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La ofensiva de Trump contra Cuba y sus implicaciones para México

La nueva ofensiva de Donald Trump contra Cuba introduce una variable adicional en la ya compleja ecuación de la política exterior mexicana. La amenaza de imponer sanciones comerciales a los países que suministren petróleo a la isla no es un mero gesto ideológico: es un instrumento de presión cuidadosamente diseñado para actuar por la vía indirecta, trasladando el costo del castigo a terceros.

En ese tablero, México aparece de manera inevitable.

En los últimos meses, nuestro país se había convertido en uno de los principales proveedores externos de crudo y combustibles a Cuba. Para Pemex, estos envíos representan una proporción marginal de su producción total; no alteran sus balances ni definen su estrategia operativa. Para Cuba, en cambio, constituyen un insumo crítico.

La economía cubana arrastra desde hace años una fragilidad energética estructural: capacidad limitada de generación eléctrica, infraestructura envejecida, escaso acceso a financiamiento externo y una dependencia casi total del suministro importado de hidrocarburos, pues su producción propia apenas llega a un rango de 25 a 40 mil barriles de crudo al día. En ese contexto, el petróleo mexicano ha funcionado como un amortiguador frente a una crisis que, de otro modo, habría sido todavía más profunda.

Trump parece haber identificado con precisión ese punto de presión. Golpear el suministro energético no es simplemente reducir exportaciones: es afectar el corazón operativo del sistema económico cubano. La energía es el insumo transversal que sostiene el transporte, la producción de alimentos, el bombeo de agua, la operación hospitalaria y la actividad industrial mínima.

Cuando el combustible escasea, los efectos no se distribuyen de manera uniforme ni gradual; se concentran en cuellos de botella que paralizan amplios segmentos de la vida cotidiana.

Desde la perspectiva económica, el impacto interno en Cuba sería inmediato y acumulativo. Menos energía implica menos producción y más interrupciones en la actividad, lo que a su vez reduce la disponibilidad de bienes básicos. En un entorno de controles de precios y mercados racionados, la escasez no se traduce solo en inflación formal, sino en un encarecimiento real del acceso a alimentos, transporte y servicios.

El efecto social es igual de relevante. Los apagones prolongados, las dificultades para movilizarse y la incertidumbre sobre el abasto de bienes esenciales generan un desgaste cotidiano que no siempre se expresa en protestas abiertas, pero sí en un malestar persistente. La experiencia reciente muestra que, cuando la escasez energética se vuelve crónica, la vida diaria se organiza en función de la carencia: horarios fragmentados, servicios intermitentes, deterioro de la calidad de vida. Es un escenario que tensiona cualquier sistema político, incluso aquellos con altos niveles de control.

En el plano político, la presión externa produce efectos contradictorios. Por un lado, tiende a reforzar la narrativa de cerco y resistencia, lo que puede cohesionar al aparato gubernamental frente a un adversario externo claramente identificado. Por otro, expone las limitaciones estructurales del modelo cuando la población percibe que la escasez no es episódica sino permanente. El control puede contener el conflicto visible, pero no elimina el desgaste silencioso que se acumula cuando la precariedad se normaliza.

Para México, la situación abre un dilema que va más allá de Cuba. En el frente externo, la amenaza de sanciones secundarias coloca al país ante una decisión incómoda: mantener un apoyo energético con claros argumentos humanitarios o reducirlo para evitar represalias comerciales de Estados Unidos. En un contexto donde la relación bilateral ya enfrenta tensiones por comercio, seguridad y migración, sumar un frente adicional eleva el costo de cualquier definición.

Además, en el frente interno, el tema tiene una carga política significativa. Dentro del bloque gobernante en México existe una corriente amplia que concibe la relación con Cuba como parte de una identidad histórica y moral. Para ese sector, involucrarse más no es solo una decisión de política exterior, sino una reafirmación ideológica. Sin embargo, también hay un cálculo de Estado que no puede ignorarse: cuando el riesgo se traduce en posibles sanciones a exportaciones mexicanas o en afectaciones a sectores productivos, el margen para decisiones simbólicas se reduce de manera drástica.

Las declaraciones de la presidenta Sheinbaum el viernes pasado reflejan esa tensión. Al subrayar el carácter humanitario del suministro energético y advertir sobre las consecuencias sociales de un corte abrupto, marcó una línea clara de sensibilidad política. Pero al mismo tiempo dejó ver que México buscará una solución diplomática y que no está dispuesto a comprometer sus propios intereses estratégicos.

Hacia adelante, se perfilan varios escenarios. Uno es el de una presión sostenida sobre Cuba, con un deterioro mayor de su situación económica y social, mientras México intenta administrar su respaldo sin provocar una escalada con Washington. Otro es el de una reconfiguración del apoyo, desplazándolo hacia esquemas menos visibles en el ámbito energético y más concentrados en ayuda humanitaria. Un tercero es que esta presión forme parte de una negociación geopolítica más amplia, en la que Cuba se convierta en variable de ajuste dentro de una estrategia estadounidense de mayor alcance.

En cualquiera de estos escenarios, México enfrenta una prueba relevante de política exterior. El uso del petróleo como instrumento de coerción redefine los márgenes tradicionales de la diplomacia regional. Ayudar deja de ser un acto unilateral y se convierte en una decisión con costos económicos y políticos concretos. La pregunta de fondo no es únicamente qué hará México frente a Cuba, sino cómo evitar que una política de solidaridad se transforme en un factor de vulnerabilidad en un entorno internacional cada vez más áspero.

Ese es el debate que empieza a tomar forma. No se resolverá con consignas ni con gestos simbólicos, sino con una lectura fría del nuevo equilibrio de fuerzas.

En tiempos de presiones cruzadas, la frontera entre convicción y pragmatismo se vuelve más delgada. Y es precisamente ahí donde se jugará la siguiente etapa de esta historia.

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