A Kiko Hernández le divierte la cita de Jessica en '¿Quién engañó a Roger Rabbit?': «Yo no soy mala, me han dibujado así». Y se apropia de ella para explicar su papel estos últimos años en televisión: «Cuando pruebas el personaje de malo, lo gozas, lo disfrutas tanto que cuesta salir de él». No podrá quejarse del partido que le ha sacado a su lado oscuro, alimentado por 'la cúpula': «He sido el único que ha llevado pinganillo desde el inicio de ' Sálvame ' hasta ahora. Me decían muchas barbaridades, que no siempre repetía. Pero es verdad que una vez que despertaban a la bestia , y encima veía lo que eso provocaba en plató -unos llorando, otras gritando-, entonces las órdenes cambiaban para que me contuviera. Pero ya era imparable ». El colaborador transita entre el fin de un ciclo y el inicio de otro. Mientras asiste a los últimos coletazos de 'No somos nadie' está inmerso en el casting para los fichajes de su próximo proyecto, ' Los Kikos TV ', junto a Kiko Matamoros : «Con el tiempo, los finales duelen menos porque te vas acostumbrando. Lo siento más por los compañeros que se quedan en la calle. Pero, por ejemplo, a Carlota Corredera no la voy a echar de menos». Uno recuerda los conflictos que ha vivido con ella, así como el proceso de reconciliación, así que sorprende su confesión. Pero Kiko sabe cebar las entrevistas: « Lo digo porque tenemos una sorpresa para ella , queremos proponerle una sección. A ver si puede hacerla». De quien no se separa es de Kiko Matamoros: «Es mi compañero, mi amigo, casi mi hermano. Aunque discutimos mucho, al final llegamos a un acuerdo. Es una de las mejores personas que hay en el mundo de la televisión». Ambos apuestan por el humor, la crítica gamberra, nuevos rostros y gente muy conocida de su universo para ese 'show' diario en directo (de 22.00 a 2.30): «Prometo que daremos una noticia bomba cada hora . Y aviso, 'Los Kikos' no es un programa de corazón». Si hay algo que le define es «la dedicación al trabajo, la profesionalidad con la que no he faltado un solo día a plató o al teatro, incluso con 40º de fiebre». Pero reconoce que también «la impulsividad con la que salto cuando escucho algo que no me gusta. Debo controlar eso, porque muchas veces solo son provocaciones para alimentar una polémica ». Hay otras cosas que le sacan de quicio: «Que me lleven la contraria, que me hagan hacer cosas que no quiero hacer». Pero siempre tiene un refugio al que acudir cuando quiere encontrar la paz interior: «Mi casa, con mi familia, que es como una burbuja ajena a todo y en la que nos entregamos a nuestros planes. Aunque también me siento cómodo en un plató, ahí me siento en mi zona de confort». Kiko 'el malo' es el que sale en pantalla, Kiko 'el bueno' es el hombre enamorado, el padre orgulloso: «Ya no soy el mismo de antes. Reconozco que era un tipo insoportable. Desde que conocí a Fran soy más dulce . Es el amor de mi vida. Y con la paternidad tengo la cabeza más centrada, he tenido que madurar, hacerme responsable. He tomado las riendas de mi vida, ahora desconecto, me cojo días libres para disfrutar con los míos. Antes no tenía a nadie y me refugiaba en el trabajo. Gracias a mi marido y a mis hijas he cambiado hasta mi forma de pensar. En mi pareja encuentro un amigo, un cómplice, todo lo que necesito. Es al primero que llamo para contarle cualquier cosa, es en quien confío para pedir consejo. Es tan sensato, lo necesito en mi vida». En cuanto a su papel de padre, lo tiene claro: «Soy el mejor del mundo. Al principio es verdad que las tenía consentidas, ahora les regalo libros y busco excusas para crearles recuerdos inolvidables , como su próxima comunión, que oficiará el Padre Ángel». Sorprende la naturalidad con la que habla de unos sentimientos que tanto ocultó, «pero es que ahora estoy disfrutando de la libertad de poder ir de su mano, de irnos con las niñas a pasear, de ser yo mismo». Parece que a Kiko le ha salido de pronto el lado sentimental pero él asegura que siempre ha estado ahí: «A pesar de parecer una mala bestia, siempre he sido un romántico. Me encantan los detalles , un regalo, una sorpresa, sin que se deba a un día especial, sencillamente porque sí. Me gusta cuidar de la gente que quiero». También se confiesa «muy caprichoso. Si quiero algo, lo quiero ya. Y si no lo consigo, no se me olvida y estoy dándole vueltas mucho tiempo». Y reconoce que no puede evitar ser rencoroso: «Me la puedes hacer una o dos veces, pero a la tercera te mando a la mierda. No soporto la falta de lealtad , de sinceridad, el egocentrismo… Uf, me pone malo esa gente a la que le cuentas un problemas y te contesta explicándote el suyo». En cuanto a la leyenda que le acompaña de tacaño, Kiko se defiende: «Es que la he alimentado yo porque me daba juego. Me llevaba cosas, como las langostas, por ejemplo, era para hacer unas risas. No me gusta derrochar, eso es verdad, pero no soy un agarrado». El 'emoji' que más usa : «El que guiña un ojo y manda besos, para la gente que quiero. La mierda, antes de bloquear a alguien». Se haría un 'selfi' con : «Hasta hace unos días, Julio Iglesias». Un momento 'Tierra, trágame': «En un rodaje con Resines, repetíamos una toma y la actriz me decía 'dame el pie', y yo le daba patadas en lugar de decir mi frase». Un sacrificio por la fama: «Perderme muchos acontecimientos, pero eso acabó. Ahora quedo con amigos, salgo con mis hijas». Algo que no puede faltar en su día a día: «Mis cuatro cafés. Las dosis de besos de mi marido y de mis hijas». Un lugar para perderse: «Maldivas». Tiene miedo a: «Hace unos años, tenía tantos que no cabrían en esta página. Ahora no tengo miedo a nada. Tal vez a faltarle a mis hijas». Su primer beso: «Me salió fatal, no supe colocar bien la lengua. Tenía 14 años». Un propósito que nunca cumple: «Dejar de fumar e ir al gym. Estoy apuntado desde hace tres años, pero no me voy a rendir». Dentro de 10 años se ve: «No voy a retirarme porque me encanta trabajar (ya llevo 42 años cotizados), pero seguramente me reinventaré. También disfrutaré más de la vida». El pequeño Kiko: «Era muy malo, muy travieso, hacía todo lo contrario de lo que me pedían. Me gané muchos zapatillazos de mi madre. En el colegio lo llevaba bien porque tenía facilidad para estudiar, así que me daba tiempo a jugar en la calle y sacar buenas notas. Era muy sociable, enseguida hacía amigos. Tenía mi pandilla de clase, pero también en el pueblo donde pasaba las vacaciones. Era el líder, pero me las apañaba para que los marrones se los llevaran otros. Vamos, como he hecho con Lydia Lozano toda la vida».