extrañeza se produjo no solo por la redacción del mensaje, sino porque este reflejara algo que, si bien había pensado varias veces, nunca me habría atrevido a hacer público, por mor de amistad. Y lo mismo me sucedió con otra amiga que vive un affaire extramatrimonial presuntamente secreto, a la que a punto estuve de comunicar que su aventura era del conocimiento de media humanidad, cónyuge incluido. Y en una tercera ocasión, con otra amiga a la que estuve al borde de hacer saber que sus apariciones –que, cada muerte de obispo, vienen acompañadas de fervientes declaraciones de admiración sin límites y de la solicitud de un favor significativo– podrían dejarse de producir, o sus demandas dejar de ser atendidas, sin menoscabo de la reputación que por ello conmigo tiene.
Estos eventos, hasta ahora solo con amigas individuales, me tenían al borde de la silla hasta el evento que les conté al inicio, que tuvo lugar con un grupo y con envío incluido. Ahora ya vivo en un ay, esperando descubrir en cualquier momento el próximo mensaje, el próximo envío y la próxima destinataria (o destinatario o destinatarios). Y me he negado a cerrar la aplicación de mensajería, con ese espíritu impotente de madre cuyas advertencias reiteradas caen en saco roto y cuya única y triste satisfacción es el placer vicario de poder espetar aquella socorrida expresión: “¡Te lo dije!”.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.