El infierno de un accidente ferroviario en el cine
Nadie en su sano juicio hubiera querido estar en [[LINK:TAG|||tag|||696e1a58a8a2e456b68ed802|||uno de los trenes ]]de alta velocidad siniestrados en la trágica jornada del pasado día 18. Es difícil imaginar una situación más angustiosa que estar atrapado en un vagón saltando las vías, descarrilando y chocando con otra máquina en dirección contraria o cualquier coyuntura similar. Pero esto que lógicamente nos horroriza en la realidad constituye paradójicamente un atractivo espectáculo que el cine juega a ofrecernos frecuentemente, con la tranquilidad de disfrutarlo desde la seguridad de nuestra butaca. La esencia del cine-catástrofe o cine-desastre (tan a menudo desastroso también en términos cinematográficos) es esa y no otra: nuestra sadomasoquista curiosidad por experimentar los peores momentos que puede ofrecernos la vida sin que tengan, por supuesto, consecuencias reales. La ficción como catársis, mímesis y experiencia vicaria que, más allá del bien y del mal, de cualquier moral o buen gusto, dispare nuestras endorfinas y haga correr la adrenalina por nuestro cuerpo.
El tren es más que un medio de transporte rápido, eficaz y, en realidad, bastante más seguro que la mayoría. Es un símbolo de progreso y civilización. El tren comunicó países, regiones y ciudades abrumadoramente distantes y distintas. El tren fue verdadero colonizador del Oeste americano. De Siberia a París, conectando oriente y occidente. Una máquina épica, de aspecto inevitablemente fálico, capaz de atravesar montañas, desiertos y selvas. De viajar bajo tierra y casi por el aire sobre rieles y puentes que son también gigantescas obras de ingenio e ingeniería humanas. Quizá por eso encontramos un placer particularmente perverso en ver cómo se estrellan, se precipitan al vacío, descarrilan, arden y se destruyen en pantalla. El sueño del progreso, el triunfo de la máquina, convertido en amasijo de metales retorcidos, en humo e infernal cacofonía de explosiones, chirridos y gemidos.
Tren y cine, unidos desde los inicios de su historia, cuando aquella llegada a la estación de La Ciotat de los Lumiére aterrorizó a sus ingenuos espectadores, se confabulan para goce de nuestros ojos, convirtiendo algo trágico y terrorífico en puro espectáculo y hasta en comedia. Este año cumplirá un siglo «El maquinista de La General» (1926), obra maestra de Buster Keaton inspirada en hechos reales ocurridos en 1862, que sigue las emocionantes al tiempo que divertidas desventuras de un ingeniero sudista civil decidido a salvar su locomotora, secuestrada por espías de la Unión, en plena Guerra de Secesión. Keaton, experto en los gags más arriesgados, exprime al máximo acción, suspense y humor, culminando con la caída de la máquina desde un puente elevado, rodada con seis cámaras. Una de las escenas más caras filmadas hasta entonces en Hollywood. De hecho, este clásico absoluto también descarriló: fracaso de público y crítica, algo del dinero perdido se recuperó usando su locomotora del filme como atracción turística.
Avatares de un circo
Pero para Hollywood nada es suficiente. Si al descarrilamiento de un tren se le puede añadir algo, así se hará. En «El mayor espectáculo del mundo» (1952), Cecil B. DeMille, siguiendo los avatares de un gran circo no pudo resistirse a mostrar cómo al descarrilar la locomotora que transporta no solo a los artistas sino también a sus animales, estos últimos, elefantes y leones incluidos, escapan aterrorizados de los vagones destrozados, sembrando el pánico y dando a la salvaje escena un extraño aire surrealista. Tanto impresionó la secuencia al pequeño Spielberg que más tarde la homenajearía en el accidente de tren de «Super 8» (2011), dirigida por J. J. Abrams.
