Newton, en cambio, casi se quema la córnea para entender las alucinaciones visuales. No se le ocurrió otra forma que mirar fijamente al Sol durante horas. En cierto modo, Da Vinci ya lo aplicaba dos siglos antes, jugándose incluso la vida al agenciarse cadáveres para diseccionarlos de madrugada y describir los sistemas circulatorio, óseo y muscular, algo por lo que podría haber sido condenado por herejía y necromancia. Desde entonces, todos los científicos experimentan, pero muchos, como Leonardo, van más allá y, amando la ciencia más que sus propias vidas, se juegan la piel en sus investigaciones. El último exponente de esta larga tradición de científicos cobayas es Kevin Warwick, un profesor de cibernética que no ha dudado en entrar...
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