Laura Fernández, una aliada más de EE. UU. en la región
Las elecciones en Costa Rica no admitieron sorpresa, proclamando la victoria del chavismo costarricense por segunda elección consecutiva.
En perspectiva. La oficialista Laura Fernández se impuso en las elecciones presidenciales —con alrededor de un 48 % de los votos en primera vuelta— y aseguró la continuidad del proyecto político iniciado por Rodrigo Chaves, confirmando que su línea no fue un episodio transitorio, sino un reordenamiento más profundo del sistema político del país. El desenlace, anticipado por las encuestas pero no por el clima en las calles, marca un punto de inflexión en una democracia históricamente definida por su institucionalismo y su rechazo al liderazgo personalista.
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La victoria de Fernández no puede entenderse como un fenómeno aislado ni como el resultado exclusivo de su candidatura.
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Su perfil técnico y su paso por el actual gabinete fueron importantes, pero insuficientes por sí solos para explicar un triunfo de esta magnitud.
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El verdadero motor electoral fue Rodrigo Chaves. Con una aprobación cercana al 60 % al cierre de su mandato, el presidente logró transferirle legitimidad política a su delfín, algo poco común en la historia electoral de la región.
Entre líneas. Chaves capitalizó un contexto marcado por el deterioro acelerado de la seguridad, el avance del crimen organizado y la percepción extendida de que el modelo institucional tradicional era incapaz de responder con rapidez y contundencia. Su estilo confrontativo, su discurso contra los contrapesos y su apuesta por una agenda de orden le permitieron presentarse como un líder eficaz en un momento de ansiedad colectiva. Fernández heredó ese capital político, más que construir uno propio. La elección del pasado domingo fue, realmente, un plebiscito sobre el rumbo del gobierno saliente.
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El resultado confirma, además, que una parte significativa del electorado priorizó la continuidad y la previsibilidad frente a la incertidumbre de un cambio de rumbo.
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La oposición, fragmentada y sin una narrativa clara frente al problema de la inseguridad, nunca logró ofrecer una alternativa creíble que compitiera con la realidad palpable de eficacia que ofreció el oficialismo.
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En ese vacío, la figura de Chaves terminó siendo el principal referente, incluso sin aparecer en la boleta.
Por qué importa. La victoria de Fernández consolida a Costa Rica dentro de un bloque cada vez más amplio de gobiernos alineados con Washington en materia de seguridad, cooperación y política exterior. En un momento en el que EE. UU ha redefinido sus prioridades bajo una lógica de realpolitik, el mapa latinoamericano comienza a mostrar una mayor concentración de aliados funcionales a sus intereses estratégicos.
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Costa Rica, históricamente vista como un socio confiable pero institucionalmente rígido, pasa ahora a ocupar un rol más pragmático.
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La continuidad del proyecto chavista garantiza a Washington un interlocutor predecible en un país clave para el tránsito del narcotráfico, la cooperación policial y el manejo de flujos migratorios.
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No es casual que el discurso de seguridad haya pesado más que cualquier otra variable en esta elección, ni que las señales de complicidad hacia EE. UU. hayan sido consistentes durante la campaña.
Ecos regionales. El triunfo oficialista también refuerza una tendencia regional más amplia. Desde Centroamérica hasta Sudamérica, los gobiernos que prometen orden, control territorial y cooperación estrecha con Washington están ganando terreno frente a proyectos ideológicos o retóricas más confrontativas hacia el liderazgo de Trump.
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El eje de la política regional se desplaza hacia la seguridad como criterio central de legitimidad y Costa Rica, pese a su tradición institucional, no ha sido inmune a esa dinámica.
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Javier Milei, Daniel Noboa, Nayib Bukele, Nasfry Asfura, José Mulino, Rodrigo Paz, José Jerí, José Antonio Kast y ahora Laura Fernández son algunos de los nombres que se suman a la lista de jefes de Estado aliados de Trump en el continente.
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Nunca, antes, hubo una relación tan clara entre alineamiento con un presidente estadounidense y respaldo nacional como con la segunda presidencia de Trump.
En conclusión. A pesar del cambio de tendencia, el sistema costarricense conserva contrapesos, una prensa libre y un marco constitucional robusto. Sin embargo, el resultado electoral confirma un cambio en el centro de gravedad del modelo democrático de las instituciones robustas a los “hombres fuertes”.
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En cualquier caso, la elección ya envió un mensaje claro; en el nuevo clima político latinoamericano, la alineación con EE. UU. y la promesa de seguridad pesan más que la nostalgia por las formas del pasado.