El tren se asocia en estos días a máquinas ultramodernas que harían las delicias de los futuristas a la velocidad. A una huida perpetua hacia delante. A escapar de nuestra vida cotidiana en una loca carrera que a veces puede acabar en tragedia. Por eso resulta tan apropiado que la huida de «El fugitivo» (1993), versión cinematográfica del clásico televisivo firmada por Andrew Davis y protagonizada por Harrison Ford y Tommy Lee Jones, ocurra tras un espectacular descarrilamiento. Es como si el incansable Dr. Richard Kimble se convirtiera en extensión de carne y hueso de la maquinaria que ha dejado atrás, transformado en una locomotora humana condenada a correr y correr sin parar nunca. Quizá la pesadilla ferroviaria más angustiosa sea, de hecho, lo que precede al descarrilamiento. No poder frenar, no poder parar, siguiendo unas vías infinitas que llevan a no se sabe dónde.
Quizá a ninguna parte. «El puente de Casandra» (1976), modélico filme-catástrofe de George Pan Cosmatos con típico reparto estelar, reúne dos miedos del siglo XX y XXI: el tren descontrolado y la pandemia, en una pesadilla que no puede llegar a buen puerto, perdón: a buena estación. Pocas cosas provocan más suspense, esa sensación superior al miedo que precede al susto, que un viaje a toda velocidad que se dirige hacia el desastre: cómo olvidar el duelo entre hombres y máquina de «El tren del infierno» (1985), obra maestra americana del ruso Konchalovsky, sobre una idea original de Kurosawa. Igualmente angustiosa, «Imparable» (2010), de Tony Scott, se inspira en un incidente real ocurrido en 2001 en Estados Unidos, cuando un tren de transporte cargado de peligrosos productos químicos corrió sin control durante casi dos horas, hasta que el personal especializado fue capaz de detenerlo.
Escenario ideal para la intriga, la acción y el misterio, que combina la claustrofobia de sus vagones con la agorafobia de los espacios inmensos que atraviesa, los títulos del género que se suben al tren para hacerlo chocar y descarrilar tarde o temprano son incontables: la segunda entrega de «Alerta Máxima» con Steven Seagal, y «Asalto al tren del dinero», de 1995; el espectacular final de la primera «Misión imposible» (1996), de Brian De Palma, o la entretenida «El pasajero» (2018), del español internacional Jaume Collet-Serra. Hasta los zombis se enganchan a la locomotora: desde un clásico del fantaterror ibérico: «Pánico en el Transiberiano» (1972) de Eugenio Martín, hasta ese «Train to Busan» (2016) del coreano de Yeon Sang-ho, que podría llamarse «el tren de los muertos vivientes». Aunque la pesadilla máxima es la de «Snowpiercer» (2013) de Bong Joon Ho, donde la última humanidad vive y muere a bordo de un tren que no puede ni debe detenerse sobre una Tierra congelada. El tren como parábola de la sociedad y la existencia humanas, hasta el inevitable fin de trayecto.
Pero hasta del tren más descontrolado es capaz el en cine de sacar humor, como demostrara Keaton. Véanse «El expreso de Chicago» (1976) de Arthur Hiller, a mayor gloria de Gene Wilder y Richard Pryor, o la reciente «Bullet Train» (2022) de David Leitch, con Brad Pitt a bordo de un tren bala cargado de asesinos en una película irresistiblemente divertida. Eso sí: fuera de las pantallas, un descarrilamiento no es cosa de risa ni de espectáculo, sino una tragedia, a la que la narración audiovisual debe saber poner acento realista, como en la excelente miniserie en clave de docudrama «The Day of the Roses» (1998), de Piter Fisk, que recrea el desastre ferroviario de Granville (Sydney) en 1977, donde fallecieron 84 personas y 213 resultaron heridas. Mientras nos late el corazón disfrutando del espectáculo de un tren saltando por los aires o chocando, recordemos que la vida imita al arte: en 2014 el rodaje de «Midnight Rider» tuvo que ser cancelado, cuando filmando sin autorización en un puente ferroviario sobre el río Altamaha (Georgia), un tren de carga CSX arrolló a técnicos y miembros del reparto, causando la muerte de la asistente de cámara Sarah Jones y heridas de diversa gravedad a otras siete personas.